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El activista al que persiguieron por combatir los abortos forzados en China

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Chen Guangcheng es el hombre que luchó por hacer de un país en el que no existe la justicia, un lugar mejor. El activista que se enfrentó a la oleada de abortos forzados y de torturas que se desencadenaron con la "Ley del Hijo Único". Y el abogado autodidacta que resistió a las palizas que le acompañaron en prisión

alba losada

20 Febrero 2017 06:00

El activista Chen Guangcheng sabía que si se quedaba en casa acabaría muerto. Así que, durante más de un año, él y su esposa Weijing, estuvieron ideando un plan para que escapara del arresto domiciliario que le mantenía preso en Dongshigu, un pueblo de la China rural situado en la provincia de Shandong.

No sería fácil para un hombre invidente huir de una aldea rodeada de policías. Pero él había crecido allí y la conocía mucho mejor que ellos. Y, a pesar de las dificultades, estaba convencido de que lo conseguiría.

"No hay nada que pueda interponerse en el deseo de encontrar el camino hacia la libertad", nos dijo al explicarnos su historia, que retrató, recientemente, en el libro El abogado descalzo (Península).

Desde que en abril de 2012 salió por la puerta de casa, se enfrentó a una odisea en la que únicamente estuvo acompañado por la oscuridad: evadió a los agentes en repetidas ocasiones, escaló más de 8 muros, se cayó innumerables veces, se arrastró por campos y arroyos y se rompió 3 huesos de un pie. Después de más de 20 horas, finalmente, llegó al pueblo vecino, lejos de la mirada vigilante de los agentes.

Ese fue el primer paso a la libertad que dio Guangcheng. El hombre que luchó por hacer de un país en el que no existe la justicia, un lugar mejor. El activista que se enfrentó a la brutalidad de los abortos forzados y a las torturas que se desencadenaron a raíz de la "Ley del Hijo Único" en 2005. Y el abogado autodidacta que resistió a las palizas que le acompañaron en prisión.

 

"No hay nada que pueda interponerse en el deseo de encontrar el camino hacia la libertad"


En 1971, el pueblo de Dongshigu le vio nacer. En plena Revolución Cultural, implantada por el entonces presidente Mao Zedong, la asistencia médica básica era prácticamente nula en las zonas rurales. La muerte solía visitarles a menudo, por lo que había un temor generalizado a enfermar.

Las carencias del sistema sanitario, junto con el hecho de que solo había cinco escuelas para invidentes en el país, provocaron que sus primeros pasos no fueran fáciles. Con su familia como uno de los pocos apoyos con los que contaba, se enfrentó a discriminaciones constantes que, de algún modo, le hicieron creer que no estaba completo. Que no era una persona en toda su totalidad.

Pero, a pesar de que él entonces no lo sabía, aquellas vivencias estaban forjando la tenacidad que, años después, alimentaría el espíritu activista que le llevaría a luchar para que existiera un atisbo de justicia en su país.

Después de graduarse en la Universidad de Medicina, en 2001, regresó a su pueblo y se convirtió en "abogado descalzo": un letrado autodidacta que tenía como único objetivo defender a la gente común de la brutalidad de los funcionarios locales. 

Guangcheng se enfrentó a la brutalidad de los abortos forzados y a las torturas que se desencadenaron a raíz de la "Ley del Hijo Único" de 2005


"En ese momento, ocurrían muchas injusticias a mi alrededor. Realmente no pensé en convertirme en un 'abogado descalzo', a pesar de que estaba interesado en la ley. Fue una reacción natural que surgió al ver lo que sucedía: ante la injusticia tienes que pensar en una forma de proteger a la justicia".

Desde entonces, salió victorioso de varios casos, uno de las cuales fue el de la recaudación ilegal de impuestos a personas discapacitadas que, en su mayoría, apenas podían trabajar. Mientras casi ningún abogado aceptaba defender a personas con diversidad funcional o indigentes, Guangcheng les tendió la mano. Quizá porque veía parte de su historia reflejada en ellos. 

Sin embargo, la causa por la cual todos le conocerían en adelante fue su lucha contra la "Ley del Hijo Único".  

En 2005, el Partido Comunista cambió las leyes de planificación familiar y, a partir de entonces, nadie podía tener más de un hijo. Una réplica de campañas que habían tenido lugar en el pasado y que sembró el terror en varios territorios del país.

Las autoridades perseguían a las mujeres embarazadas después de su primer hijo para someterlas a abortos forzados y a programas de esterilización. Unas prácticas para las que ni siquiera tenían en cuenta su la salud física y mental ni los cuidados posteriores que tenían que recibir. Solo en el distrito de Liny, Shandong, 130.000 mujeres pasaron por ello, de acuerdo con investigaciones de Guangcheng.

