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Para salvajes perdidos en la ciudad oscura: un poema de Luis Hernández

Un poema de 'Gran Jefe Un Lado del Cielo' (Ed. Esto no es Berlín), una antología del poeta de culto peruano Luis Hernández

Luis Hernández (1941 - 1977) fue un poeta raro.

Raro en el sentido en que utilizó la palabra Ruben Darío para referirse a esos poetas marginales que no se adecuaron a su época porque conocían el futuro o temían el pasado, poetas menores pero con sombra alargada que, como dijo Darío de Edgar Allan Poe, pertenecían a la categoría de los "divinos semilocos necesarios para el progreso humano".

Tras publicar tres libros de poesía en los años 60 ( Orilla, Charlie Melnick y Las Constelaciones), Luis Hernández decidió abandonar la luz pública: las malas críticas, la falta de reconocimiento por parte de los premios y los fuegos fatuos del mundillo literario lo acabaron de convencer del todo.

Desde entonces, buscando esa "soñada coherencia" Hernández comenzó a publicar sus poemas en cuadernos manuscritos, donde unía a su poesía rota y aparentemente desorganizada dibujos hechos a rotulador.

Luis Hernández trabajaba como médico de pobres y regalaba estos cuadernos únicos a sus amigos y a desconocidos que conocía en diversas situaciones. Sus versos parecen la traducción de una lengua desconocida y en ellos se superponen el rock, el cine, la música clásica y la fantasmal ciudad artificial de Lima.

Ahora se acaba de publicar Gran Jefe Un Lado del Cielo, una antología de su poesía preparada por la editorial madrileña Esto no es Berlín que dará a conocer por primera vez a los lectores españoles la obra de este poeta de culto peruano y que está dominada por el personaje Gran Jefe Un Lado del Cielo, un piel roja maldito que vaga por la urbe limeña.

Comparable a figuras como la de Mario Santiago Papasquiaro (por su fragmentariedad, su búsqueda de la miseria y su voluntad "menor"), Luis Hernández se ha convertido en una de las referencias de la literatura peruana de los años 60 y 70.

Y es que en parte gracias a su vida romántica y a su trágica muerte, en las últimas décadas Hernández se ha convertido en una leyenda para los jóvenes lectores hispanoamericanos.

Desde PlayGround hemos querido seleccionar un poema de este "divino semiloco" que te puede servir de guía si eres un piel roja perdido en la ciudad.

Shelley Alvarez o Gran Jefe Un Lado del Cielo (puesto que son uno, el primero con el piano aquí y allá, y el segundo igualmente humano, pero piel roja) tocó un recital en una pequeña Sala de Conciertos: lo hizo por dos motivos: debido a que el piano era Steinway, y por extender sobre el espacio Islamey, Fantasía Oriental, obra de dificultad suprema, pero de sencillez infinita para alguien que hubiera navegado como él, en el Océano Índico, con Nikolay Andreiewitch Rimsky-Korsakoff y Rimsky o Balakireff, igualito es.

Antes del Concierto, como lo hiciera desde pequeño, rezó:

Señor: tú que estás

  En lo absurdo y también en las latas,

  La basura, la miseria,

  Los cintilantes tejados,

  Los jardines escondidos,

  El amor, la brea,

  La tristeza, la desesperanza.

Señor:

  Tú que habitas

  También en los fragmentos

  Que quedan

  Tras las terribles

  Noches de los bares

  Oscuros, en las moscas,

  En los callejones sin salida,

  En las llagas

  Señor: no me oigas:

  Oye más bien

  Lo que resonará

  En la Música

  Arte purísimo

  Que cercano

  Desciende y llena

  Si no el corazón

  De otros, por lo

Menos el mío,

Porque soy pianista

  Y no sé otra cosa

  Además del piano

Y la soledad.

Terminado lo cual, agregó un Padre Nuestro, y se dirigió al escenario.

  Hay gentes que nacieron para la luz del día y hay otras que nacieron para un vago fulgor.

Bajo el Sol resuenan

las Danzas sacras

  y profana

  De Debussy

Shelley las escuchó en el tocadiscos instalado en la maletera de su Volvo blanco y helado. Dado lo cual comió ensalada de tomates y observó el crepúsculo. Con cierta soledad: el jardín florecía y comunicaba a otro jardín el agua de la manga del riego que semejaba una liana en reposo, o a Liana, la salvaje, superproducción de los años 40.

