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En su próxima columna, Marías gruñirá contra el hecho de que llueva en domingo

“Quieren hacernos creer que hay algo caduco y rancio en protestar contra las nubes"

*Hoy os presentamos el "Javier Marías Bot". Tras leer cientos de textos de Javier Marías, este algoritmo es capaz de escribir columnas a imagen y semejanza del escritor español y predecir sus próximos disgustos. En el texto de hoy nos anticipamos a la próxima crisis de Marías: las lluvias en fin de semana.

Nunca me ha sido desconocida la existencia de unos seres que se mueven alimentados por el rencor y la ingratitud. Individuos, estos, que celebran no con poca vileza que seamos los que ya vamos calados hasta los huesos quienes debamos empaparnos de nuevo.

Es ley de vida, dirán algunos con prontitud y afán de cerrar el debate, como si con ello dictaran un mandato que debiéramos suscribir. Los mismos, por cierto, que cuando notan el contacto del agua en su piel acusan a las generaciones precedentes de no haber hecho lo suficiente para resguardarlos de su propia intemperie. Tampoco esto me sorprende.

Pero quienes me conocen saben que, a diferencia de estos personajillos que se dedican a asaltarnos injustificadamente con sus ciclos de condensación, profeso una integridad de ánimo que me impide lanzar una acusación sin discrepar a pecho descubierto. Por ello, no vacilo en llamarlas por su nombre: nubes negras.

Sí, las nubes negras ocultan el astro rey, descapitan su fulgor, despreocupadas por las consecuencias que ello pueda tener en nuestros termómetros. Pero no es solamente que desatiendan maliciosamente el bien común (cosa que, por otro lado, es ya una ruinosa tradición entre quienes se empeñan en hablar del 'régimen del 78'), sino que además son el origen de toda precipitación indeseada.

Quieren hacernos creer que hay algo caduco y rancio en protestar contra las nubes. Y aunque muchos, por cobardía o ignorancia, se empeñen en lo contrario, debemos denunciar que los domingos lluviosos son una murga. Un incordio mayúsculo.

¿Qué le ha pasado a nuestra lengua -y a nuestras gentes, pues al fin y al cabo somos nosotros quienes hemos de defender las letras- para que ya nadie se atreva a llamar a las nubes negras por su nombre? Muchos hablan de cielo encapotado, de una atmósfera recargada o tormentosa. Hay incluso quien gusta en confundirlas con la niebla, como si la persistencia de su lobreguez fuera comparable.

Todo el mundo se achanta ante un aguacero impertinente. También los más bravucones esconden sus plumas cuando una mañana de julio, coincidiendo curiosamente con mis vacaciones en Soria, una tromba me obliga a empuñar un odioso paraguas camino de Casa Augusto.

De acuerdo, tiene que llover. Pero no hay nada tan dañino como escudarse en la física para justificar un chaparrón inconveniente, en ocultar tamaña fechoría bajo un manto de eufemismos. “Presión atomesférica”, “hidrometeoros”, “aerosoles”, "troposfera" y "frentes cálidos": alusiones eufónicas para ocultar lo timorato de unas borrascas que invariablemente (y con alegre consciencia de ello) arruinan mis días de asueto.

El creciente silenciamiento público de esta lacra no podría entenderse, está claro, sin referirnos al indisimulado contubernio urdido por quienes se dedican a inflamar las redes, conspiración que se mueve entre el silencio cómplice, la alegre chanza por el infortunio ajeno y la mera injuria. Una injuria que casi podríamos llamar deportiva, pues a eso se dedican nuestros jóvenes.

Como resulta bien evidente, la impunidad de estos chubascos solo tiene cabida en una cultura derrotada y sometida al imperio de la impredecible veleta de las redes sociales; en una civilización, por decirlo en poca palabras, zarandeada ahora por una oleada de populismo que la ha dejado indefensa frente a sus enemigos legítimos: los nimboestratos.

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