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“Turismofobia” es el nuevo “feminazi”

Así es como medios y políticos criminalizan a las víctimas del problema turístico en Barcelona

Son las 4:35 de la mañana cuando me despiertan unas voces. Hablan en francés y, aunque no parecen estar degollando a un tercero, su tono es suficientemente alto como para interrumpir mi sueño. También el de la persona que duerme a mi lado. “No salgas”. No salgo. Cierro la ventana que da a la calle y, en mi insomnio, pese a que me levanto dentro de tres horas, abro Twitter. “Suben las temperaturas en toda la península”, dice una publicación promocionada”. Oigo ruedas de maleta arrastrarse por las baldosas de mi calle. 4:38. Tengo la nuca empapada en sudor.

No concilio el suelo. Hago scroll en Twitter. Doy con “Tourists go home: ¿defensa vecinal o turismofobia?”. Abro el artículo de Victòria Oliveres. Habla de la protesta de Arran contra un bus turístico en Barcelona, en la que los activistas pincharon las ruedas del vehículo y pintaron la luna de éste con spray. “El turismo mata a los barrios”, escribieron, en catalán, sobre el parabrisas del bus.

Cuatro días más tarde, pinchaban otras ruedas: esta vez, las de unas bicicletas de alquiler.

"Ya estamos hartas, de la ocupación por parte de empresas turísticas, del espacio público del barrio”, escribían Arran, en el tweet con el que comunicaban su acción. “¡Actuemos! ¡Únete al combate!". No me veo con fuerzas: son las 4:44 y alguien habla; esta vez en inglés, esta vez más bajo. Pero lo oigo. Y leo, todavía sin sueño: Victòria le pregunta a un activista por el término turismofobia. Éste le responde que “se lo han inventado desde la industria turística para autovictimizarse”. 4:50. “Es una problemática que se inventan para no plantar cara a la precarización laboral y la destrucción del territorio”, le contestan desde Arran.

¿Existe la “turismofobia”? ¿Tengo “turismofobia”? Tengo sueño. 4:56. Me duermo.

Cuando escribo la frase “los activistas pincharon las ruedas de un vehículo”, en el programa de Antena 3 Espejo Público están debatiendo, justamente, sobre esta protesta. El hashtag que aparece en pantalla es #TurismoBorrokaEPV, y los borrokas son, claro, los activistas. Son ETA, como ETA era Zapatero. O Podemos. O el proceso de independencia catalán. La lista es larga, y sigue.

Utilizan, reiteradamente, el término “turismofobia”, un neologismo que, aunque lleva meses escuchándose, de esta semana en adelante suena con fuerza tanto en los medios generalistas, como en boca de políticos de la talla y el porte de Alberto Fernández Díaz. Como recuerda Victòria en su texto, el popular declaró que Barcelona “es víctima de la turismofobia”.

El turismo no da miedo. Que te echen de tu ciudad a patadas sí lo da

Negar que en Barcelona hay un conflicto entre vecinos y turismo –que no turistas– es tan inerte como negar que el Papa micciona en el Vaticano. Lo hay; pero, ¿es “turismofobia” un término adecuado para abordar dicho conflicto? Si lo fuera, ¿lo están utilizando medios y formaciones políticas de forma correcta, o de forma partidista?

“Turismofobia”, etimológicamente, es un despropóstico. La gente no tiene miedo al turismo, ni en Barcelona, ni en ninguna otra parte. La gente tiene medio a que se les acabe el contrato de alquiler y el propietario decida echarlos para utilizar su piso como un Airbnb. La gente tiene miedo de tener que cerrar su local porque en el barrio ya no viven vecinos y, ¿quién diablos hace fotocopias estando de vacaciones? La gente, cuando vuelve del trabajo, tiene miedo a no poder coger el metro en día de huelga; a tener que esperar al siguiente vagón, porque el que acaba de llegar está lleno de personas envueltas en toallas, portando sombrillas y con la piel de la cara quemada.

El turismo no da miedo. Que te echen de tu ciudad a patadas sí lo da.

No sé muy bien por qué, pero sigo viendo el debate de Espejo Público. De repente dejo de escuchar el sonido porque, mentalmente, lo que suena en mi cabeza es La Polla Records; Violencia. “Para que sobrevivan tus privilegios hay que buscar culpables que no puedan defenderse / El asesino se hace la víctima: ¡Necesitamos seguridad!”. La canción, con sus exabruptos, sus “tienes la cabeza llena de mierda” y sus “yo creo que eres un gilipollas”, sirve muy bien como metáfora sobre cómo Espejo Público, en concreto, y los medios de comunicación, en general, están utilizando el término “turismofobia” para criminalizar a la “víctima” y exculpar al “asesino”: los vecinos de Barcelona, desplazados y asediados por el turismo masivo, son los que padecen la patología social de odiar a los viajeros que, simplemente, están de visita en la ciudad.

