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“Todos los burgueses son iguales: tienen suerte, comida… y votan a la izquierda para sentirse bien”

Vodka, cocaína, masculinidad, feminismo y política con Fédéric Beigbeder

Dice Beigbeder que ya empieza a ser alguien mayor y que su día a día es cada vez más normal: ahora que tiene una hija de 8 meses, se despierta pronto, trabaja en su siguiente novela, se va a comer «a un sitio muy bueno —lo enfatiza en varias ocasiones—, el Bar des Prés, de Cyril Lignac; si tienes que recomendar un sitio a los lectores españoles, pon este», y luego se vuelve a escribir. Y ya. Estos días prepara una entrevista con Macron para su programa de radio en France Inter, que se emite cada jueves: «nada serio —dice—, la gente está muy tensa estos días». En la cafetería de Saint Germain donde nos encontramos, el autor de Oona y Salingerdice sentirse bendecido por el comportamiento de su hija: «¿Sabes qué? ¡Duerme de noche!». Eso es una suerte, sí. 

—Oye, ¿y cuáles son tus expectativas para este domingo?

—Pues espero que nuestro país no se comporte de manera idiota como otros países y que no vote solo porque está enfadado. Yo tengo miedo. También me siento enfadado, pero no tanto para destruir a mi République. Tampoco voy a criticar a mis amigos que van a abstenerse. La mayoría no van a ir a votar o votarán en blanco. Es algo que entiendo y que respeto, pero para mí es peligroso.

—¿Tú vas a votar a Macron como muro de contención contra Le Pen, o porque verdaderamente crees en sus políticas?

—Para parar a Le Pen. Yo para parar a Le Pen votaría antes a este vaso de pastís —dice, señalando su bebida—, pero es lo que hay. Dicho esto, creo que está bastante bien tener un presidente que es más joven yo, que es algo que me asombra. Al menos cambiaremos en algo. Justin Trudeau también está bastante bien y en Italia está Renzi… En España también tenéis a este político de centro… Le estreché la mano una vez.

—Albert Rivera.                  

—Albert Rivera, eso es. Lo conocí en una fiesta en España.

—No es tipo muy cool allí… 

—Ah, vaya… El tipo tiene un aspecto como de Ken y Barbie… —se echa a reír—. Con esos músculos… Tengo entendido que apareció desnudo en un cartel electoral.

—Así es.

—Pienso que sería buena idea que Macron hiciera lo mismo en las legislativas: “si votáis por En Marche, ¡os enseño el culo!”. ¡A Rivera le funcionó! Pero en fin, el caso es que hoy los políticos son más jóvenes que yo y eso es algo que me hace pensar que tal vez sí que las cosas están cambiando.

—¿Tú a quién crees que votaría Octave Parango —protagonista de su novela 13,99€?

—No creo que vote, no es capaz de levantarse tan pronto. Octave se va a la cama a mediodía y se levanta a las ocho.

—Bueno, igual puede ir a votar antes de echarse a dormir.

—Eso sí, puede ir después de salir del club —hace gestos como si estuviese hecho una fiera, totalmente puesto de estimulantes—, aunque luego no podría recordar lo que acaba de votar —Beigbeder se echa a reír—, así que no puedo decirte a quién votaría.

—¿Cómo ha cambiado Francia entre 13,99€ —publicado en el año 2000— y hoy?

—¿Sabes qué? No ha cambiado. Yo nací en el 65 y desde mi infancia he vivido en el mismo país. Nada cambia aquí. Siempre es la misma mierda. La única cosa que cambia es que cada vez estamos más y más hundidos, con más deuda. Por eso me gustó cuando Mélenchon dijo que no pagaríamos; era algo nuevo.

—Lo que sí que ha cambiado es el estado del capitalismo: en los 2000 había dinero y luego vino la crisis.

—Mira, me acuerdo de un título de Alan Minc que se llamaba ‘globalización feliz’, es un título divertido cuando ves lo que ha pasado. Creo que debería escribir otro que se titulase ‘globalización infeliz’: ahora los ricos son más ricos, tenemos el calentamiento global, el polo norte se derrite… Quizá no de tiempo de anunciar la victoria del capitalismo porque puede que el planeta se muera antes.

