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Este hombre ocultaba tantos secretos que acabó muriendo bajo su peso

Es "El Domingo de las Madres": una joven criada tiene el día libre y acude a reunirse con su amante, un noble que la espera en su enorme casa. Pero algo siniestro sucedió

Todos guardamos secretos, pero algunas personas acaban muriendo por ellos.

Por nuestros secretos y por los suyos.

Para que yo nazca alguien tiene que morir: mi madre, que me dio en adopción y se convirtió en fantasma; mi padre, que jamás existió; los múltiples yoes sutilmente distintos que mi existencia aquí, en esta página, ha condenado a la ficción.

Para que Jane Fairchild naciera, para que Jane Fairchild —la gran autora de novelas que creció en un orfanato y aprendió a leer y trabajó como criada en casa de los Nivens y se acostó durante siete años con el heredero de una mansión cercana y se convirtió en devota de Joseph Conrad— naciera, se necesitó que su amante Paul Sheringham muriera en un accidente de coche.

Como si se tratara de un capullo tejido con un material hermosísimo y frágil que Jane había de romper. ¡Ay!

Pero no nos adelantemos a los hechos: es 1924 en El Domingo de las Madres, la última novela del escritor inglés Graham Swift publicada por Anagrama, y únicamente lo inapropiado del cielo veraniego con que se despierta el 30 de marzo nos deja prever la tragedia que está por venir.

A veces los secretos se acumulan sobre nuestro cerebro: son pliegues que recubren nuestras circunvoluciones, son lóbulos espectrales que nos hacen actuar de forma enloquecida y ritual.

A Jane Fairchild sus patrones le dan el día libre para celebrar el Día de la Madre. Madre que, por supuesto, Jane Fairchild no tiene.

Cuando está sirviendo el desayuno llama por teléfono Paul Sheringham y le ordena que vaya a visitarlo. No habrá nadie en su casa y ella deberá entrar por la puerta principal, como una dama: las criadas tienen el día libre, sus padres (los "ineptos") han salido a comer fuera y sus dos hermanos, como muchos alegres jóvenes de la comarca, han muerto en la Primera Guerra Mundial.

Jane Fairchild finge en el teléfono que está hablando con alguien (una señora) que llamaba por equivocación. Después toma una bicicleta y se va.

Corte.

Jane Fairchild descansa desnuda al lado de Paul. Él pone un cigarrillo en los labios de Jane, otro en los suyos. Ella lleva puesto un diafragma y pronto el semen sale de su interior para crear una mancha en las sábanas, que otra criada tendrá que limpiar.

Jane Fairchild, anciana de 70, 80, 90 años, novelista mundialmente conocida, regresa una y otra vez a ese momento crucial. Lo piensa y lo rumia. De él beben todas sus ficciones, todas sus conradianas (ahora conoce la palabra) novelas de aventuras. Pero nunca se lo ha contado a nadie.

Le da vueltas a su acariciado secreto, interpreta de nuevo todos los pequeños detalles que puede recordar o suponer: la forma en que él le dijo que tenía una cita con la rica heredera que se convertiría en su esposa; la lentitud ceremoniosa con la que se vistió; la camisa blanca, como de gala; el hermoso chaleco; la orquídea que Jane nunca llegó a poner en su ojal; el parlamento práctico que invitó a la joven mujer a apoderarse de la casa vacía, a pasearse desnuda por todos los rincones y abrazar libros de la polvorienta biblioteca y comerse como un niño hambriento la porción de pastel de ternera que otra criada había depositado en la cocina para su señorito...

Con qué paso lentísimo se fue Paul Sheringham de aquella casa, qué lento rugido el del motor de su coche, a pesar de que llegaba 40 minutos tarde a la cita con aquella chica a la que nunca quiso verdaderamente.

Con qué serenidad, con qué desapego —imagina Jane Fairchild, cuentista, creadora de fantasías— estrelló Paul Sheringham su coche contra un árbol del camino.

Ni su traje de domingo, ni su camisa blanca, ni la orquídea que nunca llegó a poner en su ojal: tan solo el sello de plata que encontraron en el lugar del accidente y la matrícula del coche que permitió reconocerlo.

¿Fue un suicidio, un desafortunado incidente, una consecuencia de las prisas, un acto estúpido? ¿Para quién se vistió Paul: para Jane, para su prometida, para el árbol?

Ese es el secreto que encierra o que cree encerrar Jane Fairchild.

Todos guardamos uno semejante.

Pero la mayoría de nosotros no es capaz de aprovecharlo tan bien como Graham Swift.

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