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Por favor, parad ya de publicar libros de Slavoj Žižek

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Carta abierta a Slavoj Žižek, a sus editores y a quien quiera escucharme

eudald espluga

27 Junio 2017 06:00

Como casi cada lunes, llega un paquete a la redacción. Mi nombre está escrito en él y el conserje de la redacción me avisa que ya puedo ir a recogerlo.

Cuando me acerco, me mira con una mezcla de compasión y reproche. Lo sabe. Como lo saben también el resto de redactores, que alzan la vista por encima de las pantallas y murmuran entre ellos. Respondo a su mirada asintiendo y, en tono grave, lo anuncio oficialmente.

Sí, han publicado otro libro de Slavoj Žižek”.

No me hace falta abrir el sobre. Noto el peso de los juegos de palabras en francés, las referencias provocativas a la URSS, esas largas frases imitando el pensamiento trabado de Lacan y las inexcusables explicaciones sobre porque no sabemos lo que hacemos, pero lo hacemos.



De hecho, en la insistencia de Žižek en los temas no hay pudor alguno: el último libro rescatado por Akal se titula directamente así, explotando uno de sus gratest hits: 'Porque no saben lo que hacen. El sínthome ideológico'. Además, la obra empieza con un delirante prólogo de Olivier Surel, “Žižek, 1990” que está a medio camino entre la introducción al pensamiento del esloveno, su alabanza y el viaje de LSD que, por si fuera poco, cuenta con apartados titulados como sigue:

LA INFORMACIÓN DE LA 'CRÍTICA LACANIANA DE LA CRÍTICA' MEDIANTE LA LECTURA DE LA CIENCIA DE LA LÓGICA DE HEGEL; esto es, una forma de reafirmar la importancia de la componente hegeliana de la crítica de la ideología (en este caso, por el desvío de la crítica hegeliana de Kant).”

LA APERTURA A UNA HERMENÉUTICA Y UNA SEMIÓTICA DE LA 'CULTURA POPULAR', o la renovación de la subversión del uso idealista de la dialéctica mediante una atención a lo que escapa al 'contenido oficial' del pensamiento”.

En otro libro, publicado tan solo unos par de meses antes, también en Akal,  Žižek decidía reescribir 'Antígona', la obra clásica de Sófocles. Esto no sería especialmente destacable —también lo han hecho María Zambrano, Jean Anouilh o Salvador Espriu, por citar algunas de mis versiones favoritas—  si no fuera porque el esloveno se marca un porque yo lo valgo escribiendo él solo tres versiones diferentes del mito. No una: TRES.

Y sí, por supuesto, lo confieso. También yo fui groupie y paladín del filósofo esloveno, abanderado de su capacidad para poner a circular la filosofía en circuitos pop. La naturalidad con que transitaba del cine de Hitchcock a la crítica marxista de la ideología, del análisis del capitalismo cultural a los cafés de Starbucks, no podría menos que deslumbrar al estudiante de filosofía que era por aquel entonces.

Sus libros eran pequeñas píldoras suficientemente difíciles de tragar como para que conservaran su aura de obra sesuda y académica, pero lo bastante golosas como para que nos acercáramos a ellas con afán.

Tal fascinación no fue una obsesión singular: todo el mundo —y esto incluye también la industria editorial— quedó prendado de su transversalidad; de la facilidad con que reclamaba públicos hasta entonces inexistentes.

Sin embargo, en algún momento la cosa se nos fue de las manos. A finales de los 90 empezaron a llegar regularmente las traducciones, y los libros de Žižek comenzaron a aparecer con cierta puntualidad. Pero fue a partir de 2011 cuando estalló el verdadero boom: en seis años se publicaron al menos 28 traducciones de libros del esloveno.

Es decir: desde 2011, en España se publican 4,66666666667 libros de Žižek al año.

Evidentemente, llegó un momento en que Žižek estaba por todas partes, y su omnipresencia comenzaba a generar el sentimiento tan profundamente hostil que Pol Rolledar describía para la revista Vice. En su artículo, se preguntaba hasta qué punto el hartazgo que nos causaba la figura de Žižek podía deberse a las corrientes de información propias de internet.

En otras palabras: Rodellar cuestionaba la posibilidad que nuestro aborrecimiento fuera proporcional al interés por los temas que, de hecho, Žižek monopolizaba. Que su presencia insoslayable fuera algo así como la traducción en términos de hiperrealidad, en la era de internet, de nuestra propia subjetividad:  en nuestro nicho informativo, “Žižek” sería la respuesta que obtendríamos a toda pregunta.

El problema, sin embargo, es que el estrellato de esta filosofía pop no puede reducirse meramente a una cuestión subjetiva. Como acabamos de ver, la reproducción material de su obra cobra unas dimensiones monstruosas. Tanto que el funcionamiento de la maquinaria editorial entorno a su figura debería ser ya  la mejor analogía que Žižek pueda utilizar para explicar el funcionamiento de la ideología en el contexto del capitalismo cultural.

Como pasa con Bauman, Giddens o Sennett, el nombre de Žižek se ha convertido en una marca comercial de referencia en el mercado del pensamiento crítico. La mera mención de su nombre cumple una función performativa: pone en juego un conjunto de significados, articula marcos de pensamiento y activa una serie de prejuicios. Igual que nos pasa con Lacoste, Apple o Sony.

Sorprende, a pesar de todo, que con el esloveno no haya pasado como con Bauman y los demás. Es decir, que se aprovechara esta misma marca, así como las etiquetas al estilo de “modernidad líquida”, para colar cualquier revoltijo de artículos, fragmentos y transcripciones de conferencia que permitieran vender al público El Nuevo y Estremecedor Libro De.

Lo peor —o lo mejor, según como se mire— es que por culpa de Žižek nos siguen llegando buenos libros.

No es que sus editores se hayan pasado a publicar recopilatorios de sus mejores “and so on, and son on”. Lo peor —o lo mejor, insisto— es que este animal sudoroso y de habla atropellada no solo no puede parar de escribir, sino que hasta cierto punto es capaz de mantener el pulso a la originalidad y en su extrema abundancia, incluso después de más 20 años hablando de lo mismo.

Pero aun así, y precisamente por ello, debemos pedirle que, por favor, pare de escribir.

O vosotros, editores, dejad de publicarlo. Al menos por un tiempo.

Da igual lo buenos que sean los libros, o la cantidad de versiones significativas de la Orestíada que se le ocurra engarzar en su nueva obra. Basta, os lo rogamos. No estamos piendo un alto al fuego definitivo. Solo una equeña tregua.

Por supueso, queremos más Žižek, pero no ahora, en estos tiempos en que vivimos con miedo a que llegue un nuevo lunes y, con él, una flamante reedición. Simplemente no podemos absorber tanto Žižek. No podemos.

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