Entre el césped y el firmamento Gran Jefe Un Lado del Cielo cantó una canción más antigua que el ser humano.

La noche me parece inmensa y sola

Tu olvido

Abajo, su jazmín huele a tu ausencia

Las estrellas, arriba, tus suspiros

Son por rosas que nunca

Abrirá el alma mía

Entre la sombra

Voy. Como no me ves, no soy visto

De nadie. El cielo, más lejano

Desde que tú te has ido

Tiembla, con la pasión que no sentiste

Por mí, suntuoso y lleno de vacíos

Abierto mundanamente para el éxtasis

De mi dolor alerta el infinito

Y luego

Háblame tú con tu voz

De musmé fresca y gentil

Luna de nardo de arroz

Y marfil

Y si fueres por tu cuna

Noble y pálida princesa

Cásate conmigo, luna japonesa

Leído que hubo, Gran Jefe se bañó.

El Príncipe One-side-of-the-sky, Gran Jefe Un Lado del Cielo o alguno de sus otros nombres imitó un gesto que observara un día a un gángster. Esto lo hizo en uno de los espejitos de Galerías Boza. Y avanzó a través de la noche. Para beber dos cervezas heladas. Mientras, leía la vida de Akhenaton, la cual alternaba con fugaces visiones de la revista El Intocable. Esto era en el bar Zoilita. El aserrín del bar semejaba la arena extendida por el viento en los muelles: verdes maderos entre los cuales anidaba el alga y los hierros.

"Nothing is purposeless, nothing. Then why should God have given you in life a questioning mind if not to hand you in death the blinding answer?"

Menotti: The death of the bishop Brindisi

Gran Jefe Un Lado del Cielo tenía la complexión de firmamento sur 12º; 77º, con sus correlativas fijaciones en el plano estelar.

Cuando fue joven leía a Sir William Herschell en el Bar Pilsen. Muy solitario, lo único. Y se lo merecía todo. No tan solitario.

Pero quien lo conocía lo isolaba. Porque los enajenados producen rechazo, prevención, todo menos dulzura o ternura o Amor. El Amor que nada lo puede sino amar, el Amor que no es ciego, ni fool, ni nada. Todo esto ignoró Shelley.

Pues a todos amaba

Y a nadie temía

Por ello cada cosa

Es para él triste

Pues el tiempo

Ni el sol y los nueve

Astros; el último

De Persival Lowell

Pueden detenerlo

Y una soledad

Impecable aún

Es una soledad.

Y mucho hay que no

Debió ser

I'm a lonely man

You know. It's funny.

Gran Jefe Un Lado de Shelley poseía una inexplicable soledad. Porque conocía todo: la maldad, la envidia, se daba cuenta de todo lo que sobre él arrojaba la gente que no resiste una impecable soledad. Todo el mundo habla del Walt Whitman pero nadie lo ha visto llorar en su comedor. Complejo era John Keats Shelley, intrincado pero simple. Quizás la persona más transparente que yo he conocido.

Algunos quisieron protegerlo de sí mismo, horrenda frase. Otros quisieron enseñarle, educarlo. Pero él era para no abandonar, para dar íntegramente cuanto fuera suyo.

Algunas veces, cuando llego al borde de la mar Pacífico, pienso que pertenecía a la primera categoría de los ángeles, aquella categoría cuya misión es conducir porque sabe, sentir sobre sí la mirada, el puñal, la mendaz mirada y voz de las gentes. Pero, siempre errando en la elección del verbo: no sintiendo, sino sabiendo.

Ajeno, extraño, lejano, sin un corazón al lado suyo que quisiera oír su palabra.

Nunca deprimido; sino triste. Nunca agresivo, sino el terror. Tímido por haber recibido el estigma de loco desde niño. Pero confiado.

Y siempre queriendo actuar en algo: ionizado. Tolerante e inconexo. Coherente y en pie. Poco poético. Nunca sufrió, porque ningún ser biológico sufre en el alma, tal vez tiende a tropos, pero no sufre.

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