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Alba Ceres: "contradiciendo a Sontag, sí se puede escribir poesía sobre el cáncer"

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Entrevistamos a Alba Ceres a propósito de su libro 'Luciérnaga' (Kokoro), un canto a la madre que no está, pero que sí está, a pesar del cáncer

Luna Miguel

09 Febrero 2017 12:11

En el mítico ensayo La enfermedad y sus metáforas, la escritora Susan Sontag aseguró que no se puede hacer literatura del cáncer. Desde entonces, son muchos los escritores y sobre todo los poetas que se han encargado de contradecirla.

Una de las jóvenes autoras que han procurado tomar con sus manos el tumor maligno y convertirlo en algo palpable, en algo poetizable o en algo, incluso, capaz de ser bello, ha sido la poeta española Alba Ceres.

Ceres venía publicando poemas en la red y en algunas editoriales independientes españolas, cuando los editores de la revista Kokoro descubrieron sus textos. Ahora que Kokoro también ha abierto editorial (forma parte del proyecto Kriller71), su nombre se ha convertido en uno de los primeros en formar parte de su arriesgado y cuidado catálogo.

Luciérnaga es el título del poemario que Alba Ceres acaba de publicar, un conjunto de textos concisos y delgados —como huesos de animal, o como pequeñas medicinas— que abordan el tema de la muerte de la madre, el cáncer y la memoria. En una línea muy cercana en el fondo a libros como El duelo es esa cosa con alas, de Max Porter, y también en la forma a autores como Chantal Maillard, Ceres crea un catálogo de sensaciones, de sonidos y de ternuras que invitarán al lector a entender su propio duelo, a superarlo (o a acariciarlo quizás).

Con motivo de la publicación de Luciérnaga hemos querido someter a Ceres a nuestro cuestionario “Qué quedará de…”. Y esto es lo que nos dijo:

El concepto de “la madre”, en la literatura, ¿podría ser considerado como todo un género poético? ¿Y la enfermedad? ¿Y el cáncer?

Pensando en libros que me hayan hecho creer que sí, el primero que me ha venido a la cabeza en relación con el cáncer ha sido Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard. Este libro recoge los ensayos y diarios que Broyard escribió desde el momento en el que le diagnosticaron un cáncer hasta que murió. Nos habla de la enfermedad sin tapujos, con una sinceridad apabullante. Prefirió no guardar silencio, romper el tabú en el que todavía hoy una enfermedad como esta se ve envuelta y demostrar, en contraposición a aquello que decía Susan Sontag, que sí puede escribirse poesía sobre el cáncer. Constituya un género o no, lo que es innegable es que la enfermedad está en nuestras vidas y eso, casi irremediablemente, también la convierte en una posibilidad o en una preocupación (incluso en una obsesión) literarias. Y lo mismo podríamos decir con respecto a la madre. De entre las relaciones humanas, no sé si existe alguna otra que sea capaz de establecer un vínculo tan fuerte e instintivo, a la vez tan quebradizo, como el que un hijo tiene con su madre y viceversa. ¿Cómo no dar cuenta de ello? ¿Cómo no ahondar? Uno de los poemas (porque toda la película es un poema brutal y claro) más estremecedores que he visto y que, precisamente, aúnan madre y enfermedad es Madre e hijo, de Aleksandr Sokúrov.

Últimamente, de hecho, parece que una generación de poetas está dedicando sus libros al proceso del duelo, la muerte de los seres queridos, etc. (Pensamos en poetas ingleses como Max Porter o Emily Berry, en hispanos como Sara Uribe o Elena Medel). ¿Casualidad o característica generacional?

En realidad  creo que llevamos escribiendo sobre la muerte, tratando de entender el miedo que provoca y el dolor que deja tras su paso desde que tenemos la posibilidad de hacerlo, desde que contamos con algunas pocas palabras para tratar de acotar ese vacío. No creo que sea una cuestión generacional. Es algo que nos atañe desde siempre y que, a través del arte, hemos intentado expresar y explicarnos en infinidad de ocasiones. También es una manera muy tierna, muy cariñosa de tejer una memoria, de no dejar caer en el olvido a aquellos que una vez estuvieron con nosotros y nos cuidaron, un aprendizaje para poder seguir sin ellos, o tal vez con ellos, no lo sé muy bien, aunque de una manera muy distinta.

¿Quiénes han sido tus referentes a la hora de escribir este libro tan íntimo? ¿Nos recomendarías 3 autores clásicos y 3 contemporáneos?