Sí: viendo Espejo Público, Barcelona se parece bastante a La Matanza de Texas. Una peli de terror donde los lugareños, paletos desdentados, asaltan furgonetas de excursionistas rubios y esbeltos.

Porque aquí la palabra clave es “furgoneta”. Bus turístico. Pincharle las ruedas y pintarlo con spray, con pasajeros dentro, ¿es una protesta legítima y justa? Bueno: es un piquete. ¿Es legítimo y justo hacer un piquete fuera del contexto de una huelga? En un contexto normal, no. ¿No es la gentrificación un contexto normal, más en una ciudad como Barcelona? Lo es, pero el problema de Barcelona no es, en este caso, la gentrificación. “(...) en la gentrificación hay un desplazamiento de clases sociales: vecinos con más posibilidades ocupan el lugar de los precedentes”, escribía Javi Sánchez en esta pieza para GQ. “Con la turistificación vamos a un nuevo escenario: ciudades en las que no puede vivir nadie, sólo pernoctar de paso”.

Viendo Espejo Público, Barcelona se parece bastante a 'La Matanza de Texas': una peli de terror donde los lugareños, paletos desdentados, asaltan furgonetas de excursionistas rubios y esbeltos

Con el nuevo escenario del que habla Sánchez, han surgido también nuevas formas de activismo; nuevas herramientas con las que enfrentarse a él. Las acciones “turistofóbicas” de Arran no son las únicas que han plantado cara, de forma poco ortodoxa, a la turistificación de Barcelona: el 27 de mayo, durante una protesta organizada por los vecinos del barrio de Sants contra el turismo masivo, los participantes destripaban bolsas de basura a las puertas de los hoteles que encontraban a su paso; lanzaban, a su vez, huevos contra las fachadas de dichos apartamentos turísticos.

¿Es normal que una manifestación discurra así? No. ¿Tenía lugar la manifestación en una ciudad normal, o en una dónde “no puede vivir nadie, sólo pernoctar de paso”? Por los cánticos (“un turista más, una vecina menos”), parecía que el segundo era el análisis compartido por los manifestantes de la marcha y, por ende, veían legítimo adscribirse a nuevas formas de protesta.

Ante nuevas formas de activismo –o a la popularización de éstas–, nuevas formas de descrédito: tú no eres feminista, eres “feminazi”; tú no sufres turistificación, tú padeces “turismofobia”. De nuevo, la intención del que enuncia el neologismo es problematizar y agredir a las víctimas del conflicto, ya tenga éste orígenes de género o de clase. No hay que perder el foco: la problemática que da origen a la palabra “turismofobia” incluye, por un lado, a vecinos siendo expulsados de sus barrios; por el otro, la inutilización de mobiliario privado; contra objetos. “No entiendo por qué siempre estás defendiendo a los contenedores”, decía la actriz Betsy Túrnez al policía antidistrubios del que es esposa en El Rey Tuerto. “Si al final no dejan de ser cajas grandes llenas de mierda”.

La comparación con “feminazi” no es casual: tanto en el de este caso como en el de “turismofobia”, la intención de quién emplea la palabra es otorgarle connotaciones aberrantes; en el primer caso, asociar la defensa de los derechos de la mujer al Tercer Reich; en el segundo, como en el primero, convertir al débil en privilegiado y al privilegiado en débil. Popularmente, no hay “-fobia” que vaya abajo a arriba: el hetero, en su privilegio, utiliza su homofobia contra el gay; el autóctono, su xenofobia contra el inmigrante. Los antónimos –la heterofobia, la caucasicofobia– suenan tan alucinados como “feminazi” o como nos debería sonar “turismofobia”.

“Turismofobia”. Jesús.

El debate de Espejo Público termina y, como pasa siempre que termina un debate de Espejo Público, gana la banca. Repaso el artículo. Me doy cuenta que todos los “turismofobia” están sin comillas. Se las pongo. No es un término mío; no quiero firmar que lo acoja. No merece la pena siquiera intentar resignificarlo: así de malicioso, interesado y agresivo es, de raíz, contra aquellos que están viendo como su ciudad se transforma en un llavero gigante; un souvenir. El conflicto sigue, y quizás merezca la pena empezar a inventar nuevos términos que realmente ayuden a describirlo. Turisticidio. Turistocracia. Turistadura.

Inventarlos. No ponerles comillas. 14:45.

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