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‘Mierda de Música’: los placeres culpables como nueva forma de distinción

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Una recopilación de ensayos reflexiona sobre los límites del gusto musical y el clasismo en el pop

víctor parkas

23 Mayo 2017 06:00

Hay gente con la que me he peleado por culpa de Carl Wilson. Hay gente con la que he dejado de hablarme por culpa de Carl Wilson. El año pasado, Blackie Books publicaba Música de Mierda, un ensayo en el que el periodista canadiense, sirviéndose de la figura de Céline Dion, firmaba un estimulante ensayo sobre nuestra concepción del buen y del mal gusto, el funcionamiento de nuestras aversiones musicales, y las razones de que fuésemos tan y tan jodidamente snobs.

Sí: Música de Mierda era un arma, y defender a Carl Wilson, en según qué círculos, significaba apuntarte con ella a la cabeza. Los detractores de Música de Mierda sostenían que Wilson, con su ensayo, no estaba diciendo nada nuevo. Y, bueno, tenían razón: Let’s talk about love, la versión original del libro, data de 2007. Dos-mil-puto-siete: cuando todavía llevábamos Converse All Star y pensábamos que Fluorescent Adolescent sonaría en nuestras bodas.

En 2007, cuando todavía no había estallado la crisis, ser indie era una forma de distinción, y escuchar la música de los otros no se contemplaba ni ‘acercamiento irónico’ mediante.

Así que no: puede que, revisitándolo diez años tarde, Carl Wilson no estuviese diciendo nada nuevo; aunque el cabreo y la bilis que generaba, joder, eso sí que lo era. Mala hostia nueva, sí, pero de sobras conocida: Indies, hípsters y gafapastas y Pequeño Circo, de Víctor Lenore y Nando Cruz respectivamente, habían generado, poco antes, una inquinia similar a la que despertaba Música de Mierda. Si había alguien dispuesto a hablar de amor en la escena indie, desde luego no se estaba manifestando.

Tres años después de Indies, hípsters y gafapastas, dos más tarde que Pequeño Circo y doce meses después que Música de Mierda, llega, sin que el orden de los factores altere el producto, Mierda de Música. Blackie Books, en este volumen, reúne a doce escritores que, mediante sus ensayos, dialogan una vez más sobre fobias musicales, clasismo pop y guilty pleasures inconfesables. “Una secuela del ensayo de culto Música de Mierda”, reza la pegatina de la portada, sobre la cabeza de Raphael.

Reacción instantánea: “¿Quién demonios la había pedido?”.

Nadie. De eso, Mierda de Música es tan consciente como lo son sus firmas; nombres tan preclaros como Marta Sanz o César Rendueles. “Paradójicamente, el elitismo cultural ha sido compatible con la ultrapolitización”, escribe César. “Aún hoy es mucho más probable oír hablar de desigualdad, cooperación o respeto a la diferencia en un museo que en un centro laboral”. O en un libro de Blackie, añadirá alguno maliciosamente. Lenore, en su panfleto, señaló a la editorial barcelonesa como parte de la hegemonía hípster; esto es: como parte del problema.

El tiempo nos cambia, ahora Wifly tiene un pitbull y Blackie Books no solo ha fagocitado el discurso de Indies, hípsters y gafapastas, sino que lo ha matizado, ampliado e incluso discutido. “Si millones de adolescentes bailan canciones machistas”, plantea Marina Garcés en el ensayo, “¿tenemos que aprender a valorarlo porque a pesar de todo es lo que les permite estar juntos a pesar de sus diferencias de origen y clase, es decir, porque les permite situarse en la órbita de la mayoría social?”.

