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Milo Yiannopoulos y los tontos con altavoces

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#HechosAlternativos: la actualidad comentada en un puñado de links que quizá te perdiste

Ricardo Dudda

24 Febrero 2017 17:06

Aquellos que no conocían a Milo Yiannopoulos lo han conocido seguramente esta semana. El periodista y provocador ultraderechista ha dimitido esta semana como editor de Breitbart (la web populista que dirigía Steve Bannon antes de convertirse en jefe de estrategia de Trump), la editorial Simon & Schuster ha cancelado la publicación de su libro, que ya había causado polémica, y el CPAC, una conferencia de republicanos y estandarte del conservadurismo estadounidense, ha cancelado el discurso que iba a conceder. ¿Por qué todo esto? Por un vídeo de hace años en el que hace unas declaraciones sobre la pederastia. Yiannopoulos piensa que la experiencia de tener sexo a los 13 años con un adulto mucho mayor es enriquecedora. En España, la edad de consentimiento sexual era los 13 años hasta 2015, cuando se subió a 16. En EEUU, en cambio, depende de cada Estado, pero nunca baja de los 16.


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Es sorprendente que los republicanos no hayan querido distanciarse de Yiannopoulos antes. Lleva años haciendo comentarios y escribiendo soflamas racistas, antisemitas, machistas, homófobas, transfóbicas. Quizá no es que se hayan dado cuenta tarde de lo horrible que es Milo. Es que no les parecía tan horrible hasta que salió el tema de la pederastia. El periodista Ryan Lizza entrevista a Milo en el New Yorker tras todo el escándalo, pero sus explicaciones no parecen convincentes: cae en el típico estereotipo de “tengo muchos amigos negros, pero…”. Detrás de ese pero siempre suele haber algo racista.  


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Uno de los argumentos de Milo es la libertad de expresión. Quiere romper tabúes, pero a toda costa. “Hago daño a la gente por una razón”, le dijo a Bill Maher en una entrevista que también causó polémica; muchos acusaron a Maher de ser blando con Milo. Esa razón, se entiende, es la lucha por la libertad de expresión. Para Milo, la izquierda se ha convertido en totalitaria y contraria a la libertad de expresión. Hace unas semanas unas protestas violentas en la Universidad de Berkeley, en California, impidieron que Milo diera una charla en el campus. En EEUU, la legislación contra la libertad de expresión es muy laxa. Solo se le pone límites si hay una incitación clara a la violencia. Por eso muchos piensan que no debería habérsele prohibido hablar, por muy imbécil que sea. En The Atlantic, Peter Beinart piensa así, y escribe que “si Berkeley impide a Yiannopoulos hablar porque es un misógino, ¿qué pasa si un grupo palestino invita a un orador que los conservadores consideran antisemita?”


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A muchos defensores de Milo no se les ocurre mayor defensa que el típico “cómo jode a los progres”. Su actitud no se juzga en sí misma, sino en relación a cómo afecta a la izquierda. Si le jode, está bien, aunque sea repugnante. Como escribe Daniel Gascón en Letras Libres, los trumpistas, en este caso los españoles, interpretan todo “según el enemigo íntimo favorito. Salvando unas distancias enormes, el mecanismo se parece al de quienes convertían a los terroristas de Al Qaeda en críticos de la globalización y el capitalismo.” Lo que importa no es que Trump sea un autoritario, sino que jode a los de la ceja (porque siguen obsesionados con Zapatero, sí). En un artículo en ABC, el columnista Hughes demuestra sus simpatías por Milo: “Nazi y pedófilo. Alguien a quien solo por hablar le llaman todo eso tiene mis simpatías instintivas.” También acusa a sus críticos de homófobos. La derecha solo se acuerda de las mujeres, los gays, los inmigrantes cuando le sirve para atacar a la izquierda. Pablo Iglesias es machista, pero solo lo mencionan porque es Pablo Iglesias, el machismo les preocupa menos.


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Muchos trumpistas defienden la libertad de expresión de Milo, pero les molesta la libertad de expresión de otros (de Guillermo Zapata y sus chistes, por ejemplo).  ¿Dónde establecemos los límites a la libertad de expresión? Es un terreno resbaladizo. En una sociedad occidental, comentarios homófobos o racistas son socialmente intolerables. Pero hay países donde se encarcela a escritores (aquí una entrevista con el escritor egipcio Ahmed Naji, encarcelado por una novela) por palabras malsonantes, referencias sexuales o simplemente por ser ateos. ¿Establecemos el límite en el supuesto daño creado? En ese caso, un fundamentalista cristiano o un racista podría denunciar a Europa Laica o SOS Racismo.


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En España, que tiene poca tradición de libertad de expresión, en los últimos años ha habido varios casos flagrantes y mediáticos de su vulneración: el caso de los titiriteros, los tuits de Guillermo Zapata o César Strawberry, los chistes de Carrero Blanco y la condena de cárcel esta semana al rapero Valtónyc por supuesta humillación de las víctimas del terrorismo e injurias al rey, entre otros casos más. ¿Qué ha pasado en España para que ocurra esto? Según Germán Teruel en un artículo en El Periódico, “se ha endurecido una serie de delitos como el de enaltecimiento terrorista o el que castiga el discurso del odio (racista, xenófobo…), dando pie a que se terminen sancionando los discursos por como “suenan”. Resulta preocupante la cantidad de condenas de la Audiencia Nacional a jóvenes por mensajes de Twitter que “suenan” a provocación terrorista o que “parecen” humillantes, sin que los tribunales enjuicien si los mismos han generado el más mínimo peligro o si verdaderamente han ofendido a una víctima.” Si no hay incitación o capacidad de ejercer la violencia, nadie debería ir a la cárcel o recibir una multa por un tuit, una canción o un chiste malo. Con la condena social basta. Milo es un gilipollas. Dejémosle hablar y no le hagamos caso.

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