Books

«Todo estará mejor en primavera», escribió ella poco antes de suicidarse

Publicamos 'La hora azul', el prólogo de Paul Alexander a su libro 'Magia cruda' (Barlin Libros), una biografía ínédita en español hasta el momento de la poeta Sylvia Plath

"LA HORA AZUL"

El paisaje que rodea la casa de campo en Devon permanece en silencio, como muerto. Algo típico de primera hora de la mañana. A uno de los lados de la casa, un patio oscuro da paso a un trozo de tierra desnuda donde en verano crecen flores y hortalizas de jardín. Más allá, se erigen hacia el cielo las formas de unos árboles todavía desnudos y sombríos que rompen la línea del horizonte. La luz tenue, a parte de la que proporcionan las estrellas dispersas, proviene de una luna baja que ilumina a un grupo de cerezos que crecen en una loma junto a la casa. En la oscuridad los límites se desvanecen y la escena aparece borrosa y desenfocada. La quietud de la mañana se extiende también por el interior de la vivienda. En uno de los cuartos del piso de arriba dos niños pequeños, una niña que todavía no llega a los tres años y un bebé de apenas diez meses, duermen tranquilamente en sus camas. En el piso de abajo, en una habitación reconvertida en un improvisado estudio, la única otra persona que hay en la casa, una mujer joven, se inclina sobre su escritorio. Su cuerpo es delgado y su piel pálida y blanquecina. Lleva meses perdiendo peso de manera constante.

Su pelo, largo y castaño, le cuelga por los hombros con desaliño. Se sienta absorbida en su tarea en el borde de la silla, mientras examina una serie de documentos diseminados por la mesa. De vez en cuando se queda absorta mirando por la ventana. No quiere perderse el paisaje iluminado por las luces justo antes del amanecer: la luna nítida, los árboles desnudos y las figuras difusas de las lápidas que se alzan en el cementerio que hay justo entre la casa y una pequeña iglesia de piedra del siglo XII. No suele hacer este esfuerzo a menudo. Sin embargo, puesto que ha de continuar con su trabajo, ha decidido levantarse a las cuatro de la mañana. No es algo nuevo. Lleva haciéndolo varias semanas porque en el momento en que los niños se despiertan, sobre las ocho, tiene que parar de escribir y dedicarles atención plena; tanto a ellos, como a las decenas de tareas propias del cuidado de la casa. Además, ahora que su marido y ella se han separado, siente una responsabilidad mayor hacia ellos. El pequeño, todavía un bebé, permanece ajeno a los traumáticos hechos de la ruptura. Sin embargo, la niña, más mayor, parece hallarse en un estado de grave abatimiento. Mientras tanto, la mujer, que algún día será reconocida por grandes audiencias aunque de momento no es considerada más que una joven promesa de la poesía, se enfrenta a un miedo crónico al abandono engendrado a muy temprana edad, con tan solo ocho años, por la prematura muerte de su padre. Lo afronta lo mejor que puede a través de la escritura.

Hoy, martes 16 de octubre de 1962, Sylvia Plath trabaja en un poema que, cuando lo termine, titulará Medusa. Lo escribe del mismo modo en que ha escrito sus composiciones más recientes; con aguda y esmerada atención, apremio, extenuación, volcándose en cada línea, cada palabra... Este poema en concreto progresa con una lentitud poco habitual, pues ha estado resfriada casi toda la semana de sinusitis y una fiebre baja aunque constante combinada con escalofríos. Casi cualquier persona en su estado habría dejado de lado el trabajo de manera temporal para dormir más horas, pero no es su caso. Ahora está sola frente a las obligaciones de mantener una casa de campo, supervisar al servicio que tiene contratado a media jornada y cuidar de los niños. Ante esta situación, las únicas horas de paz con las que cuenta son entre las cuatro y ocho de la mañana. Así, a pesar de estar enferma, no le queda otro remedio más que despertarse temprano para escribir. A lo largo de las semanas que ha seguido este horario ha logrado resultados asombrosos. Casi un poema al día, algunos de ellos los mejores que escribirá jamás.

El método de escritura que sigue es sencillo. Cada mañana se sienta en su estudio frente al escritorio y, apoyándose sobre un primer borrador de La campana de cristal, novela que pronto verá la luz en Inglaterra bajo pseudónimo, esboza a mano y luego pasa a limpio con su máquina de escribir cada una de las partes del poema. Llegado cierto punto lo considera acabado. En las cuatro horas que saca cada mañana para escribir reelabora sus poemas una y otra vez. En ocasiones hasta diez veces. Pero una vez uno está acabado así se queda; raras veces vuelve un segundo día sobre una composición ya terminada. Trabajando de esta manera, Plath ha escrito a lo largo de los últimos diecisiete días, entre otros, Daddy, A birthday present, The applicant, y una serie de cinco poemas sobre apicultura que agrupará bajo el título de Bees.

