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Infelices y llenas de rabia: necesitamos más heroínas como Cersei Lannister

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¿Por que la desdicha de las grandes heroínas literarias es siempre sosegada, civilizada y pasiva?

eudald espluga

27 Julio 2017 14:03

Tolstoi empezaba una de sus grandes novelas, Ana Karenina, con un aforismo que pasaría a la historia.

"Todas las familias felices se parecen; pero las infelices lo son cada una a su manera".

Por desgracia, se trata de una afirmación falsa. Y no es especialmente difícil mostrar hasta qué punto es engañosa. Basta con fijarnos en los personajes que, a lo largo de la historia de la literatura, han constituido la columna vertebral de estas desdichadas familias: las mujeres.



La infelicidad sosegada de las mujeres

La tristeza que caracteriza a las principales heroínas literarias es sorprendentemente homogénea, pintada como está de un gris uniforme que acepta pocos matices. Sus sufrimientos son simétricos y las formas de su aflicción, universales. Sobrellevan la amargura siguiendo un esquema casi inalterable: puedes reseguir los ciclos de su depresión como si leyeras un manual de diagnóstico clínico.

Además, como destaca Elizabeth Soski en su ensayo para Electric lit, todas ellas aceptan su estado de postración como lo hacen las chicas buenas: calladamente, trajinando por dentro su propia culpa, llorando en soledad.

Siguiendo un razonamiento lógico pero perverso, evitan todo tipo de conflicto: ya que no podrán ser felices, por lo menos aspiran a una cotidianidad sosegada -como si el sosiego pudiera amortiguar los golpes de su amargura-.

Los ejemplos abundan.

Podemos pensar en la Esther de La campana de cristal o en la señora Dalloway de Woolf, que son citadas como modelo en el ensayo de Soski. Pero también en la protagonista de Una chica en invierno, de Philip Larkin, o en la Maggie Verver de La copa dorada de Henry James. En muchos de los personajes de Austen o en la terrible existencia de Lily Bart, la protagonista de La casa de la alegría de Edith Wharton. O en las mujeres melancólicas que pueblan los cuentos de Liudmila Petruixévskaia, cuyo tormento termina colonizándolo todo.

('Judith y Holofernes', Caravaggio)

Sin embargo, cuando hablamos de heroínas heridas, afligidas y rotas, nadie piensa en la Judith bíblica, en Medea o en Cersei Lannister.

En nuestro imaginario, las grandes mujeres lidian con su tristeza pasivamente. Abúlicas, consienten a su destino, ya sea mediante la aceptación o el suicidio. Pero en estas heroínas no hay decoro, no hay reserva, no hay prudencia. Ante su dolor, reaccionan como lo harían la mayoría de grandes héroes masculinos: con rabia, con fuerza, devolviendo dolor por dolor.

¿Por qué nuestra representación literaria de la infelicidad femenina ha quedado reducida a este modelo de depresión comedida y honrosa? ¿Por qué ha de ser una infelicidad inerte, estática e innocua?  


Necesitamos más heroínas...

Es un hecho: necesitamos más heroínas. El estreno de una película como Wonder woman ha vuelto a evidenciar la importancia de que existan referentes públicos para las mujeres. Y para ser conscientes de ello, basta con ver la fascinación de esta niña al conocer a Gal Gadot, la actriz que interpretó a la amazona.



La representación femenina importa porque, entre otras cosas, es gracias a los personajes de ficción que accedemos a narrativas e identidades que nos permiten explicarnos y entendernos a nosotros mismos: asumimos roles, interiorizamos estereotipos, racionalizamos el lugar que ocuparemos en la sociedad.

La escritora Viriginie Despentes explicaba en una entrevista como, desde pequeños, nuestro comportamiento está modelado por una perspectiva de género, citando distintos experimentos que se habían realizado con niños.

Ante una situación abiertamente desagradable para ellos -comer un yogur salado, por ejemplo-, si sabían que los adultos esperaban de ellos agradecimiento o admiración por lo bueno que estaba el producto, las niñas se mostraban mucho más complacientes que ellos: eran incluso capaces de decir que el asqueroso yogur les encantaba. Los niños, en cambio, no dudaban en expresar abiertamente su asco.

Sin embargo, no se trata solamente de una educación emocional más concienzuda, sino de un condicionamiento que marca profundamente la forma de razonar. La pensadora feminista Carol Gilligan fue la primera en notar que estas diferencias explicaban, además, la discriminación social de todo un universo de valores que historicamente se había asociado a la feminidad.

Gilligan, que participaba en una investigación de psicología social liderada por Lawrence Kohlberg, se dio cuenta que, ante un mismo dilema, niños y niñas razonaban diferente.

La explicación era simple. El modelo de Kohlberg para medir el desarrollo moral en la infancia premiaba el razonamiento masculino, convirtiéndolo en universal: valoraba la frialdad, el distanciamiento, el pensamiento binario, el juicio excluyente y la capacidad de reducir la complejidad de la situación a unos pocos principios.

