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König: "En Europa un dibujante no puede hablar de religión sin una contestación violenta"

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Hablamos con el "mayor autor de cómic gay" sobre religión, censura, madurez y 'Oh, genio', su nueva obra publicada en España

Juan Carlos Saloz

17 Febrero 2017 06:00

“¡A las mujeres que silban y a las gallinas que cantan hay que retorcerles el cuello a tiempo! ¡Por eso ocultarás a tus mujeres bajo velos y pañuelos, ya que deberás tener cuidado de sus astucias y de sus infidelidades!”

Este es uno de los mandamientos que Mufti Abdulah Abba Jaqmat, el protagonista árabe de ¡Oh, genio!, recibe de su deidad. Durante una aparición divina, le da una serie de doctrinas a seguir, entre las que también se encuentran no afeitarse la barba o no jugar a fútbol.

Ante las órdenes de su señor, Mufti coloca burkas sobre las seis mujeres que le acompañan y apedrea a toda aquella que muestre sus tobillos. Pero su castigo será igual de místico: convertirse en un genio de la lámpara cuya labor es proporcionar sexo loco a gente necesitada.




¡Oh, genio! acaba de ser publicado en España gracias a La Cúpula, y lo ha hecho como cualquier otro libro de Ralf König: cargado de humor, erotismo gay y mucha polémica.

“En este cómic quise dar mi propia visión sobre la sociedad afgana. Creo que sus incongruencias son dignas de ser satirizadas, y más aún cuando se trata de temas sexuales. La represión sexual en Afganistán es enorme, lo que me proporcionaba un material perfecto para realizar una obra tan crítica como humorística”, explica König.

La sátira religiosa, por tanto, aparece más como consecuencia que como núcleo duro del cómic:

“No quise hacer una crítica sobre el Islam como hice con el catolicismo con la trilogía bíblica. Pero si satirizas el mundo árabe es evidente que tienes que hablar del Islam. Fue una ocasión perfecta para volver a denunciar su conservadurismo a través del humor”.

Quizás por ello, König cambió el nombre de Alá por el de “Nopekesmass” y alteró las referencias directas por metáforas aún más absurdas.

Aunque, cuando se ha tratado de creencias, al autor nunca le ha temblado el pulso. Con Prototipo, Arquetipo y Antitipo hizo un extenso recorrido bíblico en el que enfrentaba a personajes como Adán y Noé con pecados a los que sucumbían con facilidad. Al igual que otros referentes del cómic underground, como Robert Crumb o Chester Brown, König ha encontrado en la religión una fuente inmensa de temáticas:

“Creo que a todos nos atrae la religión porque la vemos como algo absurdo. Nunca he sido una persona religiosa, pero me criaron en un pequeño pueblo donde recibí una educación muy católica, así que siempre he llevado esta carga encima. Después de conseguir entrar en las instituciones, el colectivo gay sigue teniendo a la religión como un lastre al que enfrentarse. Creo que mi obsesión proviene, en gran parte, del rencor”.

Pese a hablar de la sociedad afganesa, en ¡Oh, genio! no aparece ninguna crítica contra la llamada “crisis de los refugiados”. No obstante, reconoce que es un tema del que le gustaría hablar en el futuro:

“Vivo en Colonia y, como sabrás, aquí se comenzó a tratar a los refugiados de violadores después de que algunos fueran acusados de cometer una agresión sexual. ¿Sabes qué? Antes de que pasara esto, ni siquiera sabía que aquí habían acogido a refugiados. Pero todo esto viene de lo mismo, del conservadurismo letal que lucha contra lo que se sale de sus límites, tanto en la raza como en el género o las tendencias sexuales”.

Este conservadurismo es el que König lleva combatiendo durante años. Gracias a su humor absurdo y soez, sirvió de puente entre la comunidad gay y los heterosexuales. "Nunca he pensado en los hombres gays como mi único objetivo. De hecho, la mayoría de quienes me leen son mujeres. Al principio quería hacer historias que divirtieran tanto a un gay como a un idiota retrógrado". 

Así, poco a poco fue transformándose en el máximo exponente mundial de la temática, llegando al cine con adaptaciones de sus obras más famosas y dando la vuelta al mundo gracias al documental Ralf König: El rey de los cómics.

En El rey de los cómics se muestra la mayor virtud del historietista: acabar con los complejos de homosexuales condenados al armario. Después de leer sus viñetas, un médico suizo logra aceptar su sexualidad, así que se lo agradece visitándole en su casa de Colonia. Entre la emotividad y el idealismo que se ha creado en torno a su figura, aparece la mirada perdida de König, que nunca pidió una responsabilidad semejante.

"Siento que se me ha tomado demasiado en serio. En mi vida nunca he querido romper tabúes, solo he explicado lo que veía en mi día a día. En los 80 me fue bastante fácil vender mi obra, ya que el humor facilitaba que la gente se informara sobre el colectivo homosexual. Sin embargo, creo que fue simplemente un producto de la época", reconoce.

El tiempo ha rebatido esta teoría alzándole como una figura indispensable del cómic underground. Pero también se le ha etiquetado como un autor de temática exclusiva:

"Por supuesto, me pesa ser catalogado como un autor de cómic gay. Sin embargo, es lo que soy. El humor fue el refugio en el que me oculté de la presión que sufría por ser homosexual. Ahora intento ayudar, con este mismo humor, a otras minorías".

De este modo, mientras sigue reivindicando los derechos de los homosexuales, König busca aportar nuevas ideas. “A mi edad, ya no basta con hacer las historias subversivas de los 80. Quiero contar algo más”, relata. Poco a poco, El Condón Asesino (1987) y Beach Boys (1989) han dado paso a sátiras más crudas y complejas, pero igual de locas y divertidas que las primeras.

“Ahora intento hacer de lo jodido algo divertido. Antes básicamente era popular porque hablaba de los gays, que éramos uno de los mayores tabúes sociales que existían. Pero, poco a poco, esta imagen ha cambiado, así que ya no tiene tanto sentido hacer de la homosexualidad la protagonista de todas mis obras. Funciona mejor como telón de fondo”, aclara.

La trilogía bíblica y ¡Oh, genio! han servido a König para hablar sobre religión. Antes, ya habló del SIDA, del porno e incluso de la historia de su ciudad en Once mil vírgenes. Pero, a la hora de abordar ciertos temas, confiesa sentir más respeto que nunca por las represalias:

“Hoy en día, en Europa un dibujante no puede expresarse libremente sobre religión sin evitar una contestación violenta. Lo que pasó con Charlie Hebdo fue el ejemplo más claro. Me sentía más cómodo incluso cuando hablaba sobre el SIDA. Ahora parece inevitable aplicarse algo de autocensura. Pero, por eso mismo, tenemos que seguir en pie”.

Casi cuatro décadas después de comenzar su lucha a través del humor, Ralf König sigue enfrentándose al conservadurismo más represivo. Ayer, hoy y mañana seguirá dibujando por y para los homosexuales. Pero cualquiera puede verse en las viñetas más divertidas, ridículas y fieramente realistas del cómic underground.  

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