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Cómo vivir sabiendo que Google sabe quién eres, qué harás y por qué quieres hacerlo

'Quédate este día y esta noche conmigo', de Belén Gopegui, explora las desigualdades de clase en una sociedad meritocrática mediante un texto híbrido que es una carta, un currículum, un relato de ficción y una forma de activismo político

No se me ocurre qué formato debería tener una reseña que hiciera justicia a la última novela de Belén Gopegui. Quizá un correo en Gmail o un escrito en GoogleDocs, incluso pienso que lo único sensato sería redactarla directamente en la barra de búsqueda del navegador. Lo que sí tengo claro es que tendría que ser una carta, una misiva, que empezara con un "Estimado Google", pero que en realidad se dirigiera solo a Belén Gopegui, a ella y a sus lectores. Una carta que no fuera ni privada ni pública, que fuera más bien una acción, un intento de transformar las cosas.

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El Tribunal de Estrasburgo acaba de emitir una sentencia favorable a Bogdan Barbulescu, el ciudadano rumano que fue despedido después de que su empresa le espiara el correo corporativo para saber si estaba mandando desde allí correos personales. Esta sentencia podría establecer un precedente legal para que se regulara la vigilancia de la vida privada de los trabajadores. Sin embargo, también abre la puerta a la legalización de este tipo de acciones, si se avisa previamente al trabajador que podrá ser espiado.

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La estructura de la carta que constituye Quédate este día y esta noche conmigo no es una estructura al uso. Se trata de la transcripción de una suerte de currículum, de un mensaje que no tiene mensaje, sino que narra una historia: la de Olga y Mateo. Una carta sin destinatario o con destinatarios múltiples: Google, el becario o robot que lee las solicitudes de empleo, los lectores de la novela. Una carta que en realidad no es una carta, sino una performance, la exhibición de una humanidad transgresora por aquello que tiene de humano, ya sea a nivel individual o colectivo: una singularidad inclasificable, que no puede ser asimilada por un algoritmo.

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"El valor de los actos humanos, Google, no creas que se mide con visitas ni ateniéndose a la cantidad de información generada, o de dinero, ni se mide tampoco con palabras como espíritu o sensibilidad. El valor de los actos humanos no lo conoce nadie y no hay quien pueda decir cuántas exclusiones, cuántas desatenciones y abandonos arrastra detrás aquel o aquella que discurrió una fórmula nueva o produjo una nueva visión. Ni siquiera serán, la mayoría de las veces, exclusiones deliberadas sino por defecto: aquellas cuyo delito fue pensar, sobreentender, que su vida podía valer más, pesar más, contar más que cualquier otra."

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Mateo tiene poco más de 20 años, proviene de una familia pobre, y desea entrar a trabajar en Google. De hecho, trató de formar parte de la Universidad de la Singularidad, la institución educativa de Sillicon Valley. Olga tiene unos 60, es una empresaria retirada y, como Mateo, una apasionada de las matemáticas y la robótica. Es gracias a sus intereses comunes que se conocen en una biblioteca, e inician una curiosa relación de amistad —marcada por sus afinidades y desacuerdos intelectuales— que constituirá el corazón de la carta que mandan a Google. Una solicitud de empleo que, en lugar de exhibir el entusiasmo del aspirante, está repleta de dudas.

Dudas acerca de la singularidad. ¿Podemos ser más que un número, un mero dato, una curva estadística? Todo lo que hacemos está registrado, monotorizado. Empresas como Google pueden saber a qué hora nos levantamos, de qué sabor nos gustan los Chupachups, qué le decimos a nuestra pareja cuando está triste o qué queremos que nos digan cuando estamos tristes. Lo inesperado, lo imprevisible, aquella locura íntima que creemos que constituye nuestra idiosincrasia diferencial, en realidad no es más que el trazado más rentable de nuestra predecible trayectoria.

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Hace apenas un mes, Google despidió a James Damore por publicar un manifiesto en el que criticaba la falta de libertad de expresión que le impedía levantar la voz contra las políticas de diversidad de la empresa. Darmore defendía que las medidas de discriminación postiva que perseguían una mayor igualdad entre número de trabajadores y trabajadoras eran contrarias a la ciencia, dado que esta habría demostrado que hombres y mujeres son desiguales por naturaleza.

El manifiesto "anti-diversidad" fue tratado con dureza, y podríamos aplaudir a Google por mantenerse firme en la defensa de las mujeres. Sin embargo, ¿hasta qué punto Google no defiende la diversidad del mismo modo que defiende la singularidad, esto es, como una estrategia para maximizar su influencia, para liderar toda innovación, para abrir nuevos mercados?

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A diferencia de Olga, Mateo cree en el mérito. Piensa que sus acciones pueden marcar la diferencia, modificar tanto su situación como la de los demás. Si nuestro destino no dependiera de nosotros, ¿qué sentido tendría hablar de responsabilidad? Si no pueden hacer otra cosa que lo que hacen, ¿debemos culpar a los malvados? Mateo se cabrea con Olga porque no puede aceptar su estoicismo, el reconocimiento que las cosas no pueden ser de otro modo. Se cabrea porque para Mateo no se trata de una discusión abstracta sobre política y metafísica, sino que para él está en juego su suerte en el mundo, su futuro: revertir su situación precaria, ascender en la escala social, depende de que sus acciones puedan hacer la diferencia.

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"Mateo se opone. Casi nadie quiere oír que es una máquina, y una vez que lo oye casi nadie le concede un instante a imaginarlo de verdad, esto es, aceptando, siquiera por un instante, la posibilidad de que sea cierto. Puede barajar la idea durante minutos, incluso discutirla durante horas, pero en el fondo conserva la carta de su libertad, esa certeza indecible y al mismo tiempo exacta de poder elegir. Conserva el recuerdo de esos momentos en los que se visita a sí mismo y toma un propósito del estante, lo mira, hace sonar como una caja de música una convicción, se regaña por algo que hizo, deja que caiga la nieve de la bola de cristal y se ve en ella abrazado a alguien, revisa sus postales de dicha o de valor las recoge, se recoge. Sabe que nadie podrá acceder jamás al significado que la vida tiene para él, se sabe único, intraducible, y a eso lo llama ser libre."

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En el fondo, la discusión entre Olga y Mateo es un invento, una fabulación. Quizá ni Olga ni Mateo existen: en la novela de Gopegui, solo sabemos de ellos a través de la transcripción que nos ofrece el extraño trabajador de Google que se limita a seguir ordenes, a reproducir patrones, a clasificar según criterios previos. La relación de Mateo y Olga es un artefacto diseñado expresamente para que en el receptor nazca "un recuerdo ajeno, una voz que se vea como el viento en las cosas que mueve, los peinados, las ramas, las mangas rojas y blancas a los lados de la carretera."

Una buena pregunta final sería: ¿han conseguido que la máquina se diera cuenta de que es una máquina?

Aunque sería mejor preguntarnos: ¿quién es la máquina, si nosotros somos los lectores?

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