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Bragas rosas, Hitler y conejitos de porcelana: desvelan la intimidad de Philip Larkin

Una exposición muestra los polémicos objetos que rodearon al mítico poeta

"No azotar" sería un título magnífico para las obras completas de Philip Larkin, pero por ahora es simplemente el lema estampado en las bragas rosas que se encontraron en la casa del poeta.

Lo sería porque el descubrimiento de esta curiosa prenda no hace sino contribuir a la controversia constante que rodea a la figura de Larkin. Fueron encontradas junto a una serie de objetos más extraños si cabe, una herencia kitsch que, una vez hecha pública, ayuda a desdibujar la representación por mucho tiempo extendida de Larkin como una figura huraña y cerrada, un gris bibliotecario desterrado a la campiña inglesa.

(Danny Lawson)

Una miniatura de Hitler, libros pornográficos, un delirante tesoro de corbatas y un ejército de conejillos de cerámica: todos estos objetos se exhiben, junto a la biblioteca personal de Larkin, en la Brynmor Jones Library de Hull, la ciudad donde vivió y trabajó el que ahora es considerado uno de los mejores poetas ingleses del siglo XX.

Si bien la existencia de todos estos objetos no era desconocida a biógrafos y expertos, ahora será de dominio público: bajo el título "Larkin: New Eyes Each Year", se ha abierto una exposición comisariada por Anna Farthing, que forma parte de los eventos organizados alrededor del nombramiento de Hull como "Ciudad de la cultura" en 2017.

Recuperando su colección de libros y ropa, los ornamentos de su oficina, fotografías desconocidas, notas y garabatos e incluso objetos pertenecientes a sus amantes, la exhibición propone profundizar en la parte más compleja y oscura del poeta.

Como afirma Anna Farthing, no sé trata de juzgar al poeta, el objetivo de la exhibición es mostrar "las complicaciones y contradicciones de su vida, de su cuerpo, de sus relaciones y de sus actitudes".

(Danny Lawson)

Aunque las bragas o la figurilla de Hitler sean mucho más apetitosos y sirvan mejor como reclamo, quizá lo más interesante de la exposición se encuentra entre sus libros, en una significativa dedicatoria que Larkin escribió a una de sus amantes, Monica Jones.

Pero, primero, pongámonos en contexto.

Como explica Íñigo Lomana, crítico literario y larkinita, la reputación de un escritor tras su muerte acostumbra a pasar por distintas etapas: una primera de Inconsolable Gratitud, en que las loas de los críticos llenan los periódicos como nosotros llenamos el metro a las ocho de la mañana; luego está una fase de Oscura Prevalencia, el silencio inquietante que, retrospectivamente, categorizamos como la calma que precede a la tormenta; finalmente, está la fase de Gran Reevaluación, aquella en que la vida del escritor, más que su obra, es abierta en canal y expuesta a la mirada de cualquier curioso que quiera gozar con esta feria de lo inconfesable.

La figura de Larkin resta encallada en esta última fase desde la publicación de su correspondencia privada, una publicación que evidenciaba que las oscuridades que rodeaban su figura no eran ornamentales, y muestran a un Larkin homófobo, racista y un tanto reaccionario.

Pero la justificada acusación que destaca entre las demás es la de misoginia. "Las mujeres son basura" —escribía en una carta a su amigo Kignsley Amis—. Y sus diarios no le dejan en mucha mejor posición: "todo el asunto del sexo me deja perplejo. Hasta donde sé, las mujeres son seres estúpidos."

Sin embargo, parece que Monica Jones no fue un ser tan estúpido. Hasta ahora, como al resto de las amantes de Larkin —Maeve Brennan o Betty Mackereth— se la había cosiderado simplemente como a una musa. Pero como demuestra la dedicatoria encontrada en un ejemplar de Jill, la novela de Larkin, el poeta le agradecía su ayuda por haber conseguido hacer de su texto una novela decente. 

(Danny Lawson)

En otras palabras: además de su amante, Jones era su editora. Como destaca Farthing, hay pruebas no solo de que Larkin le enviaba los borradores, sino también de que ella se los devolvía llenos de correcciones y Tippex. 

Quizá los azotes constantes a los que obliga la reevaluación permanente de su figura sean muchas veces exagerados e injustificados. Por ejemplo, la polémica miniatura de Hitler es un regalo de su padre: nada tiene que ver con las ya de por sí problemáticas inclinaciones políticas del poeta. Y lo mismo podría decirse de algunas afirmaciones durísimas que se encuentran en sus cartas, ya que en la mayoría de casos formaban parte de bromas privadas, de exageraciones destinadas a un receptor predispuesto a ese juego.

Con todo, si este enjuiciamiento machacón de la intimidad de Larkin puede revelarnos aspectos importantes de la génesis de su obra —y parece que el papel de Monica Jones no fue menor—, quizá valga la pena seguir abriendo armarios, a ver si entre tanta corbata descubrimos a una editora en la sombra que nos regaló la obra de Larkin tal como la conocemos.

( vía The Guardian)

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