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Las tonterías peligrosas de la izquierda feng-shui

Se publica 'La izquerda feng-shui', de Mauricio-José Schwarz, en el que se denuncia el remanante reaccionario que hay tras el posmodernismo, el naturismo o el animalismo

Que en política se defiendan tonterías peligrosas no es una novedad.

Lo sorprendente, quizá, es descubrir que el irracionalismo no es solo patrimonio de una derecha conservadora de resurrecciones, procesiones y santos, y darnos cuenta de hasta qué punto la ideología anticiencia y tradicionalista está enraizada en el imaginario del pensamiento progresista.

La satanización de ciertas sustancias químicas en el procesamiento de alimentos.

La creencia en energías vitales invisibles.

La estigmatización sin matices de la industria farmacéutica.

La oposición acrítica a los transgénicos.

Todo ello son algunas de las principales expresiones de este sistema de pensamiento que Mauricio-José Schwarz, en su nuevo libro, llama “ la izquierda feng-shui”, que sistematiza como un paganismo posmoderno que estaría detrás de cierto activismo de oenegé, subversivos antisistema construidos a base de veganismo, miedo al wifi y toneladas de jerga posestructuralista.  

Se refiere principalmente a todos aquellos discursos naturistas, multiculturalistas, ecologistas o animalistas que, parapetados tras un imaginario new age o neorreligioso, representan un alternativismo científico que se opone a la modernidad tecnológica y a sus representantes —los científicos, los empresarios, los médicos— con un espíritu antiintelectualista que asusta.

Pensemos en lo terrible del auge de la homeopatía o del movimiento antivacunas, que no solo han encontrado importantes altavoces entre la nueva política, sino que sus ideas han sido blanqueadas y legitimadas por aquello de que-todas-las-opiniones-son-respetables y por un relativismo cultural cada vez más aceptado. 

Por ello, ha de reconocerse como un acierto la denuncia que hace Schwarz de la carga fuertemente reaccionaria que radica en este rechazo sin matices de la racionalidad científica. No se trata solamente de un inofensivo misticismo naif, pues el recubrimiento de esta ideología anticiencia bajo un manto de radicalismo político de izquierdas puede conllevar peligrosas consecuencias.

Sin embargo, resulta llamativo el tono de ridiculización que se utiliza a lo largo del libro, así como la cantidad de generalizaciones, falsas oposiciones y lecturas malintencionadamente superficiales que se encadenan en sus análisis.

Ya antes de empezar, nos encontramos con una Nota del editor que, con pretendida socarronería, señala que el libro no ha sido financiado por Monsanto, la industria farmacéutica, la CIA, las compañías de telefonía móvil, Coca-cola, los illuminati, El Club Bilderberg, el cártel ganadero, McDonald’s o “cualquier otra organización, empresa o grupo de presión”.

Este chiste inicial sirve para tomar la temperatura del menosprecio que Schwarz va desplegando a lo largo del texto. Un menosprecio que además conlleva sesgo teórico nada desdeñable.

Por un lado, de la caricaturización de todo intento de enjuiciamiento político del pensamiento científico se deriva la idea que este se produce al margen de las relaciones de poder. Schwarz parece no querer entender que toda crítica a las estructuras de dominación comprometidas en la utilización de medios tecnológicos no incurre necesariamente en la conspiranoia barata.

Parece no ver que se pueden señalar los abusos de poder por parte de grandes multinacionales sin necesidad de pasear por el bosque desnudo, danzando en honor al Dios Sol y gritando proclamas contra la amenaza reptiliana.

Además, por otro lado, molesta el profundo desprecio que muestra hacia la dimensión espiritual del hombre y, en general, por la cultura humanística. Encerrado en una estrecha visión ilustrada de la función del conocimiento, éste queda reducido a un espantajo funcionalista: nada merece el honorable nombre de "saber" si no viene avalado por un un ensayo replicable y una evaluación con doble ciego.

Su cruzada contra la superstición se desborda hasta el punto que arremete contra toda creencia, hábito o tradición cultural que no se ampare en el método científico. No es solo que los saberes no contrastables deban desecharse de nuestro cuerpo de conocimiento, sino que pasan a ser automáticamente algo irrisorio y grotesco.

Es cierto: el libro sobresale en algunos momentos, como cuando se limita a señalar la problemática relación entre ciertas creencias y la defensa entusiasta de algunas prácticas o instituciones. Destaca, por ejemplo, la conexión que Schwarz descubre entre la antroposofía y Triodos Bank, uno de los referentes mundiales de la llamada "banca ética".

Sin embargo, resulta incomprensible que lleve su cruzada más allá y se pase páginas y páginas riéndose no solo de la antroposofía, sino también de las teorías posmodernas de Latour, del budismo, del psicoanálisis junguiano, de la teosofía y de tantas otras expresiones de la necesidad humana de lo sagrado.

Porque, y esto es algo que Schwarz parece no tener nada claro, la religión es parte integrante del mundo humano, una expresión cultural que no puede expulsarse de ninguna antropología cabal. De hecho, esta lucha ilustrada contra la superstición de la que cree ser paladín, junto a los miembros de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, conlleva un desplazamiento del escepticismo a ámbitos donde no tiene sentido profesarlo.

Reírse de las creencias espirituales por ser acientíficas es como enfadarse porque las pistolas de plástico no disparan balas de verdad. Que no lo hagan no es una deficiencia en su naturaleza: simplemente no es esa su razón de ser.

¿Existe una izquierda irracionalista y magufa, un progresismo que abraza cualquier tipo de charlatanería que confirme sus propios prejuicios?

Por supuesto.

Pero ello no es óbice para perpetrar una enmienda a la totalidad. Ni tampoco para convertir la razón y la ciencia en sendos mitos que funcionan con la misma lógica que los sistemas religiosos que tanto critican: simplificando la realidad de modo que podamos tener una posición clara en el debate entre los Buenos y los Malos. 

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