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Fue asesinada por su marido, pero su hermana vivió para contar su terrible historia

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La unión sororal de Sheila y Maxine Kohler fue interrumpida por un psicópata

Alberto Del Castillo

10 Julio 2017 14:40

Está nevando, los copos grandes y húmedos caen callada y extrañamente, sobre las oscuras higueras, cuando mi hermana menciona por primera vez cómo se llama el hombre que será responsable de su muerte: Carl

Con esta frase empieza Sheila Kohler Cuando éramos hermanas (Alba, 2017), el libro que llora —en formato autobiográfico— el asesinato de su hermana y denuncia la impunidad de su verdugo: el padre de sus hijos.

Si hay alguna belleza en la muerte. Si existe la remota posibilidad de encontrar algo bonito en el fallecimiento de una persona querida, Sheila lo ha encontrado y lo ha puesto sobre blanco.

Con un padre ausente y posteriormente fallecido y una madre caprichosa, evasiva e inmadura, la infancia de Sheila se reduce a Maxine y la de Maxine a Sheila. Los juegos, los secretos, la admiración y la complicidad entre hermanas son los elementos que revisten de felicidad una época triste.

Porque, a pesar de haber sido criadas en la abundancia —el padre es poseedor de una gran fortuna—, la de Maxine y Sheila es una época triste. Lo es por el contexto en el que se ambienta: la Sudráfrica del fracaso colonial.

Estamos en 1949, un año después de que el gobierno nacionalista al mando de Malam llegue al poder en Sudafrica y empiece a poner en practica la absurda ley del apartheid que oficialmente segrega al país. Aunque nadie nos mencione esto a mi hermana ni a mi

Y lo es también por el violento machismo al que están sometidas ambas hermanas cuando, años más tarde, se habrán de casar con sus respectivos maridos.

El corsé de una sociedad machista oprime a las hermanas en su etapa adulta. A Sheila por conocer las infidelidades de su marido, éste no forzarse en ocultarlas y tener que tragar con ellas.

A Maxine por la desencarnada violencia a la que le somete un marido psicópata del cual se sugiere que ha tenido acercamientos a la pederastia. Carl, el marido, agrede a sus seis hijos y a su esposa mientras, irónicamente, salva vidas en quirófanos de todo el mundo.

Pese a los doce mil kilómetros que separan a ambas hermanas en su época marital —Sheila vive en París con su marido y sus cuatro hijos—, encuentran la vía de escape al silenciamiento en reuniones casi clandestinas. Casi en calidad de amantes. Reuniones que toman lugar en distintos puntos de Europa.

La trama avanza y, a pesar de conocer el desenlace del libro desde la primera página, la ternura en el cómo a la hora de narrar los encuentros entre hermanas, el componente de denuncia social y unas buenas dotes narrativas dejan el corazón en un puño de principio a fin.

Hacen que lo que en su día fue un grito ahogado, una lagrima contenida, ahora sea un bramido incontralable de quien ahora sí, años más tarde, puede llorar la muerte de su hermana.


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