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Robando libros, así quiso Hitler dominar el mundo

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Se calcula que los nazis robaron más de 200 millones de libros. ¿Por qué?

eudald espluga

02 Junio 2017 17:36

Una pregunta nos asalta con fuerza: ¿por qué Hitler robó 200 millones de libros?

La historia del expolio de arte perpetrado por el Tercer Reich es de sobras conocida. Aunque las cifras no están claras, se calcula que en Bélgica se robaron 200.000 obras; en Holanda, 30.000; en Francia, 100.000. Si a ello le sumamos el asalto de museos en Polonia y en la Unión Soviética, los números se disparan.

Sin embargo, los nazis no se limitaron al hurto de cuadros, esculturas, grabados y orfebrería: también arrasaron con las bibliotecas. Pero, ¿por qué? ¿Qué sentido tiene robar andrajosas terceras ediciones de novelas malas? ¿A qué esa cleptomanía libresca?

Del mayor saqueo de arte de la historia moderna se han hecho películas, documentales y libros. Incluso Los Simpson dedicaron un capítulo a este fascinante hecho histórico: el escuadrón en el que habría combatido Abe Simpson, The Flying Hellfish, se habría encargado de recuperar algunas de las obras de arte robadas.

La obsesión nazi por arrebatar los tesoros culturales de los países conquistados resulta razonable. De entrada, por el valor simbólico del rapto: se trata de piezas únicas que, además, son la expresión del espíritu de los pueblos y el testimonio de su historia. Pero también puede explicarse pensando en una motivación crematística, puesto que se trataba de material de gran valor financiero: estamos hablando de cuadros de Picasso, Rubens, Rembrandt, Velázquez, Goya o Van Dyck.

En este mismo sentido, entenderíamos que se hubieran robado primeras ediciones, incunables y otros libros cuyo valor financiero y simbólico los tornara codiciables. El espolio, sin embargo, fue exhaustivo y se arrasó con todo el material que llegó a sus manos. El objetivo era claro: dejar al enemigo sin libros.

El periodista sueco Anders Rydell acaba de publicar un libro, The Book Thieves. The nazi looting of Europe's libraries and the race to return a literary inheritance, donde trata de indagar acerca de la motivaciones que instigaron el robo.  

Una primera razón consistiría en la neutralización ideológica. Aunque a veces cueste de creer, los libros son armas. Armas del pensamiento, herramientas para el cambio y para la resistencia. De ahí la necesidad castrense de vaciar librerías, bibliotecas y archivos.

De hecho, en Polonia, incluso robaron libros de las escuelas: como destaca Rydell, es más fácil reeducar a una población y someterla al esclavaje si no tienen acceso a otra cultura que aquella que les dicen que son y serán esclavos de una raza superior.

Pero quizá la razón principal radica en el hecho que eliminar libros y archivos es la vía más rápida para conquistar la memoria y el pasado de las víctimas. En la era pre-digital, la supresión de cuerpos enteros de conocimiento tenía consecuencias devastadoras. Como recuerda Rydell, la historia tenía una realidad física: el acceso a los hechos del pasado dependía del acceso a ese material. Su destrucción era irreversible.

Por todo ello, que Hitler quería dominar el mundo robando libros no es una mala metáfora. Lejos del narcisismo que podían entrañar sus fantasías de un súper-museo en Linz en el que atesorar el Gran Arte —y no el moderno arte degenerado—, el espolio sistemático de libros tenía un objetivo político: formaba parte de la voluntad militar de dominación total.

No es ocioso ni banal preguntarse hasta qué punto todavía hoy el control y las restricciones sobre nuestro acceso a la cultura responden asimismo a una lógica disciplinaria.

De acuerdo: ya no parece posible acabar con nuestro inconsciente histórico y reescribir nuestra memoria colectiva en base al robo y la destrucción de archivos. Y, sin embargo, la degradación estratégica del ecosistema cultural, así como la censura y el encarcelamiento de escritores, sigue siendo una forma de desearme ideológico: existen formas más sutiles, pero igualmente perversas, de arrebatarnos los libros.

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