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Querido diario: no quiero morir como Sylvia Plath

Una lectura muy íntima de los 'Diarios completos' (Ed. Alba) de la mítica poeta

Querido diario,

hoy le he dicho a mi marido que me quería morir. Le he mandado un mensaje a las dos de la madrugada diciéndole que ojalá me muriera yo, y que ojalá se muriera él y que ojalá se muriera nuestro hijo de siete meses porque ya no podía más con todo esto.

Querido diario,

afortunadamente lo decía de mentira. No me quiero morir. Bueno, sí que me quiero morir algún día no muy cercano pero tampoco muy lejano aunque sí distinto a este.

Lo decía de mentira porque estaba enfadada.

Me enfadaba estar ahí sola, a las dos de la madrugada trabajando frente al ordenador mientras mi hijo y él dormían plácidamente, algo que yo no he conseguido hacer en los últimos ocho o nueve meses de mi vida.

Querido diario,

horas después de ese mensaje desperté con ojeras y me fui a la oficina. Esa mañana, sobre mi mesa, recibí un paquete pesado que para mi sorpresa contenía el ejemplar de los Diarios completos de Sylvia Plath que acaba de publicar la editorial Alba en España.

Digo para mi sorpresa porque no deja de ser irónico que alguien que hace pocas horas estaba invocando a la muerte reciba en su escritorio una buena ración de ella.

En la portada, la flor casi marchita que la poeta estadounidense había dibujado en alguno de sus cuadernos me estaba mirando desafiante.   

De color rojo intenso, además, las letras de su nombre me retaban sangrando, infinitas, tipografía elegante y sonora S Y L V I A P L A T H H H H H H H H…

Quizá era un pellizquito en la mejilla del destino. Un pellizquito de los que dejan marca, de los que te hacen darte cuenta de lo tonto que has sido, de la estupidez que has hecho, o de que querer morirse es algo muy pretencioso.  

Querido diario,

o quizá querida Sylvia Plath,

es de noche otra vez en mi casa cuando abro tu libro. Me hace gracia decir “tu libro” porque de tuyo no tiene nada y a la vez lo tiene todo.

Me explico: cómo va a ser tuyo este libro si no sabes que se ha editado. Si no sabes todo lo que ha tenido que pasar —las peleas, los herederos, la destrucción malintencionada o no por parte de tu querido Ted de algunas de sus páginas— para que estas 800 páginas de tu vida acaben ahora en mis manos.

Diremos que es tu libro porque en él están todos tus miedos. Pero también diremos que no lo es porque tú en realidad lo escribiste en decenas de libretas, lugares y momentos íntimos.

Me explico: tu libro es un crimen.

Querido diario,

querida Sylvia,

cuando desnudé tu diario hice lo que hago siempre que compro la intimidad de un escritor: buscar una fecha parecida a la que yo estoy viviendo, por ejemplo, un día de finales de noviembre.

No sé por qué hago algo así. Quizá espero encontrar casualidades entre los noviembres de los muertos y los noviembres de los vivos.

De hecho, recuerdo un verano adolescente en el que un amante me dejó y al abrir los diarios de Anaïs Nin en un día exacto de julio, me encontré con que ella también narraba que estaba sufriendo desamor.

En tu caso, no me hizo falta buscar el mismo día de noviembre para encontrarme sentimientos parecidos. Tus páginas eran siempre dolorosas mes a mes. Año a año. Primavera a primavera. Siempre quejas. Siempre lágrimas. Siempre arrepentimiento.

¿Por qué eras así? ¿Qué problema tenías con el mundo, Sylvia?

Querida Sylvia,

en mayo de 1952 dijiste: «A veces es un arrebato de miedo, odio y rechazo, destructivo, demoledor».

En noviembre del mismo año dijiste: «Me ahogo en el pesimismo, me desprecio a mí misma […] Quiero matarme, huir de la responsabilidad, volver al útero materno.»

En marzo del 56 dijiste: «Estoy tan cerca de las tinieblas…»

En febrero del 58 dijiste: «Hoy, en medio de un estupor crepuscular, agudizado por el café y el té hirviente, se me ha ido todo el día en las tareas domésticas.»

En enero del 62, tras el parto de tu hijo Nicholas, dijiste: « La fuerza oscura crecía imperceptiblemente y yo estaba muerta de miedo… No podía hacer nada para evitarlo, se había apoderado de mí.»

Querido diario,

la primera noche con el diario de Sylvia Plath en mis manos ha sido rara. Al entrar en su intimidad me he sentido como una intrusa. Estoy decepcionada. Pensaba que iba a encontrar otra cosa, pero he visto lo que sospechaba: una sinceridad abrumadora.

Me arrepiento de tener este libro en casa, y al mismo tiempo quiero leer más. Me gustaría que nadie lo hubiera publicado, y al mismo tiempo deseo que todo el mundo lo lea para entender un poco más qué significó el paso de Plath por este mundo.

¿Y qué significo el paso de Plath por este mundo?

Muchas cosas: libertad —la de ser la chica que quiso ser—, cobardía —la de no atreverse a decir lo que pensaba, algo de lo que se arrepiente continuamente en su diario—, feminismo —pero no esa mirada feminista desde la que asumimos ahora su figura, sino más bien un feminismo naíf—, e histeria — porque aunque duela reconocerlo, Sylvia Plath era una histérica, nada le gustaba, nada le hacía feliz, siempre lo ponía todo en duda y en su opinión el mundo estaba continuamente contra ella—.

Sin embargo, creo que el paso más importante de Plath en este mundo fue el que dejaría en cada uno de nosotros.

Suena cursi, pero es así.

Por ejemplo, 24 horas atrás yo odiaba estar viva, pero después de cotillear las páginas de Sylvia Plath sólo quiero hablar.

Querida Sylvia,

si quisiera reseñar o comentar tu libro yo también tendría que escribir desnudándome. Si quisiera opinar sobre tu vida yo también tendría que contarte la mía. Si quisiera entenderte, yo también tendría que hacer todo lo posible para que tú me entendieras.

Después de muchos años leyendo tus poemas, o leyendo los que escribió Ted, o comprando biografías y cuadernos en los que críticos de todo el mundo dicen cosas encendidas/incendiarias sobre ti, conocer tus verdaderos pensamientos, el verdadero fluir de tu conciencia, resulta desconcertante y maravilloso.

Y, ¿sabes?, ya no quiero morirme. Por tu culpa no quiero. Lo que quiero es sonreír, y esas cosas.

Querido diario,

hoy he leído un libro sin pies ni cabeza.

Querida Sylvia,

tu arrogancia tiene sentido.

Querido diario,

¿y si es leer la desgracia del otro lo que nos salva?

“Sylvia Plath en un pasillo del Smith College, 1952-1953. Fotografía del libro Diarios completos editado por Alba Editorial”

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