Todas las lecturas que me acompañaron durante el duelo fueron importantísimas. Durante un tiempo me sentí incapaz de escribir y fue gracias a las palabras de los otros cómo empecé a encontrar no tanto las mías como sí los balbuceos con los que, creo, está hecha luciérnaga. Lecturas de clásicos imprescindibles durante el proceso de escritura fueron las de Emily Dickinson (ella siempre), la del William Faulkner de Mientras agonizo, una novela a la que he acudido cada vez que la muerte me ha tocado de cerca, y los haikus de autores como Issa Kobayashi y Taneda Santôka. Entre los autores contemporáneos citaría a Chantal Maillard en La mujer de pie, a Sharon Olds en El padre y, si se me permite, un último referente que es cinematográfico: a Naomi Kawase en películas como El bosque del luto o los pequeños diarios que filmó durante su vida compartida con su abuela Uno.

Escribir desde el yo, ¿puede significar también algo universal?

Aunque no siempre, sí puede. Citaba antes El padre de Sharon Olds, un poemario en el que la autora reelabora las vivencias personales de la muerte de su padre y el duelo posterior, o podría hablar también de otro libro que para mí fue esencial, El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, en el que nos habla del proceso de duelo tras la muerte repentina de su marido. Ambas autoras tienen la capacidad asombrosa de transformar y conducir su yo doliente a la turbación, la belleza, la memoria y los gestos cotidianos que son de todos. Leer sus duelos es leer un duelo común, una manera de traducir y reconocer los pensamientos y las emociones que la muerte de un ser querido puede provocar en las personas.

¿De hecho, debe el escritor estar comprometido políticamente? ¿Puede no estarlo?

A mí se me hace muy difícil pensar que no pueda estarlo, aunque si debe o no debe supongo que ya es una decisión que corresponde a cada uno. Yo no podría desligarme de la realidad en la que vivimos y nos rodea, dejarla a un lado, escribir como si no existiera o limitarme a que mi mundo fuera una burbuja al margen, un ombligo pequeñito. Creo que la escritura puede abrir cauces de reflexión, puede ayudarnos a tratar de comprender esa realidad, a impulsarnos a ser partícipes de ella para transformarla.

Tu poesía es la primera en abrir una nueva editorial (Kokoro) dedicada a este género en la edición española. ¿Sientes vértigo por ello? ¿Cómo conocieron los editores tu obra?

Un poco abrumada sí estoy, la verdad, pero también es muy bonito ver cómo luciérnaga va llegando a manos que se emocionan y la cuidan. Los tres editores kokoros, Laia López Manrique, Lola Nieto y Antonio F. Rodríguez han hecho un trabajo de edición estupendo y eso la gente lo está recibiendo ahora. El primero en conocerme fue Antonio. Fue en la época dorada de los blogs, cuando estos todavía eran un lugar maravilloso para el diálogo y el aprendizaje. Años después, crearon la Revista Kokoro y empecé a colaborar en algunos de los números. Así fue cómo conocieron lo que yo iba escribiendo.

Y después de llevar mucho tiempo publicando en Internet, ¿crees que las redes sociales han influido en tu escritura?

No creo que hayan influido directamente en mi manera de escribir, que cada vez es más lenta (muy, muy lenta) y reposada, mientras que en las redes sociales todo se mueve cada vez más rápido, es inmediato y muchas veces vertiginoso, pero lo que sí está claro es que Internet me ha acercado a mucha gente que me ha abierto ventanas maravillosas, lecturas que ahora me son imprescindibles y a las que difícilmente habría llegado por mí misma. Eso, sin duda, ha contribuido enormemente a mi crecimiento, a que mis búsquedas personales a la hora de leer y escribir sean las que son a día de hoy.

Por último, ¿cuál ha sido la peor crítica que han hecho a tu trabajo? ¿Cuál ha sido la peor que te has hecho a ti misma?

Hace algunos años recibí un comentario anónimo en el blog en el que se me acusaba de escribir al servicio de la moda de la enfermedad. Me lo tomé con mucho humor. Conmigo misma, en cambio, no soy tan permisiva. Soy muy exigente en todo lo que hago hasta niveles verdaderamente contraproducentes. ¡Imagina qué crítica puede salir de ahí! Sin la ayuda de mis editores y la insistencia de buenos amigos, dudo muchísimo que luciérnaga fuera un libro hoy.

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