—Estos días se habla mucho del paro, del voto de la clase trabajadora… En tu caso no pareces la clase de persona que haya tenido experiencias particularmente traumáticas en el mercado laboral. ¿Tú qué es lo peor que recuerdas del trabajo?

—A mí me despidieron cuando critiqué lo que hacía —13,99, su novela sobre el mundo de la publicidad, le costó su puesto cuando trabajaba en una de las mayores agencias en Francia—. Criticar empresas es un tema complicado. Tú puedes decir cosas sobre lo mal que lo hace Hollande y demás y con eso no hay ningún problema, pero, ¡ah!, si trabajas en una empresa y hablas de ella, eso ya es otra historia. Yo dije las cosas que todo el mundo sabe, pero que nadie se atrevía a decir. En esa época tuve a mi primera hija y de pronto, ¡ups!, me encuentro despedido y sin dinero para pagar el alquiler. Quizá porque dije aquellas cosas el libro fue un éxito. En ese sentido, mi empresa me hizo un regalo.

—Fíjate, tengo la sensación de que popularmente los publicistas son vistos como gente que pasa de todo, que no tiene interés por temas políticos, y yo no lo veo así. Trabajo con algunos cuantos y la mayoría están preocupados por temas políticos, sociales y laborales. ¿Tú cómo ves este tema?

—La gente que trabaja ahora en publicidad es distinta. Antes eran idiotas. La gente tiene más conciencia ahora y eso es algo que puedes ver en la revolución digital. Gente compartiendo cosas: comida, apartamentos… Se trata de ideas que entonces eran vistas cercanas al comunismo. En ese sentido, mi libro sí que ha envejecido, las cosas son distintas ahora.

—Bueno, Airbnb está en el ojo del huracán en Barcelona porque está inflando los precios de los alquileres, y aquí en Francia ha habido un debate público con la precarización del trabajo derivada de Uber… 

—No soy economista, así que no sé qué decirte. Lo que sí sé es que mi generación era mucho más nihilista. Fuimos mucho más cínicos, nos reíamos de todo. Pero mira: la gente de 50 años come un montón de carne, es un hábito que no tiene nada que ver con los jóvenes, concienciados con el veganismo. Nosotros éramos de vodka y cocaína, una cosa que a veces vemos con nuestros amigos como algo guay, y cuando los jóvenes nos ven es como: «vaya gente vieja más creepy…». En ese sentido, Macron es un candidato más cercano a las nuevas generaciones.

—¿Cuáles son las preocupaciones de la clase media alta en París?

—Si tienes dinero, no tienes problemas.

—Bueno, antes hablábamos de tus problemas cuando eras publicitario y tenías una posición privilegiada.

—Para mí esto es algo difícil de contestar, no te sé decir la respuesta. En mi opinión la burguesía es igual en todo el mundo: eres afortunado, tienes comida en el plato, te sientes culpable viendo la televisión… y votas a la izquierda para sentirte menos mal.

—Si tuvieras que elegir entre escribir la mejor novela francesa del siglo o parar la victoria del Frente Nacional, ¿qué harías?

—¡Wow!

—Pregunta difícil, ¿eh?           

—Es como decir… ¿prefieres quedarte sin boca o sin oído, prefieres quedarte calvo o tener el pito en forma de rosca? —se echa a reír—. Perdón, pero es una pregunta estúpida; es divertida pero es estúpida… En fin, veamos: te voy a decir que si Le Pen ganase, entonces podría escribir la mejor novela del siglo. Tendría material para ello.

—Bueno, una respuesta políticamente correcta.

—¡No! Digo que una victoria de Le Pen es buena para la literatura, el humor y la sátira, eso no es políticamente correcto.

—Oye, y las conversaciones políticas con tu hermano, ¿cómo van?

—¡Buf! —su hermano, Charles Beigbeder, es un conocido empresario francés próximo a Los Republicanos, el partido de Fillon—. ¡Terribles! Hemos dejado de hablar de política porque no queremos pelearnos. A mí me entristece porque yo creo que él podría ser macronista, lo podría entender, pero prefiere a Fillon por el tema del cristianismo. Aquí hay millones de católicos que se han vuelto más y más de derechas por la islamofobia; los ataques terroristas no han ayudado mucho.