Mientras redacta Medusa, reflexiona sobre sus trabajos más recientes. Está convencida de que acaba de hacer un adelanto importantísimo en su modo de escribir; de haber alcanzado un nuevo nivel: «Soy una escritora de gran talento; me acompaña una gran lucidez —le escribirá ese mismo día a su madre en una carta—. Ahora mismo estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida. Gracias a ellos me haré célebre».A pesar del tono aparente de seguridad, no imagina hasta qué punto sus palabras se harán realidad. Simplemente es incapaz de siquiera sospechar que llegarán días en que, bajo la alargada sombra de su trágica muerte, su colección póstuma de poesía será leída por grandes audiencias entregadas a ella en su rol de mártir del feminismo . O que cuando La campana de cristal se publique en Estados Unidos con su nombre real, será la sensación editorial de 1971 y que ocupará la primera posición de la lista de best-sellers del The New York Times durante nada menos que seis meses. O que la publicación de la compilación de sus poemas y escritos se anunciará como un acontecimiento literario de primera magnitud. En octubre de 1962, a pesar de tener la feliz sensación de que sus últimos poemas son excepcionales, solo sabe que en esos momentos se siente impelida a escribirlos. Sin importar lo que suceda, se levanta cada mañana bien temprano para hacer frente a esa hora azul, casi eterna, expresión que utilizará para describir la singular combinación de oscuridad y silencio que la absorbe cuando el amanecer despunta en Devon.

Cuando acaba de escribir Medusa, se da cuenta de lo poco que se parece en su enfoque a los otros poemas escritos a lo largo de ese mes. A diferencia de Bees, en donde la parte autobiográfica parece un calculado melodrama, o en Daddy y The applicant, donde esa misma parte personal guarda unos tintes oscuros que casi parecen impostados, Medusa es potente en su construcción realmente ingeniosa. Un narrador ficticio padece las llamas de una angustia imaginaria y nos habla en un lenguaje emocional y directo. El repulsivo monstruo Medusa, temida Górgona cuya simple mirada es capaz de convertir a cualquier mortal en piedra, ataca al protagonista del poema —el yo—. El narrador, asediado, se siente horrorizado y todo lo quees capaz de hacer es recular ante el avance de la terrible criatura. Irónicamente, justo lo contario a lo que sucede en el mito griego original, donde Perseo la mata cortándole la cabeza con una espada. Para Plath dichos actos de valor resultan imposibles. En su reconstrucción del mito, el protagonista acaba desempeñando el papel de víctima.

Plath nunca escribió textos autobiográficos en un sentido estricto. Aún así, en la tensa vozdel narrador de Medusa, sentimos cómo reverbera el intenso dolor que sentía mientras lo escribía. Enferma físicamente y oprimida en lo emocional, es la metáfora de haber alcanzado el límite. Es probable que la crisis vital que padecía entonces comenzase un par de años antes, en abril de 1960, cuando dio a luz a su hija . Bajo la atenta supervisión de una matrona, parió en casa sin anestesia ni analgésicos. En los meses que siguieron al parto, se volcó de lleno en el frenesí preparatorio de la publicación en Inglaterra de su primer poemario, El coloso. Sin embargo, todosu entusiasmo se apagó de golpe cuando en octubre de 1960, mes de lanzamiento de la obra, la crítica británica ignoró por completo su trabajo. A pesar de que sí que se escribieron un par de reseñas, el tono fue decididamente frío: «Debe criticarse el más que desconcertante sesgo en gran parte del trabajo de la Sra. Plathcomentó Thomas Blackburn en diciembre en el The New Statesman, dando voz al escepticismo de gran parte de la crítica hacia la obra—. Su imaginación tiende a desbordarse, convirtiendo cada poema más que en una experiencia individual, en una serie de intrigantes “gemas literarias”». Sylvia había dedicado gran parte de su vida adulta a la redacción de esa obra. Que al publicarla pasase inadvertida fue un durísimo golpe para ella: «Puesto que no he recibido premio alguno y no tengo un editor en Estados Unidos capacitado para promocionar allí la obra, lo más probable es que no me reporte ningún beneficio» —escribió en una carta a finales de 1960, en la que a posteriori añadía con una franqueza imperturbable que no lograba ocultar su decepción—: bueno, no deja de ser un buen libro para regalo».

