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No te imaginas la soledad y el miedo que siente un hombre solo en el espacio

Jaroslav Kalfar lleva tatuado un astronauta en el brazo y por eso no es raro que el libro con el que acaba de debutar como novelista se llame: 'El astronauta de Bohemia'

El aislamiento celular es un método de tortura que consiste en recluir a una persona durante un tiempo indeterminado en una celda. Sin interacción social, luz ni comida, esta forma de tortura suele derivar en trastornos mentales como estados de confusión, delirios o alucinaciones.

De un modo similar concibo una misión espacial en solitario.

La intimidad vulnerada por cámaras para que los ciudadanos de la Tierra conozcan hasta el último movimiento del héroe terrestre; alimentos imperecederos como elemento troncal de una dieta desequilibrada; el regreso a la Tierra y la pérdida de un importante porcentaje de masa ósea; el cuco volando sobre su nido…

Despegar los pies del suelo y las posibilidades de convertirse en héroe nacional tienen un precio desorbitado. Ese precio ha sido explorado por el escritor checo de 27 años Jaroslav Kalfar en El astronauta de Bohemia (Tusquets).

Jakub Procházka es un joven astrofísico que ha sido designado por el presidente de la República Checa para convertirse en la imagen de la gran misión espacial del país. Es 2018 y una nube de polvo cósmico tiñe de violeta las noches de la tierra, Jakub debe emprender un viaje de tres meses de ida -y otros tres de vuelta- para tomar una muestra de ese polvo y adelantar así en la carrera espacial a potencias económicas como Rusia, China o EE. UU.

Confinado a la soledad, el nuevo día a día de Jakub es enfocar sus pensamientos a, por un lado, lo que deja donde hay gravedad -Lenka, su mujer- y, por otro lado, a los treinta y tantos años que ha pasado en la Tierra antes de pulular por el espacio.

Así, en el campo de estos pensamientos, se construye un correlato que es la vida del mismo personaje. Una vida que ha crecido al compás de la política en Checoslovaquia; cómo el hijo de un colaborador del régimen comunista debe pagar los pecados de su padre.

Y cómo bajo la voluntad de limpiar su apellido, se embarca en una misión espacial que pone su vida en riesgo.

En Respiración Artificial, Ricardo Piglia oferció un consejo a los escritores debutantes: “ Si escasea la imaginación, hay que ser fiel a los detalles”. En el caso de Kalfar la imaginación no escasea -los límites de la literatura fantástica se entrelazan con los de la ciencia ficción- y la fidelidad al plano del detalle está presente en toda la novela.

Ocurre tanto en la historia del astronauta y las circunstancias que le rodean -comida, tecnología, especificaciones técnicas que beben de la física…-, como en el relato del terrícola -la ciudad de Praga, el significado de proceder de una familia afín al régimen, qué se come y qué se escucha…-.

En ese sentido y a pesar de no haberse criado en la República Checa -como Kundera, Kalfar escribe desde la diáspora-, el nivel de detalle de una Praga que no vive ni ha vivido, de un rural que no vive ni ha vivido y de un espacio que no vive ni ha vivido es muy elevado.

Y, a pesar de explorar el plano histórico reciente de Checoslovaquia , El astronauta de Bohemia no es una novela política. Tampoco es de ciencia ficción, aunque resuenen los ecos de Arthur C. Clarke. No es un tratado filosófico -y sin embargo hay digresiones ligadas a conceptos como la relación padre-hijo o los límites de la ambición-. Ni siquiera es una novela negra, a pesar de que tiene tintes policiacos.

Aunque, al mismo tiempo, es todo eso, además de la carta de presentación de Jaroslav Kalfar, jovencísimo narrador que, seguro, dará que hablar en los próximos años.

El astronauta de Bohemia

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