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Laura Fernández: “Los escritores que nos hacen felices deberían tener un indulto y no morir nunca”

‘Connerland’, el nuevo libro de Laura Fernández, nos cuenta la historia post-mortem de Voss Van Conner, “un escritor de ciencia ficción ridículamente muerto”

Cuando abro Connerland; cuando abro el último libro de Laura Fernández, me pasa l o que siempre me pasa cuando abro un libro de Laura Fernández: tengo la sensación de que miles de burbujas se estrellan contra mi nariz. Bu rbujas de pastilla efervescente. Burbujas de Seven Up. Contra mi nariz, otra vez; como en El Show de Grossman. Como en L a Chica Zombie.

El Show de Grossman, mi último libro, terminaba con Robbie Stamp y Voss Van Conner conociéndose por primera vez, en un bar”, me recuerda Laura Fernández, con la que me encuentro, también por primera vez, en una bodega de Sants. “Después, en mi tercera novela, L a Chica Zombie, hay una discusión sobre quién es mejor escritor, si Stamp o Van Conner”, añade, sobre una discusión literaria que ha tardado cuatro años en zanjarse.

Cuatro años, 446 páginas y un título, Connerland, lo suficientemente diáfano para saber con qué resultado se ha saldado dicha discusión. O, cuanto menos, quién es el protagonista de la última novela de Laura Fernández: hablamos de Voss Van Conner, “un escritor de ciencia ficción ridículamente muerto” que regresará a nuestro mundo, o a un mundo parecido al nuestro, en forma fantasmagórica.

"Patrick Swayze no sabe actuar"

“Aunque en Connerland he volcado mi fascinación por el cine de los noventa, creo que Ghost es una peli sumamente ridícula”, opina Fernández. “Sobre todo, es ridícula por Patrick Swayze, al que bien podrían haber sustituido por un tronco. Pero mi auténtico problema con Ghost es que yo le veía unas posibilidades cómicas que la peli nunca llegaba a explotar: yo querría que Ghost fuese una historia centrada en Whoopi Goldberg y Patrick Swayze, con los dos hablando y yendo a probarse ropa”, añade. “Si Ghost fuese así, sería una película maravillosa”.

En Connerland, el rol médium-lazarillo de Whoopi Goldberg lo desempeñará Miranda, “una atractiva azafata aérea desesperadamente soltera” que será la voz de Voss Van Conner en el mundo de los vivos. En él, en Connerland, nos cruzaremos también, claro, con la mujer de Conner, el agente de Conner, el editor de Conner, la mejor amiga de Conner y, como no podía ser de otro modo, los fans, muchas veces enfrentados, de Voss Van Conner.

Connerland es una sit-com galáctica”, definirá muy bien Laura, “pero no porque ocurra en el espacio, sino porque tienes a unos personajes orbitando alrededor de otros que, en realidad, brillan tanto o más que los principales”.

"Cuando oigo las canciones de este EP, es como si estuviese dentro de la novela"

Sí: en Connerland hay muchos personajes, y en todos ellos Laura ha dejado un trocito, mejor o peor, pero definitivamente suyo. “Dependiendo de quién me proyecte, puedo ser una escritora ‘famosa’ como la Chrissie Catcher del libro, o una de culto como Robbie Stamp. Aunque también tengo cosas de Voss Van Conner. Incluso de su mujer, ya que mi pareja también escribe”, reflexiona Laura. “De una forma u otra, soy todos los personajes del libro”.

Incluso Beastie Pringsheim, el reportero cotilla de Connerland, tiene su eco en una faceta que Fernández ya dejó atrás. “Trabajé un tiempo como periodista de prensa rosa”, confiesa. “Me encantaba hacer de detective e ir en coche persiguiendo a, no sé, Chenoa. Aunque luego no le preguntase nada: cuando tenía la oportunidad de abordarla, pensaba ‘déjala en paz’. Después, le contaba a mi jefa que se me había escapado”, continúa. “Trabajando allí, creo que nunca llegué a preguntar nada a nadie, pero me lo pasé realmente bien”.

Connerland’ es un libro de Laura Fernández y, como en todos los libros de Laura Fernández, en ‘Connerland’ hay muchas cursivas, los personajes dicen ‘condenado’ y ‘demonios’ diez millones de veces, y hay (plop plop plop) muchas onomatopeyas

Más cosas supuestamente divertidas que Laura Fernández no volverá a hacer: escribir en revistas para teenagers. “Trabajé cuatro meses en Súper Pop y, aunque no me quise quedar en plantilla, también me pareció un trabajo muy divertido. Nos lo inventábamos todo. Éramos tres haciendo toda la revista, y solo teníamos un ordenador con conexión a Internet; había que hacer cola para usarlo, con lo que terminábamos inventándonoslo todo. ¿Una columna con siete cosas sobre Tom Welling? Le gusta jugar al billar; su color favorito es el rojo, por la capa de Superman...”.