“Lo que se ponía de manifiesto en la Rosa y el Medea”, dice Paul B. Preciado en el capítulo dedicado a la música de los bares lesbianos, “es que las canciones no existían por sí mismas fuera de una estética de la recepción”. Dicho de otro modo, pero del mismo que Preciado: “una canción es distinta dependiendo de quién la escucha”. Esa idea, obvia o no, sobrevuela buena parte de los capítulos de Mierda de Música. Mecano, Enrique Iglesias o Camela son, en definitiva, recipientes vacíos donde cada oyente arroja —y se arroja— como quiere.

Esto es: los artistas históricamente considerados como artistas de mierda, ahora, en 2017, pueden ser un símbolo de distinción tan válido como lo es escuchar a Throbbing Gristle, Teenage Fanclub o Goldfrapp. Solo hace falta una cobertura ideológica adecuada que los convierta, a la postre, en algo diferente a la visión que el resto tiene de ellos. En el artículo que abre Mierda de Música, Rodrigo Fresán se queja, por ejemplo, del acercamiento “cool-cult-modern-hipster-friki” con el que algunos indies consumen la música de Raphael.

Los artistas históricamente considerados como artistas de mierda ahora pueden ser un símbolo de distinción tan válido como lo es escuchar a Throbbing Gristle, Teenage Fanclub o Goldfrapp. Solo hace falta la cobertura ideológica adecuada

“Quieren un Raphael a su medida”, escribirá Fresán. “Y que los contenga”.

Raphael, según Fresán, solo tiene una medida, y es la misma que tienen Godzilla, Mothra y Gamora. Puestos uno encima del otro. El argentino, en su escrito, no está haciendo otra cosa que recoger la sincera devoción raphaelista de Margari, la madre de mi expareja, inmigrante andaluza asentada en el extrarradio barcelonés, y transformarla en una oda de 14 páginas apabullante y postmoderna.

Da la sensación, sin embargo, de que hay taras en dicha transformación: el canon del raphaelista que, para mí, representa Margari, no busca desmarcarse de, por ejemplo, aquellos que vieron a Raphael en el Sonorama. El raphaelista canónico es permeable a eso, porque, a diferencia de Fresán con El extraño caso del Doctor Raphael y Mr. Raphael, no necesita ser el otro del otro. No busca marcar distancias con el público indie, ni provocarlo. No hay nadie a quién provocar.

Lo que cabe preguntarse es, en cualquier caso, si entre el público indie (o post-indie) queda alguien a quién provocar; si hay tanta audacia en Mierda de Música como para que termine siendo lapidado por la misma ortodoxia hípster de siempre. Y no parece que vaya a ser así: activos como Carl Wilson —“vanguardia arrepentida de ser vanguardia”, según Garcés— marcaron un patrón tan extendido y asimilado a estas alturas que es difícil pensar en alguien escandalizado porque Raquel Peláez cantase Medias Negras de Sabina en Cuba.

Es significativo que Mierda de Música se cierre, precisamente, con el texto de Raquel Peláez: una pieza dedicada a los placeres culpables, en la era donde el término se ha resignificado hasta el punto de terminar convertido en una etiqueta con pedigrí propio. Ser fan de Roxette o serlo del krautrock alemán te otorga, hoy por hoy, el mismo grado de sofisticación —si lo eres de los dos, imagina. De la misma forma que el disck-jockey pasó de ser el más feo del guateque al más deseado, los fans de Marisol y Estopa también están comenzando a salir de ese ‘apartheid cultural’.

No es que se haya perdido la culpabilidad: es que se ha transformado en ostentación de lo kitsch.

Puede que ésa sea la clave: ostentación. Mierda de Música es llevar esclava de oro en una universidad privada. Es bajar las ventanillas cuando suena Cacho a Cacho y pasas con el coche por delante de un coworking. Es el público del MACBA escuchando a Angela Davis y es Nacho Vegas defendiendo su amistad con Andrea Levy. Mierda de Música, como parte de ese paisaje, quizás no provoque al indie de escuadra y cartabón, pero sí tiene potencial para generar debate. Aunque —y eso hay que celebrarlo siempre— no por las razones que imaginabas antes de leerlo.

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