Mientras, la mayor parte de abogados en ejercicio no aceptaban casos que implicaran a personas discapacitadas o indigentes, Guangcheng les tendió la mano

Todos los que tenían vínculos con las "infractoras" también corrían el riesgo de vivir esta despiadada faceta de los funcionarios chinos. Cuando querían saber dónde estaban, en muchas ocasiones, les secuestraban y les torturaban hasta hacerles confesar. Una atrocidad que, siempre según el activista, vivieron 600.000 personas en el mismo lugar.

Él solo necesitó conocer algunos casos para saber que debía actuar. Así que demandó a las autoridades de la región, compartió esas experiencias con medios de comunicación extranjeros e, incluso, ayudó a algunos afectados a escapar de aquel terrible destino. Todo ello, siempre con la incondicional ayuda de Weijing.

Si ya le sobraban los motivos para defender los derechos del pueblo chino, cuando su esposa se quedó embarazada de su segundo hijo, llegó a implicarse a nivel personal. "Queríamos tener un segundo hijo y no iba a permitir que el Partido Comunista se interpusiera en nuestra decisión".

Sin embargo, aquella serie de valientes gestos fue todo lo que necesitaron las autoridades para secuestrarle, torturarle e imponerle una pena de 4 años de prisión por "daño a la propiedad e interrupción del tráfico".


Solo en el distrito de Liny, Shandong, sometieron a 130.000 mujeres a abortos forzados y a programas de esterilización


Era 2006, y sentía que el tiempo nunca había pasado tan lento como lo hacía mientras estaba entre rejas. Allí, los guardias prohibieron al resto de reclusos hablar con él, prácticamente no recibió visitas de su familia y, una vez más, fue víctima de constantes palizas.

Pero, en cierto modo, merecía la pena, ya que su lucha acabó repercutiendo en el desarrollo de la campaña. Algo que comprobó con los años, cuando un funcionario del Partido Comunista le dijo: "por tu culpa, han nacido 90.000 más niños en esta zona y, ahora, el gobierno está detrás de ti para quedar en paz".

El final de ese mal sueño significó el principió de otro. Durante 19 meses, el lugar que un día había sido su hogar, se convirtió en su "infierno privado": un cordón policial vigilaba sus pasos a diario, él y su familia sufrieron la brutalidad de los agentes en numerosas ocasiones e hicieron todo lo posible para mantenerlo completamente aislado del mundo.

Cuando consiguió escapar, se dirigió a Beijing creyendo que allí estaría más seguro. Pero, por aquel entonces, no había un lugar así en China para un hombre como él. Aquello se evidenció cuando espías del Partido Comunista le cercaron mientras se dirigía a la Embajada de Estados Unidos y se desencadenó una persecución en coche por las calles de la capital, "digna de una escena de Hollywood", que acabó con su entrada en la embajada. Allí, al menos, estaba relativamente al margen de las leyes del Partido Comunista.


Durante 19 meses, el lugar que un día había sido su hogar, se convirtió en su "infierno privado"


Pensó que con la ayuda de los americanos él y su familia podrían seguir viviendo en su país sin sufrir represalias. Se equivocó. Después de una larga reunión en la Casa Blanca, EEUU alegó que un caso de derechos humanos no debía interferir en la relación entre ambos países. De este modo, se quedó sin que el gobierno chino garantizara su seguridad en el país y con EEUU como su mejor opción para reescribir su historia.

 "Es una lástima que de todo el equipo de Obama no se levantara ni una sola persona para decir que debían protegerse los valores de EEUU: la democracia, la libertad y los derechos humanos".

Aunque ahora se encuentra lejos de casa, su lucha aún no ha terminado. Desde la Universidad Católica de América, Washington, y otras fundaciones, continúa defendiendo los derechos humanos que el régimen comunista sigue sin respetar.

"Para mantener su control autoritario, restringen la libertad y harán todo lo que quieran para perseguir a quienes intenten defenderla". Una evidencia que se refleja en la represión que sufren, desde hace 2 años, 709 abogados y activistas del país.

A pesar de no haber cambiado la realidad de China por completo, sabe que su activismo tendrá una fuerte repercusión. Que, con los años, sus pasos calarán en la historia del país. Y que con su tenazidad y la de otros activistas, siempre podrán hacer un poco mejor el país en el que no existe la justicia: "siempre he pensado que el bien siempre triunfa contra el mal".

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