Y si 1960 fue duro para Sylvia, los siguientes dieciocho meses fueron todavía peores. Tras sufrir un aborto y ser operada de apendicitis —en febrero y marzo de 1961 respectivamente—, dedicó gran parte de lo que quedaba de año a terminar de escribir La campana de cristal. Además, en otoño se mudó con su marido y su hija de Londres a una espaciosa, señorial y decadente casa rural a un par de horas al sur de la ciudad, en North Tawton, condado de Devon. Allí, tan solo unos días después de comenzado el nuevo año, dio a luz a su segundo hijo, esta vez un niño. En tan solo treinta meses Plath había tenido tres embarazos, aunque solo dos de ellos habían llegado a buen puerto. Pero el golpe más duro que recibiría llegó en julio de 1962, la tarde en que accidentalmente se enteró de que su marido de seis años; el hombre al que había emplazado como el centro de su particular universo, la estaba engañando con otra. Traicionada e insultada lo echó de casa entre arrebatos de ira. Y así permaneció la situación todo el mes de agosto. A principios de septiembre la pareja se fue de vacaciones sin los niños a Irlanda, aunque este intento a la desesperada por reparar el matrimonio no funcionó. Transcurridos cuatro días de vacaciones, y según las palabras de Plath, su marido la abandonó para regresar a Londres junto a su amante. En octubre el matrimonio casi había terminado. Él recogía sus pertenencias y ella ya había comenzado a buscar apartamento en Londres para mudarse junto a sus hijos. Acordaron iniciar los trámites de divorcio.

Así, aquella mañana de octubre de 1962, mientras da los últimos retoques a Medusa, Plath se siente plenamente identificada en el rol de víctima. En su mente, esté o no justificado, siente que encarna en toda su compleja profundidad el significado absoluto de esa palabra. 

Más tarde ese mismo día, con el poema ya acabado y los niños despiertos, Sylvia llevará a cabo sus tareas cotidianas con total normalidad. Alimentará y cuidará de los niños y realizará algunas labores menores en el patio del jardín. Pero en algún momento a primera hora de la tarde comenzará a sentirse angustiada. Para tratar de calmarse escribirá una carta a su madre, quien todavía vive en Wellesley (Massachusetts); pintoresco suburbio de Boston donde Plath pasó gran parte de su infancia. Pero a pesar de que las casi mil cartas que había escrito a su madre a lo largo de la década desprendían cierta alegría y optimismo, esa tarde será incapaz de siquiera fingir un atisbo de emoción cercana. Simplemente se siente incapacitada para refrenar un segundo más su desesperación, la cual guarda normalmente para la intimidad de su diario: «No puedo ir a ningún sitio con los niños —su madre le había sugerido hacía poco que viajase a Wellesley con ellos—, y estoy enferma. Siento que lo peor que puedo hacer ahora psicológicamente es ir a verte» —escribe en un principio, aunque luego se mostrará más autoindulgente. Ansía la compañía de su familia; anhela que haya alguien a su lado para ampararla mientras dure el asalto diario de un irrefrenable sentimiento de rencor. Que la cuiden si el calvario del divorcio la derrumba. Sueña con la seguridad del hogar, dice, pero no se imagina abandonando la protección de su refugio inglés. De este modo, propone que Dorothy, una de sus tías; Margaret, su nueva cuñada a la que ni siquiera conoce; o quien sea que esté disponible, viaje a Inglaterra con ella unas seis semanas. En su desesperación se ofrece a pagar el billete y los gastos del viaje a quien la acompañe. El dinero en realidad no lo tiene, pero lo conseguirá como sea. Esta súplica de ayuda, algo totalmente impropio de su carácter, pondrá en alerta a su madre sobre el agudo nivel de estrés mental que padece. Sin embargo ella ignora por completo, o tal vez solo desea permanecer ajena, a la fuerte inquietud que su carta va a despertar. En cuanto termina de escribirla la manda.

Esa misma noche la invade un profundo sentimiento de soledad. Para tratar de contrarrestarlo escribe una segunda carta a su madre. En ella Sylvia ruega que Margaret viaje junto a ella de inmediato: «¿Es de lunática pedir que venga aquí la mujer de Warren?»Le preocupa expresarse como una demente, aunque en esos momentos lo hace. Se siente enferma y agotada, admite, y a veces incluso delirante. «Todo estará mejor en primavera, cuando el tiempo sea agradable, los niños y yo nos encontremos mejor y los amigos y familiares vengan de visita —especula—. Si tuviese a alguien que me ayudase con mi actual problema. Si Margaret estuviese aquí tan solo seis semanas…» Termina esa segunda carta mandando su amor a todos ellos, su familia.

Una vez terminada la segunda carta y lista para enviar, Plath se va a dormir. Horas después, a las cuatro de la mañana y a pesar de estar enferma, se levanta y escribe un nuevo poema: The jailer. Un monólogo de una enorme tensión psicológica narrado por un prisionero acerca de su carcelero. Unos versos que estremecen por su honestidad y su implacable desesperanza.

Cuatro meses después de este episodio, el 11 de febrero de 1963, Sylvia Plath, asolada por la fiebre, la sinusitis y una profunda depresión provocada en parte por los acontecimientos del verano y el otoño del 62, llevó a cabo con éxito el acto que ya había intentado con anterioridad al menos una vez: se suicidó. En los años posteriores a su muerte, los poemas que había escrito aquellas tranquilas mañanas de octubre al albor de la hora azul la catapultarían a la fama, proporcionándole el reconocimiento, prestigio y honor que con tanto ahínco había buscado en vida.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar