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Macron, luz de mi vida, fuego de mis entrañas

Una discusión conyugal de San Valentín entre Emmanuel Macron, candidato liberal a la presidencia de Francia, y su mujer 20 años mayor, la profesora Brigitte Trogneux

—"Pienso en ti, tan tiernamente que no es posible que en este instante tu corazón no lo sepa", ¿qué te parece, Ma?

Brigitte Trogneux estaba sentada a la mesa terminando su desayuno y hojeando los periódicos del día cuando su marido, Emmanuel Macron, candidato independiente a la presidencia de Francia, entró en la cocina ajustándose la corbata.

—¿Qué es eso? —preguntó Macron.

—Son las cartas que le escribía François Mitterrand a Anne Pingeot, su lo-li-ta.

—Ah.

—De todos los artículos que hablan sobre nosotros, este es el que más me ha enseñado. Mira. No conocía el lado cursi de Mitterand, qué sorpresa.

—Ya, sí…

—¿Sí, verdad? Mira este: “Brigitte Trogneux, la 'cougar' que mira hacia el Elíseo”. ¿Qué te parece eso? ¿No es muy bueno? ¡La cougar! Ni siquiera sé lo que es una cougar, Ma.

—No sé, querrá de…

—Espera, espera. Mira este: “El candidato que se casó con su maestra de la escuela, veinte años mayor que él”. Mira qué foto. ¿Tan vieja soy?

—No, Brigitte, por favor, no empieces…

—¿Y una cougar? Toda Francia piensa ahora mismo que soy una cougar. No sé si he de sentirme halagada porque Francia entera está pensando en mí u ofendida porque lo que piensan de mí es que soy una cougar.

—No eres ninguna cougar, ya está bien.

—Gracias a Dios, Ma, eres todo un encanto. Pero quizá…

—Joder, Brigitte, ¿quieres parar ya? Siempre estás a vueltas con lo mismo. ¿Qué culpa tengo yo de lo que digan los putos periódicos?

—Debe de ser culpa mía entonces.

—De verdad, yo también estoy harto de toda esta mierda, ¿no lo entiendes?

—¿Tú? ¿De qué? Pero si tú eres el banquero-socialista-exitoso-joven-atractivo-la-esperanza-del-país. Mira. Lo dicen los periódicos. Aquí la culpable de que seas abuelo con 39 años soy yo, que soy una vieja y no soy Carla Bruni. Si fuera Carla Bruni sería otra cosa, ¿a que sí?

—Por favor, ¿quieres dejarlo ya? ¿Quieres dejar de echarme la culpa por todo? ¿Qué quieres que haga? Dime, venga, ¿qué hago? ¿Lo dejo? ¿Abandono? ¿Denuncio a los periódicos justo ahora? ¡A tomar por culo todo! ¿Es eso lo que quieres?

—No quiero que hagas nada. Solo quiero que me entiendas, que no te pongas a la defensiva, que muestres algún gesto por tu parte…

—¿Algún gesto por mi parte?

—Sí, algún gesto por tu parte.

Macron sacudió la cabeza. Su teléfono comenzó a vibrar, lo sacó del bolsillo y se lo puso al oído. Afuera llovía como pocas veces se había visto.

—¿Quién era? —Le preguntó Brigitte cuando colgó.

—Era Thomas… —la voz se le rompía, la mirada clavada cada vez más en el suelo— dice... dice que acaban de salir unas encuestas. Y que nos dan como ganadores.

Macron levantó la visa y sus ojos se cristalizaron. Ella posó la taza, se levantó con una sonrisa nueva y se acercó a su lado.

—Te lo mereces, cariño —dijo Brigitte.

Y entonces le besó en la mejilla, como una madre besa a un niño asustado. 

Y Macron rompió a llorar, desconsoladamente, la lluvia atravesando París, las ventanas y sus ojos.

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