—Ahora qué sacas el tema del terrorismo, ¿alguna vez has hecho chistes al respecto? Te lo digo porque los periódicos hablan siempre en términos muy serios y graves, pero cuando una cosa está tan presente en la sociedad, y en París lo está, al final te tienes que reír. En el País Vasco había un programa de humor que hacía chistes de ETA en los momentos en que la banda estaba matando. A la gente le encantaba.

—Mira, hay muy buenos chistes sobre el terrorismo, pero gran parte de la gente que ha hecho los mejores chistes está muerta —se refiere a Charlie Hebdo—. En Francia esto es un suicidio. Luego te encuentras a gente como Gaspard Proust, el actor, que sale cada día al teatro a hacer chistes muy buenos; chistes que no son racistas. Produce sensaciones extrañas porque de pronto le dice a la gente: ‘hey, qué valientes que sois por venir al teatro, podríamos ser atacados aquí mismo’. El tipo hace que el público repita versos del Corán… De cualquier manera, a la gente le da miedo los riesgos que implica. Mi amigo Houellebecq estuvo un año entero protegido por tres policías que lo seguían a cada momento. Yo tengo un bebé y no quiero tener policía en mi casa. Otro caso es el de Saviano, que no puede estar más de dos días en el mismo lugar. Para mí este es un precio demasiado alto que pagar por la libertad.

—¿De qué cosas te sientes peor como padre y de qué cosas te sientes más orgulloso? A mí lo que peor me hace sentir es cuando alguna vez he llegado por la noche a casa y todavía tengo alguna cosa más que hacer del trabajo, y el bebé me pide atención y yo le pongo a ver dibujos. Me siento como la mierda. Pero en fin, esto es el capitalismo

—[Beigbeder se echa a reír] Ese es un buen ejemplo, sí. Yo tengo una hija que ahora tiene 17 años y me divorcié de su madre cuando ella tenía tres; me sentí muy culpable, pero tampoco podía hacer mucho más. Sobre las cosas de las que me siento orgulloso: yo creo que como padre es imposible enseñarle todas las cosas a tu hijo, pero una cosa de mi bebé que me gusta mucho es que es muy educada, sonríe a todo el mundo y sabe adaptarse a cualquier situación, y eso es una gran oportunidad para ella en la vida. Si todo el mundo fuese educado, no habría guerras.

—¿Eres hipocondriaco?          

—Peor que eso. Me da terror la muerte. Quiero ser joven para siempre. Es una auténtica locura. A veces pienso que soy un adolescente y luego necesito tres días para recuperarme.

—¿Cuál fue la última vez en que Beigbeder estuvo enfermo?

—De resaca, un domingo a mediodía.

—Bueno, pero eso no es estar enfermo.

—Es verdad… —Se lo piensa—. ¡Ah, ya sé! Hace poco me hice unos análisis de sangre y tenía una cosa en el hígado, se supone que no puedo beber tanto alcohol y comer algunas cosas, pero… ¿Sabes? Hace poco estuve en San Sebastián y me comí unas chuletas… —la entrevista ocurre en inglés, pero de pronto pronuncia la palabra en castellano, saboreando y relamiéndose en cada sílaba: chuletas—, oh, la, lá, ¡qué chuletas!, ¡qué grasita! Si muero por esto, será culpa de España. Escribe eso.

—¿Comida francesa o española?

—¡Oooou!

—Esta es más difícil que la de la gran novela francesa o Le Pen, ¿eh?

—Sí que lo es, sí. Mira, tengo una casa en el sudoeste de Francia, a veinte minutos de España, así que creo que si tuviera que elegir, me quedaría con la comida San Sebastián, ¡pero no es España, es el País Vasco! —se ríe a carcajadas.

—Frédéric y la diplomacia: yo creo que tú deberías presentarte como candidato.

—Lo primero que haría sería legalizar todas las drogas.