('Medea', de Pier Paolo Pasolini)

Así, los niños quedaban mejor clasificados porque ante la situación dilemática ellos contestaban con rotundidad, ya fuera positiva o negativamente. Afirmaban que la vida era más importante que el dinero, o bien, por el contrario, concluían que lo más importante era respetar las normas sociales. Las niñas, en cambio, se negaban a aceptar el planteamiento: apelaban a las emociones, al razonamiento contextual, a posibilidades no exploradas que diluyeran el dilema. En el fondo, querían comprender las causas que los habían llevado a tal situación.

De modo que sí, nos faltan referentes. Pero no solo esto: nos faltan heroínas cuyas luchas e ideales rompan con los estereotipos de género y las ideas preestablecidas sobre lo que es una buena o una mala mujer; que cuestionen el tipo de felicidad hacia el cual debe orientar su vida; figuras, en fin, que representen el rechazo a toda una cultura patriarcal que privilegia todos aquellos valores de los que ellas, por culpa de una educación sesgada, no pueden participar.


...y necesitamos que estén cabreadas.

La historia del feminismo es la historia de muchos rechazos, pero especialmente de uno: el rechazo a un ideal de felicidad.

"La felicidad funciona como una promesa que te dirige hacia ciertos objetos, como si estos objetos pudieran proveerte de los ingredientes necesarios para tener una vida buena. La felicidad implica una forma de orientación."

Así es como, en The promise of hapiness, Sarah Ahmed empieza a caracterizar el feminismo como "killjoy", como el típico aguafiestas que apenas necesita abrir la boca ara arruinar la dicha general.

Las feministas son aquellas que se negaron -y se siguen negando- a la felicidad condicional, a subordinar su dicha a la dicha de los demás. Por ello, Ahmed se recrea en explicar la historia del feminismo como la historia de aquellas mujeres que causaron muchos problemas, la historia de aquellas que estuvieron -y siguen estando- dispuestas a romper con "la paz" y "el buen ambiente", esos bonitos eufemismos para referirse a la dominación. 

El feminismo es un incordio constante, una insistencia incómoda y fastidiosa, una impertinencia necesaria. El feminismo es acción y es revuelta, es una rabia que ya no debe contenerse más. Es, en resumen, la persecución de la infelicidad, porque la felicidad, para las mujeres, ha sido siempre una promesa falaz.

"La palabra feminismo está saturada de infelicidad", dice Ahmed.

Y, sin embargo, también necesitamos que lo contrario sea cierto: que la infelicidad esté saturada de feminismo.

(Cersei Lannister, en 'Juego de Tronos')

Es importante que las heroínas infelices no solo sean desdichadas quietamente, civilizadamente. Lo cual no significa, por supuesto, que las heroínas de Plath, de Woolf o de Wharton no puedan ser iconos feministas. Pero para revertir nuestro imaginario literario masculinizante, hacen falta figuras que, ante la injusticia y el dolor, también puedan reaccionar con furia, desplegando una cólera irracional como la de Medea.

O que directamente tomen la iniciativa, como Judith en plena batalla, y cercenen el cuello de su enemigo, en una escena brutal que el escritor surrealista Michel Leiris describía así:

"Judith, con una espada desnuda como ella en la mano derecha, cuya punta roza el suelo a muy poca distancia de sus dedos menudos, y cuya hoja ancha y sólida acaba de cortar la cabeza de Holofernes, que cuelga como un residuo siniestro de la mano izquierda de la heroína, con los dedos y los cabellos mezclados en un enlace atroz."

Más flagrante es el caso de Cersei Lannister, una de las protagonistas de la saga de Juego de tronos, cuyo autor ha definido explícitamente como una saga feminista. Con la adaptación cinematográfica, y el éxito que ha cosechado, Cersei se ha presentado ante el público como una heroína fuerte, violenta, fría y audaz, un personaje cruel y despiadado que ha terminado por convertirse uno de los más odiados de la serie.

(Cersei Lannister, en 'Juego de Tronos')

Sin embargo, como ha señalado Marta Roqueta, los espectadores despreciamos a Cersei por cometer los mismos actos que en sus pares masculinos consideramos honrados: su sexualidad es vista como un vicio y su venganza, injustificable y desproporcionada; sus manipulaciones parecen inmorales en un medio donde la doblez reina; además, es castigada por tratar de defender a los suyos, especialmente a sus hijos.

Cersei transforma su infelicidad en una furia destructora y se niega a aceptar su posición. Como la mayoría de los personajes masculinos que pueblan el libro, esta heroína estaría dispuesta a quemar los Siete Reinos antes que aceptar su derrota. Pero su rabia, aunque nos indigne, está justificada.

Y es precisamente la existencia de personajes como Cersei lo que reivindica Elizabeth Soski en su ensayo "La literatura necesita más heroínas cabreadas". Hablando de su propia depresión, Soski nos informa de lo importante que es tener referentes que encarnen y legitimen la rabia que sientes, modelos que te digan que toda esta irá que sientes estallándote dentro está bien.

Heroínas, en resumen, que demuestren que se puede hacer de la desdicha un compromiso para la acción: que el sufrimiento es también una actividad, una forma de desafiar aquello que los demás juzgan como bueno.

Heroínas, como Cersei, que nos permitan pensar que hay otras formas de infelicidad. Y que valen la pena.  


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