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Antes, a las “mujeres malas” las juzgaban por brujería

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Creían que Mary Webster era una bruja, así que sus vecinos la ahorcaron. Tiempo después la escritora Margaret Atwood descubrió que aquella mujer era un antepasado suyo, y decidió escribir su gran obra: 'The Handmaid's Tale'

Alberto Del Castillo

09 Junio 2017 13:04

La histeria se extendió. Los residentes de Hadley, una pequeña comunidad puritana de Massachusetts, habían descubierto la respuesta a la pregunta retórica emitida hasta la extenuación a lo largo de la historia de la humanidad. “¿Por qué a la gente buena le pasan cosas malas?”. Philip Smith era el paradigma perfecto de esta cuestión; estaba involucrado y participaba activamente en la vida comunitaria. Era un buen vecino, un gran padre y un mejor marido. Todo lo buen vecino, padre y marido que se puede ser en 1685.

Philip Smith había enfermado y los caballos de los granjeros se resistían a pasar por delante de la casa de Mary Webster, vecina del lugar que vivía en una calle principal del pueblo. De esta correlación se extrajo una conclusión inapelable: Mary Webster era una bruja, así como la respuesta a la pregunta retórica.

En otra patética muestra de extracción de conclusiones se creyó que propinándole unos cuantos puñetazos y alguna que otra patada a Mary Webster, los caballos accederían a pasar por delante de su casa. Así que se estableció ese peaje durante una temporada. Hasta que todo se resolvió con un árbol, una soga y el cuerpo de Webster.

Muerto el perro, se acabó la rabia, pensarían estos precursores de los juicios de Salem.

Son precisamente los juicios de Salem los hechos que han dado pie a la revelación de esta historia. Bridget Marshall, profesora de la Universidad de Massachusetts, ha estudiado casos de brujería que precedieran al que luego rescataría Arthur Miller para nombrar una obra de teatro.

Sin ser absolutamente desconocido, el caso de Mary Webster tiene una peculiaridad especial: quien fuera tildada de bruja y condenada a muerte por ello está ubicada en las copas más altas del árbol genealógico de Margaret Atwood. La autora canadiense no era desconocedora de los hechos, había llegado a sus oídos como una historia transmitida de generación en generación.

No contando con los medios necesarios para estudiar lo ocurrido en el Siglo XVII y atrapada por la historia de su ancestro, Atwood quiso rendir un homenaje literario a Mary Webster. Primero, en forma de poema, más tarde, como fuente de inspiración que diese forma a su novela más celebrada. Esa que fue escrita en 1984 y ahora ha sido adaptada al formato televisivo.

Atwood reconoce como fuente de inspiración el auge del cristianismo en América entre 1970 y 1980 y la Revolución islámica de Irán de 1979. Pero las esquirlas del siglo XVII también destellan en The Handmaid’s Tale. Sin ir más lejos, la iglesia también es el centro neurálgico alrededor del cual giran las vidas de los personajes. Una teocracia. Como en Hadley.

Igual que en la historia que precede a las cazas de brujas: la construcción del significado que demoniza al significante. Empezando en la Edad Media y logrando el punto álgido en el caso de Salem que se saldó con 200 personas acusadas y 20 ejecutadas.

Durante la Edad Media se criminalizó a las mujeres que se reunían para estimular su inteligencia. Tachadas de brujas, el estigma con el que tuvieron que cargar las mujeres con curiosidad intelectual y posibilidad de enardecerla fue más grande que el premio del conocimiento.   

Al respecto, la autora de El retorno de las brujas, Norma Blázquez Graf, dice: “Eran alquimistas, perfumistas, nodrizas o cocineras que tenían conocimiento en campos como la anatomía, la botánica, la sexualidad, el amor o la reproducción, y que prestaban un importante servicio a la comunidad”, y como consecuencia: “Este conocimiento implicaba la posibilidad de ejercer una sexualidad más libre, lo cual ponía en riesgo la hegemonía masculina”.

Prueba de ello, de ese miedo, de cómo ha ido degenerando el término hasta alcanzar carices machistas, es la séptima y la octava definición de la RAE: “Mujer de aspecto repulsivo” y “Mujer malvada”, respectivamente. Siendo que la cuarta, la que hace referencia al género masculino determina que el brujo es un: “Hechicero supuestamente dotado de poderes mágicos en determinadas culturas”.

Superada la característica fantástica, la palabra bruja adquiere un significado peyorativo que no ha sido tal históricamente. Al menos no antes de la Edad Media. Según la historia de la literatura y de la mitología griega, las acciones de las brujas no son necesariamente malas, como puede ser el caso Medea. Ni necesariamente buenas, como puede ser el de Circe.

En la actualidad el rol que ocupan en la literatura, no sólo fantástica, es más arbitrario. Y aun con todo, en muchos casos se saben personas con poderes sobrenaturales que no necesariamente pueden ser juzgados como buenos o malos. O es que, (SPOILER), ¿Melisandre es necesariamente mala por cargarse a Renley Baratheon?, ¿no le redime haber resucitadoa Jon Snow? No hay ese debate sobre su maldad o su bondad con Minerva McGonagall, la subdirectora de Hogwarts es un personaje claramente bondadoso.

De la concepción de la bruja como "Mujer malvada" o "Mujer de aspecto repulsivo" en el imaginario colectivo, parte de la culpa la tiene Disney y toda la tradición narrativa popular. Hablamos de Blancanieves, de Hänsel y Gretel, de la Bella Durmiente y de El Mago de Oz. En estos cuentos y películas, el personaje de la bruja casi siempre es el antagonista.

Así, la novela de Atwood no es sólo una obra de arte por adelantarse a su tiempo, tampoco por sus dotes narrativas, ni siquiera por tener vigencia en 2017 en forma de serie de televisión, ni por su componente de crítica feminista. Lo es por todas esas cosas y también por beber de un ancestro suyo para crear el personaje de Offred y reivindicar así -de un modo indirecto quizás- la figura de la bruja como heroína.

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