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La poeta y pensadora Isabel Escudero ha muerto a los 73 años

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Ni viuda, ni acompañante, ni musa: ella era escritora

Xaime Martínez

08 Marzo 2017 16:00

Ayer, la periodista Lorena G. Maldonado publicaba un artículo en el que señalaba la enorme importancia de esas mujeres que acabaron desempeñando la tarea de amanuenses, ayudas de cámara y editoras de sus maridos, que fueron quienes pasaron a la Historia de la Literatura por sus escritos.

En muchos casos, las dinámicas sociales y el machismo imperante favorecen este tipo de relaciones y esta restrictiva visión del papel de las mujeres. Pero en otras ocasiones somos los propios medios de comunicación quienes acabamos opacando el trabajo de escritoras, traductoras o filósofas al poner por delante de su labor intelectual otras cosas: con quién estuvieron casadas, de quiénes fueron "eternas compañeras", "musas" o "amantes", etc.

Lo vimos en el caso de la novelista mexicana Elena Garro y lo hemos visto con la reciente muerte de Isabel Escudero.



Aunque muchos obituarios han recalcado que fue la mujer de Agustín García Calvo, Isabel Escudero, nacida en 1944 en Extremadura y fallecida ayer en Madrid, fue mucho más: una reconocida poeta, filósofa y experta en literatura popular.

A principios de los años 60 llegó a Madrid para estudiar en la universidad y ya se quedó para siempre. Allí fundaría la revista Archipiélago, empezaría a dar clases en la UNED, escribiría críticas de cine en diversas publicaciones y, sobre todo, se dedicaría a lo que más la apasionaba: la poesía.

En 1984 publicó su primer poemario, Coser y cantar, que tuvo un éxito insólito para tratarse de un libro de poemas. En él, parecía que la poeta ya había encontrado un tono definitivo y que había madurado largamente su voz.

Porque, claro, su voz provenía de una extensa estirpe de transmisores sin nombre: la de la poesía popular.

En esta misma vena ahondaría la mayor parte de su obra que, sin ser nostálgica de la literatura del pasado, era capaz de recuperar algunos rasgos de las canciones infantiles, de los cantares antiguos y de la sabiduría popular para mezclarlos con una voz vanguardista, emocionante y plenamente anclada en su tiempo.

En su primer libro, por ejemplo, escribía divertidos (y profundos) pareados como este:

En el Amor siempre hay una queja:

 PAREJA.

O coplas como esta otra, en que ya casi se presiente el sonido de una guitarra flamenca o de un pandeiro galego:

Amor, extraño desafío;

frente a frente dos cuerpos,

los dos vacíos.

Más tarde Isabel Escudero se interesó por la educación, que ella entendía como algo muy vinculado a los sistemas de transmisión del saber popular. En libros como Razón común = razón poética (1994) o Cancionero didáctico: Cántame y cuéntame (1997), Escudero proponía una anti-pedagogía, que se basaba menos en la Razón que tanto gusta al Poder y más en la intuición y en el conocimiento poético.

En 2002 publicó en Hiperión Cifra y aroma, una recopilación de los muchos poemas que había escrito desde la publicación de Coser y cantar, y sus coplillas, greguerías y adivinanzas volvieron a boca de todos (aunque tal vez nunca se hubieran ido).

Con sus cantares la poeta —que, sí, también fue la compañera de Agustín García Calvo, junto al cual escribió dos libros de filosofía política a finales de los 90— nos recordaba sin inocencia pero con verdad que lo maravilla reside en todas partes.

En lo cotidiano, en lo normal, en lo que no merece ni siquiera un nombre.

Y sus versos nos ayudan a encontrarla:

Buscaba el buen Gilgamesh

la flor de la maravilla:

esa retama amarilla

que te encuentras por doquier.







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