Books

La escritora que consumía más morfina de la que un cuerpo es capaz de soportar

Se publica "Un palacio de arena", una antología de la primera poeta en ganar un Pulitzer

Aunque a sus profesores del colegio no les hacía mucha gracia, la pequeña Edna St. Vincent Millay tenía la costumbre de referirse a sí misma con el nombre masculino de "Vincent": por ello, el director de la escuela decidió llamarla cada día por un nombre de mujer distinto, pero todos empezando por la letra V.

No obstante, la niña no se rindió y siguió hablando de sí misma como Vincent; y tal vez esa rebelión íntima pueda explicar buena parte de su actitud frente a la literatura.

La madre de la poeta, Cora —divorciada de su padre poco después del nacimiento de Edna— la había educado en mitad de una gran pobreza pero también en mitad de una gran libertad.

Cargando siempre con un baúl repleto de literatura clásica, Cora, Edna y sus dos hermanas pasaron años de nomadismo y estrechez, durante los cuales la futura poeta y ganadora del Pulitzer ya comenzó a destacar por su personalidad desafiante, por su vitalismo y por su talento poético.

Una buena muestra de este carácter y de su habilidad para componer versos impuros, dolientes y certeros puede encontrarse en Un palacio en la arena (Harpo Libros) la antología de su obra recientemente editada y traducida por Andrés Catalán.

El primer momento clave de la carrera de Millay fue la escritura de su extenso poema "Renascence", que con 20 años presentó al concurso de la revista The Lyric Year (y que finalmente no ganó, mereciendo tan solo un cuarto puesto).

El público había entendido como muy superior el poema de Edna St. Vincent, así que con la notocia de la derrota las voces se alzaron indignadas y se organizó un gran revuelo mediático.

Precisamente gracias a la publicidad que le dio perder este premio, la poesía de Millay llegó a los oídos de una rica mecenas que decidió pagarle sus estudios en la célebre universidad femenina de Vassar College.

Aunque ya en sus años del instituto había tenido relaciones sentimentales con otras compañeras, fue en su época universitaria cuando su bisexualidad se hizo más patente: Millay llegó incluso a escribir una obra de teatro en verso para el Vassar sobre el amor entre mujeres titulada The Lamp and the Bell.

Después vendrían la ascensión y la caída desde lo alto.

Los años de bohemia en el Greenwich Village neoyorquino de los años 20 —donde Edna vivió en la casa más estrecha del barrio y fue, en sus propias palabras, "muy muy pobre y muy muy feliz"—, su tumultuosa vida sexual, su matrimonio abierto con Eugen Jan Boissevain, su descenso a un infierno de morfina y alcohol...

Y sobre todo, su obra poética: libros como The Ballad of the Harp-Weaver, que en 1923 hizo de ella la primera mujer ganadora del Premio Pulitzer, o A Few Figs From Thistles: Poems and Four Sonnets la convirtieron en un emblema del feminismo, que representaba la libertad sexual, la sensibilidad y la joie de vivre.

Edna St. Vincent Millay fue una celebrity de su época. Sus lances amorosos y sus declaraciones públicas fueron seguidas al milímetro por un público ávido de sus poemas, lo que le reportó a la poeta unos beneficios nada despreciables.

La retroalimentación de vida, fama y poesía en la obra de Millay —elementos que se espejean constantemente—, así como el carácter popular de algunos de sus textos más famosos podría hacer que la clasificaramos (erróneamente) como la "poeta de Twitter" de su tiempo.

Nada más lejos de la realidad: en Edna St. Vincent Millay el tono conversacional y la estética ligeramente arcaica o tradicional siempre aparecen unidos a una visión conflictiva y rica de la identidad, como se puede comprobar en "Primer higo":

Mi vela arde por ambos lados;

no durará toda la noche;

pero ah, mis amigos, y oh, mis enemigos:

¡da una luz tan hermosa!

Además, la pericia técnica de Millay (si bien no alcanza los descubrimientos que por entonces estaban haciendo autores estadounidenses como Eliot, H.D., o Pound) se extiende más allá del poema breve de inspiración popular: sus elogiados sonetos y sus poemas en verso libre revelan a una poeta capaz de desarrollar estructuras más complejas sin perder intensidad.

Nunca, nunca jamás ha de arrancarse la fruta de las ramas

y amontonarla en toneles.

El que quiera comer del amor ha de comerlo en el sitio.

Aunque las ramas se doblen como juncos,

aunque la fruta madura manche la hierba o se arrugue en el árbol,

el que quiera comer del amor debe llevarse con él

solamente lo que le quepa en la panza,

nada en el delantal,

nada en los bolsillos.

Nunca, nunca jamás ha de cogerse la fruta de la rama

y almacenarla en toneles.

El invierno del amor es una bodega de arcones vacíos

en un huerto que mulle el deterioro.

Edna St. Vincent Millay supo interpretar con lucidez las condiciones de su época y las suyas propias: una y mil veces se vio a sí misma, en mitad de la historia, con la carne convirtiéndose en mito y una palabra (o una marca de sangre) grabada en la frente: Vincent.

En sus poemas fue capaz de esculpir la frivolidad de los felices años veinte, pero también su decadencia no es por estas hermosas flores que engalanan tus salones por lo que he venido. De hecho, / te habría podido amar mejor a oscuras»).

Cuando, no cumplidos siquiera los 60 años, la encontraron al pie de la escalera de su casa con el cuello roto, vistiendo camisón y zapatillas, poco importó que hubiera sufrido un fatal ataque al corazón antes de caerse: los símbolos inscriben en sí su propia muerte.

Seguras sobre la firme roca se alzan las casuchas:

¡venid a ver el brillante palacio que alcé sobre la arena!

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar