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Asesinar a Margaret Thatcher, “poesía incluso en lo más nefasto”

Leemos 'El gran salto', de Jonathan Lee, un controvertido libro que ficciona el atentado contra Margaret Tatcher cometido por el IRA en 1984

" El temporizador 555.

La resistencia de 470K ohmios.

La resistencia de 5m ohmios.

El transistor PNP.

[...]

24 días,

6 horas,

6 minutos"

Éste es un poema de Dan, el protagonista de El gran salto.

Es lo que él considera un poema, porque Dan encuentra "poesía incluso en lo más nefasto". En este caso, lo más nefasto es la bomba de más de 50kg de explosivos instalada en la bañera de una habitación del Grand Hotel, de Brighton, donde en menos de un mes se celebrará la convención anual del Partido Conservador británico. 

Estamos en septiembre de 1984, y poesía es asesinar a Margaret Thatcher.

Pastoral irlandesa

Inspirada en el atentado ejecutado por el IRA, la novela de Jonathan Lee se propone ir más alla de la facticidad de los hechos para arrojarnos dentro de la cabeza de un terrorista. Por ello, leer la novela requiere pasar por un rito de paso: nos exige una iniciación. Igual que Dan, también nosotros debemos descubrir si seremos capaces de hacerlo, si seremos lo bastante machos.

" Los hombres sensibles y delicados nunca han cambiado nada".

El primer capítulo sirve de pórtico a un mundo hipermasculinizado y violento regido por una lógica marcial. Entrar en el IRA es perder la inocencia, aceptar que la muerte es al mismo tiempo moneda de cambio y propaganda, que no siempre es necesaria una justificación para arrebatar una vida.

Pero entrar en la novela también es perder la inocencia. Como lectores, somos sometidos al mismo juego al que se somete a Dan: la incertidumbre, la manipulación psicológica, el miedo.

Aunque nosotros, a diferencia de él, sabemos lo que va a pasar. Conocemos de antemano los derroteros de la historia. Somos conscientes que Dan es, en realidad, el Patrick Macgee histórico; que se convertirá en un destacado experto en explosivos del IRA; que colocará una bomba con un temporizador de larga duración; que estallará como estaba previsto, pero que no acabará con la vida de la Dama de Hierro, sino que, al contrario, la reforzará a nivel político; que en la explosión morirán cinco personas y otras treinta y cuatro resultaran gravemente heridas.

Sabemos que Dan será detenido, pero que no se arrepentirá.

Sabemos que Margaret Thatcher escapará milagrosamente. Que, involuntariamente, su jefe de gabinete le salvará la vida al impedir que vaya al baño, pidiéndole que firme un último documento antes de retirarse.

Sabemos que, tras evitar la tragedia, la primera ministra británica recordará que " el aire estaba lleno de polvo de cemento espeso: lo tenía en la boca y cubría mis ropas mientras trepaba sobre pertenencias deshechas y muebles rotos hacia la entrada posterior del hotel".

Sabemos que el atentado fallido ayudará a convertir a "Chocho de Hierro", como la llaman los terroristas, en una leyenda.

Sin embargo, todo este conocimiento no nos servirá de nada.

Será completamente inútil porque El gran salto también nos arroja dentro de la cabeza de las potenciales víctimas del atentado. Nos familiarizaremos con Moose, subdirector del Grand Hotel, y con la tumultuosa adolescencia de su hija, Freya. Todo este conocimiento pesará sobre nosotros y transformará, por efecto de triangulación, en un thriller inquietante lo que sobre el papel es una trama reposada y poco estridente.

De hecho, sorprenden los enormes paralelismos que unen la novela de Jonathan Lee con Pastoral Americana, de Philip Roth. En ambos casos nos encontramos con el retrato de un momento político convulso que se nos explica a partir de los efectos que un atentado con bomba tiene para una familia cuyo padre es un ex-deportista de élite y cuya hija se ve instalada en el centro de un huracán de tensiones sociales.

Con todo, El gran salto parece girar como un calcetín la trama de Pastoral americana y, en lugar de limitarse a explorar las consecuencias del atentado, nos quiere presentar el atentado en tanto que consecuencia. La pregunta es: ¿una consecuencia de qué?

Si se dedica a detallarnos las causas, a realizar una exploración minuciosa de los mecanismos sociales y psicológicos que llevaron al IRA a matar a cinco personas, ¿no estará peligrosamente cerca de justificar los hechos?

" Puede que la historia limpie la sangre y registre solo los resultados, pero eso no significa que la sangre no se haya derramado"

No existe el grado cero de la violencia

Decir que El gran salto aspira, en parte, a explorar las causas que llevaron al atentado, se parece a decir que hace aquello que se nos dice que no puede hacerse bajo ningún concepto: tratar de justificar el atentado.

Las atrocidades yihadistas han contribuido a convertir el terrorismo en una alteridad inconmensurable que no puede categorizarse en términos políticos. Hemos llegado a la conclusión que no hay noción que pueda capturar lo absoluto del mal que encarnan. Basta con escuchar la palabra "terrorismo" y ya tenemos toda la información. Podemos pintar el cuadro entero y vomitar nuestro juicio moral.

Asimismo, la etiqueta también se ha convertido en un arma arrojadiza, esto es, en un instrumento para estigmatizar cualquier práctica susceptible de atentar contra las bases del estado de derecho: no solo se usa para designar las acciones de grupos organizados y armados, sino que sirve como cajón de sastre para clasificar cualquier disturbio al que se quiera despojar de su valor político.

Precisamente, lo que pone sobre la mesa la novela de Jonathan Lee es que tras la etiqueta de terrorismo existe un tejido complejísimo de tensiones que impide hablar de una única causa, de un único motivo. Su narración cruzada impide que simplifiquemos la situación tras un maniqueísmo radical: buenos-malos, culpables-víctimas. 

El gran salto atestigua que la violencia explícita del IRA tiene su correlato en un historial de contraviolencias legítimas. Pero esto no quiere decir que la justifique. Ni siquiera que lo insinúe. Por el contrario, evidencia lo que afirmaba el filósofo francés Étienne Balibar cuando criticaba los métodos modernos de estigmatización de cualquier uso de la fuerza que no fuera estatal (es decir, policial):

"existen diferentes grados en la violencia que acompaña la formulación y la puesta en práctica de los ideales, pero no hay un grado cero. [...] No hay, pues, no violencia".

Si Milan Kundera dijo que el arte de la novela es el arte de la complejidad, con esta exposición de causas y consecuencias enredadas, Jonathan Lee hace honor a ese mandamiento. E incluso se permite, a través del narrador, teorizarlo de forma explícita, para evitar que el lector piense que la radicalización de Dan es únicamente el correlato directo de la injusta muerte de su padre a manos de la policía.

" A todos nos encanta contemplar un único motivo. Nos ahorra tener que pensar demasiado".

Nada es simple en el universo ficcional de El gran salto. Y hacer poesía de los detalles técnicos de la bomba que debía acabar con la vida de Margaret Thatcher es la menor de sus controversias morales.

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