“Como sabía que la revista tenía una influencia brutal en las jóvenes que la leían, intentaba meter títulos de libros en ese tipo de textos. Metía cosas en plan ‘su libro favorito es La Conjura de los Necios’ o ‘su escritor favorito es John Fante’, aunque fuesen datos falsos”, asegura esta novelista de ciencia ficción.

Esa falta de rigor, según cómo se mire, puede ser tomada también como una forma poco ortodoxa de servicio público, porque “los libros que te hacen leer en el colegio son un horror”, lamenta Fernández. “En esa época, cuando eres una esponja, si lo que te dan es mierda, vas sentir un rechazo instantáneo. Eso te empuja a buscar otras cosas; cosas que realmente te aporten algo”.

Por ejemplo, La Conjura de los Necios. Por ejemplo, Pregúntale al Polvo.

"Voss Van Conner es como Lindsey Buckingham cuando Fletwood Mac grabaron Rumours"

Pero de Pregúntale al Polvo ya se ha escrito todo lo que se podía escribir: aquí hemos venido a hablar de burbujas. Burbujas de Coca-Cola. Con vainilla. Porque Connerland es un libro de Laura Fernández y, como en todos los libros de Laura Fernández, en Connerland hay muchas cursivas, los personajes dicen ‘condenado’ y ‘demonios’ diez millones de veces, y hay (plop plop plop) muchas onomatopeyas.

“Me sale de forma natural escribir así, porque he crecido leyendo traducciones de Anagrama. Si vienes a mi casa, encontrarás muy pocos libros de autores españoles”, me explica, “aunque reconozco que eso no está bien”. También, un poco antes, se reconocerá fan de Manolito Gafotas. De Tres Sombreros de Copa. De La Colmena. Bueno: más bien del dramatis personae que, como pasa en Connerland, encontramos al final de La Colmena. “Había ciento y pico personajes en ese dramatis personae y me encantaba leerlo. La novela en sí me daba un poco igual, pero me molaba mucho la idea de que alguien hubiese creado a tanta y tanta gente”.

Hay influencias, eso sí, ya confesas en el propio libro; bien sea desde su fajín (Douglas Adams), su dedicatoria inicial (Kurt Vonnegut) o su solapa (Philip K. Dick). Todos ellos, como el escritor que protagoniza Connerland, están ridículamente muertos. “Con el libro, además de homenajear a esos autores, quería reflexionar sobre la posteridad; sobre por qué la gente solo acepta a los genios cuando éstos ya han fallecido”, dice Laura. “Yo, al contrario, creo que los escritores que nos hacen felices deberían tener un indulto y no morir nunca”.

"Este tema, originalmente, lo cantaban los soldados cuando iban a la guerra, en los años cuarenta"

Durante la hora que paso con Laura Fernández, hablo de casi todo lo que se puede hablar durante una hora con Laura Fernández. De Legión. De La Imbatible Chica Ardilla. De Fletwood Mac y de cómo Laura se imaginaba a Voss Van Conner con el físico de Lindsey Buckingham en 1977 (“mis editores me dijeron que nadie iba a entender eso”). De cómo escuchaba Now here’s my plan de Bonnie Prince Billy mientras escribía la novela, y también de cómo le habría gustado incluir un botón al final del libro que, al presionarlo, reprodujera We’ll meet again de Johnny Cash.

Durante esa hora, hablamos también de lo que hizo el finde anterior y, probablemente, de lo que hará el siguiente. “Mi pareja es igual que yo, así que lo que hacemos cuando salimos de casa es, básicamente, ir a tiendas de libros y llevarnos con nosotros a nuestro hijo Arturo”. Dice de su primogénito, al que bautizó así por el Arturo Bandini —ahora podemos decir que se ha escrito todo lo que podía escribirse, al menos aquí, sobre Pregúntale al Polvo “mi hijo mayor está cansado de que lo llevemos a Gigamesh. ‘Yo me quedo en la puerta, que estoy muy cansado’, nos dice siempre. Nos pide por favor que no nos pasemos dos horas mirando libros”.

De esas expediciones a Gigamesh, Laura vuelve a casa con un Arturo rendido y maravillas como King Kong Blues de Sam J. Lundwall bajo el brazo. “Me costó cincuenta céntimos y es una novela increíble. Retrata una sociedad en la que las bodas están patrocinadas por anunciantes y el protagonista, un looser, tiene que encontrar una modelo de sobacos para un anuncio de desodorantes; unos desodorantes llamados Delmak-O”. La marca, en Connerland, ha sido reciclada por Fernández no solo para dar nombre a la tercera novela de Voss Van Conner, Excursión a Delmak-O, sino como reivindicación, también, de todos esos escritores que, sin apenas audiencia a la que dirigirse, se dejaron la piel en la conquista de lo inexistente.

“En la contraportada de King Kong Blues, dicen algo así como que todas las generaciones han tenido su novela rompedora y, que si en los cuarenta fue 1984, en los setenta es ésta; la de Lundwall. Te la venden como la novela de toda una generación y eso me parece una maravilla”, termina Laura. “Me parece maravillosa la ingenuidad que tiene el género. Me parece maravillosa esa capacidad de darse una importancia que, muy en el fondo, sabe que no tiene”.

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