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Un calamar devorando una vagina y otros escándalos sexuales del arte

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La historiadora Claire Maingon publica un libro en el que estudia cómo la sociedad ha prohibido, despreciado (y disfrutado) con el arte sexual

Xaime Martínez

25 Enero 2017 17:46

El título del último libro de la historiadora francesa Claire Maingon, Escándalos sexuales del arte, es casi tan explícito como su contenido.

A lo largo de sus más de 200 páginas, Maingon se plantea hacer una recopilación de aquellas obras de arte que han despertado una animadversión brutal por parte de la sociedad pero que, sin embargo, han generado una fascinación equivalente a esta y han pasado a la historia por ello.

El libro comienza por la Venus de Praxíteles —que 400 años antes de Cristo fue la primera escultura en representar a una mujer desnuda en el mundo griego— y acaba en los últimos escándalos sexuales que han incomodado al arte contemporáneo, pero no olvida pinturas medievales, frescos renacentistas ni pinturas del periodo Edo japonés.

De esta forma, Claire Maingon hace un recorrido divertido, erudito y accesible que ayuda a comprender cómo esas obras se relacionaron con la sociedad que las vio nacer.

Y es que desde los inicios de la cultura occidental, la representación de lo sexual ha resultado violenta para buena parte del público. De hecho, la leyenda cuenta que la Venus era tan realista y tan bella que un joven entró por la noche en el templo y trató de copular con ella, dejando una mancha sobre la estatua.

Quizá por esta capacidad para originar el caos que tiene la sexualidad —y que Michel Foucault reclamaba como la única fuerza verdaderamente creativa— los poderosos han tratado de controlarla, así como a sus representaciones.

Por supuesto, el sexo que más interesaba mantener bajo control era el de las mujeres, y por ello resulta destacable que la inmensa mayoría de los cuadros que causaron escándalo estuvieron protagonizados por mujeres (pero pintados por hombres).

Y es que según señala Maingon en una entrevista para 20 minutos, hasta el siglo XIX no se empezaron a representar mujeres verdaderamente realistas.

Antes de las desprejuiciadas pinturas decimonónicas, las modelos eran muy idealizadas, como demuestra el hecho de que ninguna de ellas tuviera pelo púbico, algo considerado demasiado sexual en la época.

No obstante, esta curiosa relación de fascinación / escándalo con el arte erótico no fue restrictiva de la historia occidental, sino que también ocurrió en otras partes del mundo, como Japón.

Allí esta obra del artista Hokusai, hecha pública en 1814 y en la que se ve a dos calamares manteniendo relaciones sexuales con una mujer, no era demasiado extraña en la época, puesto que entroncaba con una visión animista de la realidad propia de la cultura nipona del siglo XIX.

Sin embargo, a pesar de que no resultar infrecuente, este tipo de arte erótico estaba igualmente estigmatizado e incluso prohibido en Japón.

Ahora nos parece muy normal entrar en un museo y encontrarnos con un desnudo integral, como el de la maja de Goya o como el de El origen del mundo de Courbet, pero eso no significa necesariamente que la sociedad haya avanzando.

Significa tan solo que esas obras han entrado, para menor o mayor disgusto del público conservador, en la historia del arte.

Pero cuando se trata de una creación nueva, las violentas polémicas no tardan en volver a salir.

Un caso muy representativo recogido en su libro por Maingon es el de "Dirty Corner" ('Esquina sucia'), una instalación del artista angloindio Anish Kapoor en el palacio de Versalles. En ella se ve una enorme trompa metálica rodeada por piedras, lo cual en principio no parece demasiado conflictivo.

Sin embargo, cuando un periódico le preguntó a su autor por la evidente connotación sexual de la obra y este contestó que era "la vagina de la reina tomando el poder", se desató la tormenta mediática y la obra fue, de hecho, vandalizada en dos ocasiones.

Por todo ello, parece que esos escándalos sexuales de los que habla Claire Maingon en su estudio todavía tienen fuerza, todavía son capaces de despertar el odio de los grupúsculos ultraconservadores.

Parece que va a haber arte escandalosamente sexual para rato.

Y menos mal.

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