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Recordar a Kate Millett también es político

Ayer falleció una de las figuras más importantes de la segunda ola de feminismo, cuyo libro 'Política sexual' cambiaría la historia intelectual del s.XX

Ha muerto Kate Millett, la escritora, cineasta y escultora que, como anunciaba el New York Times en 1998, había cambiado el s.XX.

Ahora es fácil recordarla como un icono de la cultura contestataria de los 60, como símbolo de una revolución sexual —con su cara estampada en la revista Time tras declarar su bisexualidad— y reivindicarla como la visionaria que acuñó una expresión que ya sirve para casi todo: "lo personal es político".

Kate Millett es historia del feminismo, sí, pero parece que tendemos reducirla a una mera expresión de su tiempo, una nota al pie y una cita conmovedora.

En cierto modo, el éxito cosechado por las tesis que había presentado en su libro de 1969, Política sexual, terminaron por blanquear el potencial transformador de sus ideas. Como nos recuerda Alicia Puleo, ya en la autobiografía que escribió en 1974, titulada Flying, Millett advertía que "el lema revolucionario 'lo personal es político' terminó por transformarse en una preocupación obsesiva por la vida personal y en un dictado de normas estrictas sobre lo correcto y lo incorrecto".

¿Quién fue Kate Millet?

Nacida en 1934, en Saint Paul, Minessota, es considerada una de las principales pensadoras del feminismo de segunda ola e impulsora del llamado feminismo radical, el primer movimiento en teorizar el sexo como una categoría social y política.

Millet empezó militando en la National Organisation of Women de Betty Friedan, a finales de los años sesenta. Sin embargo, el origen del feminismo radical que ella ayudó a configurar debemos buscarlo en la reacción que se produjo en el marco de los movimientos contraculturales, resultado de la frustración política que vivieron las mujeres que participaban en organizaciones como el SNCC (Student Nonviolent Coordinating Committee) o el SDS (Students for a Democratic Society), dado que tuvieron que enfrentar los mismos prejuicios sexistas de siempre, viéndose condenadas a repetir la división del trabajo que regía en las demás esferas de la vida.

Como explica Puleo en su estudio sobre el surgimiento del feminismo radical, ni en los discursos más revolucionarios parecían encontrar acomodo las reivindicaciones sobre las leyes de porpiedad y divorcio, sobre la importancia de la información anticonceptiva y el aborto, una visión crítica sobre la institución del matrimonio o sobre los prejuicios sexistas que plagaban los medios de comunicación. Por ello, las revolucionarias publicaron To the Women of the Left, un manifiesto en el que llamaban a la secesión, y que terminaría siendo el origen de el New York Movement, organización feminista que se definía como anticaptialista, antirracista y en lucha contra la supremacía masculina.

Estas ideas terminaron por quajar en el libro de Kate Millett, Política sexual. Una obra que, emulando la metodología de la Escuela de Frankfurt, pretendía integrar crítica literaria, antropología, economía, historia, psicología y sociología. El objetivo era ir más allá del marxismo ortodoxo que predominaba en la academia, y entender que no solo las condiciones materiales (la infraestructura) determinaban nuestro pensamiento (la superestructura), sino que entre pensamiento y estructura socio-económica existía una relación bidireccional.

Por ello, Millett podía afirmar que "la revolución ha de trascender a la reestructuración política o económica mediante una verdadera 'reeducación y maduración de la personalidad'". Sin embargo, esto no quiere decir que la dominación patriarcal sea solo un estado psicológico, y Millet destacaba los determinantes fácticos -la soledad, el empobrecimiento, la privación sexual- que condicionaban a las mujeres.

¿Qué significa que lo personal sea político?

Convertido en un lema pegadizo, la idea central del feminismo radical llegó a permear nuestro sentido común. Que la política no solo podía encontrarse en los parlamentos y en el activismo, sino también en la esfera de las relaciones personales, parecía una idea aceptable por todo el mundo: apuntaba a la construcción política de lo social, una tesis que podrían encontrarse también en otras tradiciones de pensamiento que explotaron alrededor de los años sesenta.

Quizá por culpa del éxito que cosechó esta premisa, su repetición acrítica terminó por tapar lo que constituía la esencia de la obra de Millet, aquello por lo que transformó el pensamiento feminista: señalar que, si lo personal es político, se debe a que se encuentra regulado por el patriarcado, una estructura de dominación universal que se adapta a diferentes sistemas económicos y políticos.

"Si todo es político, nada es político" fue una idea que se utilizó para desacreditar aquellos que, como Millett, pensaban que las relaciones de poder se extendían mucho más allá de las instituciones. Sin embargo, el debate terminó por convertirse en una disputa acerca de la extensión de la noción de poder, en la que se dejó de lado la importancia de combatir el patriarcado como política sexual, como conjunto de estrategias para mantener el sistema de división entre los sexos.

"El dominio sexual es tal vez la ideología más profundamente arraigada en nuestra cultura, por cristalizar en ella el concepto más elemental de poder."

Para Millett, la opresión de las mujeres no era achacable simplemente al sistema capitalista, como pretendían los marxistas. Desde su punto de vista, estamos ante una forma de pensamiento arquetípica que puede encontrarse desde el feudalismo hasta el socialismo. No incurría en la asociación esencialista que ligaba el patriarcado con la biología masculina, pero si constataba una continuidad histórica que debía ser combatida.

Como explica Puleo, Millett también se vio influenciada por la lucha del black power y los movimientos anticolonialistas, que la llevaron a entender que el prejucio sexista es incluso más importante que el racial, ya que la dominación de las mujeres servía como "amortiguador" al proletariado, ayudándole a "soportar las bofetadas del sistema y promover un sentimiento de unidad masculina".

Kate Millett, más que un lema

Si queremos resumir su pensamiento en una sola afirmación, podemos decir que Millett defendió que toda revolución debería pasar por la abolición del patriarcado, dado que se trata del sistema de opresión sobre el cual se asientan todos los demás.

Por ello, no basta con quedarnos con el lema. Denuciar que el sexo reviste un caracter político era una novedad, y una novedad sumamente importante. Pero no debemos olvidar que esta crítica se producía en el marco de un trabajo teórico que tenía por objetivo repensar el heteropatriarcado como sistema de dominación, y que el legado crítico que nos deja Millet es mucho mayor que esa sola idea.

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