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Risto Mejide y Laura Escanes han inventado el amor

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No se han casado: nos han vendido un relato

eudald espluga

23 Mayo 2017 08:00

Heidegger decía que el sentido de toda creación posible se reduce a repetir la tradición. Pues bien: con su boda, Risto Mejide y Laura Escanes han repetido la tradición, inventando así el amor.

Porque, sí, el amor es una creación. Aunque no nos apresuremos: lejos de ser un constructo burgués o una treta de los publicistas para vender medias, el amor romántico es un producto proteico que se ha ido alimentando y reconfigurando en base a una tradición: la literaria.  


La boda de todas las bodas

Risto y Laura, con su bodísima, han repetido la tradición y lo han hecho de forma excepcional, elevando su unión a un plano sobrehumano, etéreo, mítico. O lo que viene a ser lo mismo: lo han elevado a hashtag. Y lo han hecho #toelrato, hasta el punto que han convertido su enlace en un arquetipo universal que contiene trazos de todos los grandes desposorios: la historia matrimonial de la literatura resumida en una pareja. Así, transmutados en personajes de novela, finalmente han hecho de su historia un relato memorable e inmortal. 

Contemplándolos desde un punto de vista absoluto, desde una suerte de perspectiva de aleph borgeano, nos damos cuenta que han sido todos los personajes de la literatura universal y que, además, los han encarnado todos al mismo tiempo.

Han sido la infeliz unión de Jasón y Creúsa: el egocentrismo histriónico de él, la candidez entregada de ella. Han sido Cadmo y Harmonía: la humanidad castigada de él, la divinidad envidiable de ella. Han sido personajes shakespearianos, con sus oscuros enredos familares. Han sido personajes de Jane Austen por su compromiso moral inquebrantable. Han aspirado a la fastuosidad del enlace de Emma Bovary, al derroche extravagante de Gastby. En su intensa retórica, evidenciada en los votos que se leyeron, su romance parece más cercano a la tormentosa pasión de Heathcliff y Catherine que de la amabilidad de un cuento de hadas. Además, la presencia de ciertas figuras en la celebración (Pilar Rahola, Paolo Vasile o Duran i Lleida) nos permite suponer que la fiesta no estuvo faltada de la casposidad trasnochada que nos regala Philip Roth en la descripción de la boda de Neil Klugman y Brenda Patimkin en Goodby Columbus.

Además, ahora que sabemos que ninguna Medea encolerizada ha frustrado el enlace y que éste no ha terminado en un baño de sangre similar al de la infausta Boda roja, solamente nos queda descubrir si en su decisión de pasar juntos el resto de su vida está el gérmen del infortunio trágico.

En otras palabras: nos falta saber si también serán personajes de Thomas Hardy.


#toelrato: una boda-anuncio

No es extraño que el relato que han vendido sea tal fácilmente rastreable, que encaje tan bien con los más diversos esquemas narrativos clásicos y modernos: han tirado de manual para crear un buen storytelling. Porque si alguna cosa sabe Risto es que el hombre es un animal que imita.

De hecho, cuando pensamos en la industria publicitaria que él representa, tendemos a creer, quizá con excesiva ingenuidad, que nuestro deseo se construye toscamente, binariamente, según un modelo casi conductista. Ante el seductor bombardeo de los anuncios, nos imaginamos transformados en blancos ratones de laboratorio: estímulo-castigo, estímulo-recompensa et voilà.

Sin embargo, la realidad es sensiblemente más compleja y, lejos de esta fantasía de dominación tan básica y directa, el funcionamiento de nuestro deseo es por lo menos triangular. René Girard hablaba del mimetismo como el mecanismo fundamental mediante el cual fijamos el objeto de nuestro deseo: a través de un modelo, deseamos lo que éste desea.

Así, por medio de la triangulación mimética, la bodísima se ha convertido en algo así como el producto publicitario perfecto, y el #toelrato en una especie de elemento catalizador que ha permitido concentrar toda la historia íntima en una sola idea: un eslogan.

Recogiendo el imaginario que abrió la carta-vídeo del mía, mía, mía y solo miísima, en la que Escanes, por vía de la mirada y discurso apropiacionista de Risto, se convertía objeto (no solo de deseo), este hashtag se ha convertido en el epítome de toda su historia sentimental.

El relato de su boda se erige como modelo mímetico, como escuela de deseo. Risto Mejide y Laura Escanes no solo han inventado el amor: nos lo han vendido.

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