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Lit

El hombre que quiso recontar la conquista de América

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Recogemos un poema de 'Los cuadernos de la tierra' (Ultramarinos), el ciclo poético de uno de los escritores más grandes de Ecuador

Xaime Martínez

21 Febrero 2017 06:00

Más allá de una amplia antología de su obra publicada por Visor en 1998 y hoy descatalogada, en España no se había publicado nada de Jorgenrique Adoum.

Quizás por la desafección con que en España se ha recibido en demasiadas ocasiones la literatua latinoamericana, Adoum era un poeta relativamente desconocido en la Península a pesar de ser el "poeta nacional" de Ecuador.

El título de poeta nacional, que a menudo acaba señalando oscuras relaciones institucionales, no habla en este caso sino de la naturaleza de su obra y en especial de la de Los cuadernos de la tierra, que es precisamente el extenso poemario que acaba de ser editado en España por la editorial Ultramarinos.

El libro consta de seis volúmenes de poesía que Jorgenrique Adoum publicó entre 1952 y 1993 y a través de los cuales investiga sucesos tomados principalmente de la historia de su país: cómo fue conquistado por los españoles, cómo estos aculturaron y destruyeron a los pueblos indígenas, etc.

Hemos querido seleccionar uno de los textos de este libro de aliento épico y lenguaje renovador, que te hará pensar de otra forma cosas como la conquista de América, el sexo o el choque de civilizaciones: en suma, la vida.

EL ENEMIGO Y LA MAÑANA

[...]

III

"Habitaremos estas mujeres y otras

tierras".

              ¿Quién soy,

he preguntado, de dónde

me vino este ser guerrero sin derrota,

este destino de extender la luz

como una mano mojada de resinas?


¿Quién me entregó las llaves

de países lejanos, los pasaportes

orales, la tenaz contraseña de exterminio?

De allí regreso y en la noche

o la tranquila ancianidad , reviso

mis fantasmas: una cabeza sola, ese

alarido lleno de tierra y dentadura.

Ellos son mi único botín de oscuro

triunfador, mi biografía de gloria

y de tormento.


Recuerdo lugares como habitaciones

de costumbre, sin muebles ni húmedos

retratos; recuerdo una zona áspera, una

región que desgranamos y en cuyo suelo

no quedó sino el hueco en donde estuvo

el hombre, sólo la huella del talón

y la uña, sólo vasijas a las que cayó

arrastrando concubinas el idólatra,

sólo su sangre adelgazada a polvo.


Siempre hubo ese viento de vacío,

esa despoblación yacente, lo

desnudo, lo tocado por nosotros

como por el fin del mundo, siempre

el sitio del castigo a donde conducíamos

nuestra gran provisión de obedientes.


Extranjeros, familia de melancolía

numerosa, conquistadores

en silencio: mientras caderas

se nos ofrecían como odres de soberbia,

a vosotros os tocaba distribuir la silábica

moneda del idioma, reparar las costumbres

y los puentes, llorar -a cada uno- por su río

viejo, por su animal atado a un palo

antiguo.

             Así fuimos poblando

nuestro país de tristes. ¡Toca

en hueso, oh hueso puro, toca tu hábito

caído en lejanía, tu ausencia

instintiva de sonámbulo! ¡Recuerda

tu rebaño de montañas, senos

crueles sin vestido y de caricia

abandonada! Un año de abundancia

se avecina y yo celebro tratados

a base de una baraja de mujeres

como ídolos en préstamo. ¡Oye

un año de lluvias sobre el corazón!


A mi manera, también yo sufro de lugares:

suelo escuchar de pronto el mar, su orilla,

párpado en delirio, su rumor

de bestia que a sí sola se enamora,

su túnica de diosa desmayada

en las medallas mismas de su carne.

                                                    Perplejo

recogí su caracol atento y respeté

su inofensivo ídolo de escamas. Como

un resucitado, reconocí al punto sus maderas

llenas de vacío, y recordaba historias

y dialectos cuyo ruido fue el botín

oral de la victoria. «¿Me enseñarás,

si me obedeces, el secreto del ámbar,

tus sistemas, canales, regadíos? Si

dejo coronada de plumas tu cabeza, si

los pactos ratifico, ¿no caerás

en rebeldía, jefe amigo sin retórica,

jefe vivo por tu falta de orgullo?»


Y esa vez no hubo entre mis dedos

más olor a sangre que el de la sal

y la lujuria. Porque traíamos doncellas

destinadas a interponer su sexo

entre la furia de dios y nuestra

risa, su sexo entre el mes árido

y las aguas. Y trajimos, para

el Inca, nativas piernas niñas,

hasta anoche salpicadas solamente

de orina y de presagios...


Sí: yo hice esas batallas, yo fui

el verdadero recolector de territorios.

Cuando los sacerdotes descifran las anotaciones,

y en su lengua se vuelve oral el nudo,

han de encontrar mi nombre

confundido con el nombre de doscientos

mil.

     Ese era mi apellido.

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