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Trump el nazi y los buenos cosmopolitas

#HechosAlternativos: la actualidad comentada en un puñado de links que quizá te perdiste

El término “fascista” se ha usado erróneamente durante décadas para calificar a quienes no son fascistas. La victoria de Trump ha resucitado un debate sobre qué es realmente un fascista en la actualidad. ¿Es Trump un fascista? En 1995, Umberto Eco, en un artículo en The New York Review of Books que ha circulado en las redes sociales en las últimas semanas (está traducido al español y se incluye en su libro Cinco escritos morales), elaboró una lista de catorce características del fascismo, o de lo que él denomina Ur-Fascismo o Fascismo Eterno (esto es, el fascismo después del fascismo per se ). Entre ellas están el culto por la tradición, el desprecio por la modernidad, el irracionalismo, el miedo a la diferencia, el racismo, el machismo, un populismo selectivo, la apelación a una clase media frustrada o el antielitismo. Aunque es complicado denominar a Trump fascista (es más acertado llamarlo populista de derechas, según expertos), como escriben en Vox, muchas de esas características las reúne Steve Bannon, el jefe de estrategia de Trump, tal y como se observa en una conferencia filtrada por BuzzFeed News. Bannon admira a Julius Evola, un intelectual reaccionario que influyó a los fascistas italianos y que cita Eco en su famoso artículo. En este artículo del New York Times el periodista Jason Horowitz traza un perfil de Evola. Un spoiler: su mundo ideal está basado en la “jerarquía, las castas, la monarquía, la raza, el mito, la religión y el ritual.”

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El periodista conservador David Frum escribe un largo artículo en el número de marzo de The Atlantic en el que dibuja una distopía muy plausible en la que Trump no convierte EEUU en un Estado fascista, pero sí en una democracia iliberal y autocrática al estilo de Hungría. Y escribe con amargura: “Estados Unidos puede ser una nación de leyes, pero el funcionamiento correcto de la ley depende de la competencia y la integridad de aquellos encargados de ejecutarla. Un presidente decidido a saltarse la ley para protegerse a sí mismo y a los de su círculo tiene todos los medios para conseguirlo.”

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El debate sobre la corrección política es inseparable de los populismos. La campaña de Trump explotaba un supuesto cansancio del lenguaje políticamente correcto. En su artículo semanal en Revista de Libros, Manuel Arias Maldonado realiza una ponderada reflexión sobre este tema, en el que no cae en fundamentalismos de un lado u otro: la corrección política es simplemente tratarnos con respeto, “es un ideal regulativo que conoce, como todos, excesos y degeneraciones.” Autor de La democracia sentimental (Página Indómita), Arias Maldonado explica que “la corrección política derivaría de la psicologización de los conflictos en las sociedades posindustriales, donde la redistribución habría sido reemplazada por el reconocimiento.”

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Sobre ese reconocimiento identitario y el debate del multiculturalismo escribe Daniel Innerarity en El País, hilando con Arias Maldonado: “la justicia requiere hoy ser pensada a la vez como redistribución y como reconocimiento.” Innerarity piensa que no puede obviarse la clase, pero tampoco las políticas identitarias. Y cree que “existe un tipo de persona progresista que se siente cosmopolita y moralmente superior porque se eleva por encima de sus intereses cuando en realidad sus intereses no están en juego y los que son sacrificados son los intereses de otros, más vulnerables, más en contacto con las zonas de conflicto.”

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Es una tesis común (y polémica) tras las victorias del Brexit, de la ultraderecha nacionalista en Europa y de Trump: el cosmopolitismo puede alienar a los votantes más desfavorecidos y que más se ven afectados por la inmigración. Esta semana, Dani Rodrik escribe en Project Syndicate a raíz de una polémica frase de Theresa May (“Si crees que eres un ciudadano del mundo no eres ciudadano de ningún sitio”), y argumenta que “los ciudadanos globales tienen que tener cuidado con que sus objetivos elevados no se conviertan en una excusa para eludir responsabilidades hacia sus compatriotas.” Es la supuesta arrogancia del cosmopolita, como escribía el psicólogo social Jonathan Haidt en The National Interest: el progreso de las minorías puede despertar tendencias autoritarias en la población que pierde su hegemonía (los hombres blancos, por ejemplo). Aunque, si lo que te molesta es que pueda haber un presidente negro o una presidenta, el problema lo tienes tú . Este artículo de Vox debería leerlo todo aquel que descarta el componente racial en el voto a la ultraderecha. Es el racismo, estúpido .

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