—¿Te consideras feminista?                    

—Sí, pero las feministas no piensan eso de mí. Hace poco estuve con Femen y les dije: ‘¡hey!, me gusta mucho vuestro activismo, cuando os pintáis mensajes en el pecho creo que está muy bien’, pero no les gustó nada. En fin. Para mí el feminismo es importante porque tengo dos hijas, ¿cómo no vas a querer la igualdad cuando tienes dos hijas? Simplemente, no puedes ser otra cosa.

—¿Tus escritoras favoritas?   

—Sagan, Colette, Anais Nin, Mariana Enríquez, Virginie Despentes…

—¿Tú alguna vez has tenido en el pasado comportamientos machistas?

—No creo que sea lo suficientemente duro como para comportarme así. A mí me acusaron de machista por Lui —Beigbeder fue jefe de redacción de Lui, una histórica cabecera francesa para hombres que recientemente fue recuperada, famosa por sus desnudos de mujeres en portada—. Se trata de una revista masculina para cerdos heterosexuales, como yo digo. Creo que mis chistes estúpidos no fueron comprendidos. De cualquier manera, es difícil defender la heterosexualidad sin ser acusado de sexismo. Tengo la sensación de que estamos entrando en una nueva era.

—Pero en general los hombres no nacemos con el chip de feminismo instalado de fábrica. Cuando lo descubrimos, llega en un momento de nuestra vida en que nos hace recapacitar de comportamientos nuestros en el pasado que nos hacen sentir avergonzados… 

—No es exactamente mi caso. Mi madre era feminista. Había lecturas feministas en casa y mi madre se divorció cuando era joven, así que desde pequeño he visto lo que es una mujer libre. Cuando sí que me sentí mal es cuando estaba en publicidad, haciendo anuncios de que te vendían azúcar sin azúcar, productos para adelgazar, o cremas que se suponía que te hacían más joven pero era mentira. Eran cosas que tenía que hacer para tener un sueldo.

—¿Cómo ha cambiado la idea de la masculinidad de la generación X a los millennials?

—En el cinismo y la ironía. Lo veo en mi libro El amor dura tres años, ahí hay partes realmente oscuras. Mi generación es menos romántica; tras la revolución sexual nos volvimos muy pesimistas. Otro ejemplo: para mi padre, James Bond era guay, o Sean Connery, gente que iba manoseando a todas las mujeres por ahí, playboys como Hugh Hefner… ¡Pero si en las últimas películas James Bond llora y se enamora! Yo creo que en este sentido la evolución del personaje es interesante.

—Justin Trudeau, en el fondo, también es un playboy.

—Pero no va por ahí toqueteando a las chicas.

—Pero tiene un cierto halo ganador… En el fondo, tampoco ha cambiado tanto.

—¿Se es más hipócrita ahora?

—Sí, tal vez eso… Oye, una última cosa: recuperando tus habilidades como publicista, ¿podrías explicarnos a Macron en una frase? ¿Y lo mismo para Le Pen? O incluso un eslogan, si quieres… 

—[Se echa a reír] Joder, es difícil —se queda pensando un rato—. Cuando yo hacía esto pedía 50.000 euros y tres semanas —más carcajadas; sigue pensándoselo, hasta que finalmente encuentra la tecla:— Le Pen dice que defiende Francia, pero si no votas a Macron, entonces no eres francés. Sería algo así. Los verdaderos valores de Francia son la libertad, la tolerancia, liberté, egalité, fraternité, no marcar a la población por categorías … Estoy poniéndome un poco aburrido ahora pero es que esa no es la idea de mi país, lo siento. Le Pen habla de Francia pero Francia no es eso, está totalmente equivocada y todo el mundo lo sabe.

—Vale. Y por ultimo, pero no menos importante: ¿cuál es el secreto para tener ese pelazo?

—¡El mismo que tú!, ¡el mismo champú! —se ríe.

—Bueno, yo creo que tú tienes mejor pelo.

—¿Sí? Es un tema genético. Mi abuelo tenía un pelo excelente, pero era corto porque estaba en el ejército.

*Con la colaboración de Thomas Deslogis

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