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Cómo aceptar que lo que pasa con la vida es que un día estarás muerto

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El libro de David Shields nos enseña a dejar de hablar de la muerte de una forma respetuosa, limpia y recatada

eudald espluga

21 Julio 2017 12:51

Nacemos en el dolor de otro y morimos en el nuestro.

Así resumía el poeta británico Francis Thompson lo que significa vivir: transitar un incierto camino entre sufrimientos.

Edward Young, por su lado, escribió que nuestro nacimiento no es sino el comienzo de nuestra muerte y J.M. Coetzee convertía estas reflexiones en un aforismo que resumía toda biografía: "eso es lo que, en definitiva, significa estar vivo: ser capaz de morir".

Y, puestos a citar, quizá la sentencia de Nabokov sobre lo que implica nacer sea la más burtal y oscura que se pueda leer: "la cuna se mece sobre un abismo y el sentido común nos dicta que nuestra existencia no es sino una breve grieta de luz entre dos eternidades de oscuridad".

Pero esta fijación por hacer de la muerte el prisma desde el cual observarnos y comprendernos no es nada nuevo. El Bhagavad Gita definía el cuerpo humano como una herida con nueve orificios y Sócrates, antes de morir, pidió a sus amigos que sacrificaran un gallo en honor a Asclepio, el dios de la medicina: con la muerte estaba curando esa enfermedad que es la vida.

Porque sí, vivir es un lento proceso de decadencia y caída, de descomposición progresiva: un descender penoso hacia la nada.

Y, sin embargo, no hay nada de malo en que ello sea así.

Esto es precisamente lo que intenta demostrar David Shields en Lo que pasa con la vida es que un día estarás muerto, un libro que es una autobiografía -de su cuerpo- y una carta a su padre, pero que es también un manual de anatomía y un compendio de citas y un ensayo sobre la muerte y un tratado antropológico sobre el valor de nuestra vulnerabilidad.

Su padre le decía y le repetía que "aceptara la vida", pero con este libro se ha propuesto no solo aceptar la muerte, sino hacer con ella lo que quería Martin Amis: convertirla en "una ocupación a jornada completa". Se trata, entonces, de un libro que ha escrito para su padre, que ha sido escrito gracias a él, pero que, sobretodo, se ha escrito en contra de él. 

"Parece que tengo una urgencia edípica por enterrarlo bajo una tonelada de datos sobre la muerte. ¿Por qué quiero cubrir a mi padre con un sudario prematuro? Él es fuerte y es débil y le quiero y le odio y quiero que viva para siempre y quiero que se muera mañana".

Shields no miente. El libro es un condensado densísimo de datos, una explosión de información inasumible, no solo sobre la muerte, sino también sobre el nacimiento, la evolución de nuestro cuerpo y su inevitable putrefacción.

 

Nacemos con 144 huesos más de los que tendremos de adultos; a lo largo de nuestra vida respiraremos unos 850 millones de veces; las uñas crecen más despacio en junio, te crecen menos cuando te haces mayor y, en contra de la leyenda, no crecen nada cuando estás muerto; el cerebro representa el 2% del peso total de nuestro cuerpo; cada día de nuestra vida perdemos entre 30.000 y 50.000 nervios y 1.000.00 de células nerviosas; además, algunas de nuestras células se suicidan -y no se trata de una mala metáfora-.

Este amasijo de datos, que muchas veces recuerda un informe forense, quiere confirmar que, como decía Schopenhauer, "la vida de nuestros cuerpos es solo una muerte que todavía no se ha consumado, una muerte siempre pospuesta".

Sin embargo, lejos de entrañar una fantasía nihilista, una perspectiva pesimista y ofuscada con la idea de nuestra desaparición, la propuesta del libro de David Shields es impetuosa y alegre: su celebración desacomplejada de la caducidad de nuestro organismo es un recordatorio de que somos animales vulnerables y frágiles.

Quizá por el uso institucional del concepto, asociamos la dependencia a un estado intermitente y parcial, a un estado pasajero ligado a ciertas etapas o momentos de la vida: la niñez, la vejez, la enfermedad. Episodios que queremos mantener estancos y apartados de lo que sí consideramos nuestra vida, que identificamos con cierto estado de plenitud física y mental.

Pero como llevan defendiendo hace años el feminismo y la antropología, no seremos capaces de comprender la importancia de los cuidados -ni la verdadera dimensión relacional del ser humano- si no aceptamos que en ningún momento dejamos de ser dependientes y vulnerables. De hecho, como explicó la filósofa Martha Nussbaum, la fragilidad es justamente aquello que constituye nuestra humanidad: la invulnerabilidad nos haría inhumanos como un dios griego o como ese ser inmortal que describió Borges, condenado eternamente a una vida vacía de significado.

Por supuesto, el libro de Shields es aterrador. La muerte sigue siendo para nosotros un tabú. Y aunque el ensañamiento que demuestra el escritor californiano tenga por objetivo espolearnos, zarandeándonos a golpe de cita y de dato, la perspectiva no es menos funesta.

Leer Lo que pasa con la vida es que un día estarás muerto sirve para que, poco a poco, dejemos de hablar de la muerte de una forma respetuosa, limpia y recatada, para así empezar a aprender a vivir, que significa empezar a aprender a morir.


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