Books

Todo el mundo debería escuchar audiolibros

En defensa del "hermano tonto" de la industria editorial

Igual que en una mala novela, todo empezó por culpa del calor. El verano vació los espacios en los que solía escuchar podcasts en el camino del trabajo a casa o cuando me encargo de las tareas domésticas.

Me sentía como cuando de niño mis amigos abandonaban la ciudad. Uno a su pueblo, otro a tal sitio, otro a este otro y el que quedaba, castigado. Y yo ahí, oyendo cómo sonaba el timbre dentro de las casas sin recibir respuesta y buscando alternativas al plan social.

Así que huérfano de información narrada como estaba a principios de verano, busqué cobijo en programas de Ilustres Ignorantes que no había visto, en podcasts aparentemente interesantes que conducían a la decepción o en programas caseros liderados por aspirantes a locutores con pocas habilidades para ejercer el oficio.

En este clima de abatimiento, llegó la epifanía que no se entiende sin la confesión: de pequeño no leí los libros de Harry Potter.

La revelación, entonces, se presentó mientras escribía un artículo sobre J.K. Rowling. Sabiéndome ignorante y harto de buscar información en todas las páginas fandom para dotar de sentido a los artículos, se me encendió una bombilla. Sin tiempo ni ganas de permitir que mis próximas siete lecturas las coparan las aventuras de un mago, pensé.

Y si... ¿Y si alguien le ha puesto voz, lo ha grabado y lo ha subido a Ivoox?

Entonces pasó. Borré aplicaciones para que cupieran los archivos de audio. Se desató la narración y empecé por fin a disfrutar del verano —en serio, mis índices de serotonina estaban por los suelos—.

En dos días me había acabado el primer libro, en tres el segundo, en cuatro el tercero... En la bici, en el gimnasio, teniendo la ropa, cocinando, antes de dormir. Cualquier espacio vacío de conversación o esfuerzo intelectual que requiriera una actividad física o rutinaria se convertía en un buen momento para disfrutar de una historia.

Siempre como herramienta auxiliar y como estímulo para aquellos momentos en los que no se puede abrir un libro, he ido puliendo récords de lectura: siete libros consumidos en una semana es mi mayor logro.

Mi dependencia hacia los audiolibros se ha vuelto tal que ya no tengo música en el móvil. Creo en las historias en todas sus formas y creo que deben ser compartidas sin importar el cómo. Y del mismo modo que hay adaptaciones cinematográficas que mejoran en mucho a las novelas en las que se basan, creo que hay libros que están hechos para ser escuchados.

Bien sea por el narrador o por la capacidad envolvente, bien porque la palabra no suena igual escuchada que leída, o bien porque desde el punto de vista neurológico se educa al oído, se mejoran habilidades de retención, la riqueza del vocabulario y la comprensión lectora. Me gusta la idea de viajar siempre con una historia en mente, con un libro a ambos lados de la cabeza.

audiobook

Pero quizá lo más importante sea también el romanticismo del acto. Del acto de que alguien te lea al oído, sí. Del viaje al pasado —en el siglo XVIII había clubes de lectura en voz alta— y del viaje a la infancia, o incluso a ese momento exacto en el que un pariente declamaba cuentos al otro lado del líquido amniótico.

El audiolibro es un pequeño bastión de la tradición oral en la era de la imagen.

No soy un dogmático, a pesar de llevar un par de meses intentando convencer a mi entorno. Entiendo los posibles inconvenientes de esta técnica. Sé que no se puede subrayar, ni doblar páginas —aunque esto será una ventaja para algunos—. Revisar un fragmento concreto es un coñazo y la velocidad de lectura no suele ser compatible con de quien escucha.

Además, el tono cambia el significado de las expresiones y suele haber un componente algo peligroso de manipulación o reinterpretación —siempre involuntario— por parte del narrador.

De cualquier manera, ahora que Winter is coming —estoy escuchando el primero de Canción de hielo y fuego para paliar el mono— y empieza la reentré de los programas de radio que solía escuchar, he decidido que durante los próximos meses por mis auriculares sólo saldrán historias que hayan sido previamente escritas.

Y aunque parezca que lo diga con el recelo de quien ha sido abandonado durante el verano, lo cierto es que esa voz que me narra y me acompaña es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.

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