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Investígate a ti mismo (si te atreves) y desmonta a García Márquez

¿Te atreverías a contar en un libro tus trapos más sucios?

Las frases cursis falsamente atribuidas a Gabriel García Márquez y las que de verdad pronunció el escritor colombiano se entremezclan en internet como un revuelto de huevos podridos y jamón del bueno difícil de desmontar para evitar un empacho.

Una de las que sí son suyas, aunque podría parecer que no, se hizo famosa cuando publicó su enciclopédico libro de memorias Vivir para contarlo: "La vida no es —dijo García Márquez— la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla".

Esta sentencia, que encaja tan bien con la autocomplacencia de un gran escritor mundialmente reconocido ante su libro de memorias, contrasta con esta otra: "A primera vista, yo estoy tan poco cualificado para hacer el inventario de mi propia vida como el drogadicto de rastas pestilentes que pide dinero en el metro mientras canta Stand By Me". 

La segunda frase es del periodista del The New York Times fallecido en 2015 David Carr y pertenece a su atípico libro de memorias La noche de la pistola (Libros del KO, 2017). Por cierto, ¿cómo es posible que tardara nueve años, desde su publicación original, en salir la edición en español?

Carr recoge en el libro tres años de investigaciones sobre una persona a la que creía conocer muy bien —él mismo— y que resultó haber hecho cosas de las que nunca imaginó ser capaz. Las drogas, cuenta, han convertido su memoria en un manojo poco fiable de recuerdos imprecisos.

Pero, con o sin drogas, es probable que tu vida no se parezca tanto a esa gesta épica y benévola que crees que está siendo.

Porque, párate a pensar un momento: ¿Realmente aquella noche en la que ibas puesto de M y volviste a casa creyéndote un gran triunfador no fuiste más bien un acosador que robó besos y metió manos bajo faldas de chicas que te estaban rechazando? ¿Realmente fuiste tan generoso con aquel amigo de la infancia que enfermó solo porque lo visitaste dos veces en un año mientras se podría en la cama de un hospital? ¿Tienen tus discursitos de "yo nunca haría eso" o tu autopercepción de persona con valores inquebrantables alguna base empírica?

O: ¿fue realmente tu amigo quien empuñó una pistola aquella noche en la que ibais ciegos y la discusión se os fue de las manos? 

¿O fuiste tú, David Carr, quien lo hizo, aunque tengas la convicción de que no eres el tipo de persona que tendría un arma?

Esa es la pregunta que utiliza el periodista como punto de partida para la investigación sobre su propia vida, que incluye decenas de entrevistas y el repaso de sus historiales médicos en centros de rehabilitación y su ficha policial con sus antecedentes. Todo acaba en un disco duro de 19,3 gygabytes, "una cajita que sabía más de mí que yo mismo", según sus propias palabras en el libro.

Las memorias de Carr tienen material tóxico suficiente para convertirsen en una autobiografía no autorizada

Lo que en él se cuenta es una historia de superación despojada de épica, de cómo un drogadicto maltratador y explosivo se convirtió en uno de los periodistas más respetados del planeta. Y no solo se atreve a escuchar las versiones más crudas de sus caídas al pozo, sino que son esas narraciones las que van a inmortalizar para siempre su vida en este libro que seguramente perdure. Las memorias de Carr tienen material tóxico suficiente para convertirsen en una autobiografía no autorizada.

No hay una dura infancia de niño hecho a sí mismo en barriadas pobres que se entrega a las drogas en la adolescencia para huir de la violencia de un hogar desestructurado. Más bien un pequeño blanco de clase bienestante con la necesidad de sentir cosas diferentes todo el tiempo. 

Su recuerdo estereotipado de cabrón que corrompió a muchos otros en su época de drogas y agresiones no es fiel a la verdad, según los otros testigos a los que entrevista y que también tienen la sensación de haber sido una mala influencia para él. Tampoco lo es que su rehabilitación llegara milagrosamente al tener dos hijos con su mujer drogadicta y exnarcotraficante. Todos sus recuerdos están deformados por el tiempo y las drogas y, con la investigación, van tomando cierto color de verdad.

"Aun así, merece la pena conocer mi versión de los acontecimientos, aunque solo sea porque estuve allí", dice Carr. Para él, que aplica la duda periodística a la autobiografía, el "yo" es solo un testigo más en un libro de memorias y eso desmonta más la visión de García Márquez de la vida. 

No, la vida no es la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. Esa es la definición de memoria, con pinceladas de autocomplacencia. Si eso fuera así, la vida no tendría hígados secos y pulmones negros, porque nadie te los ha ido enseñando para que veas el crudo color de tus órganos y tus entrañas cuando fumas y bebes como un cosaco.

Para Carr, la vida también es arrancar esos pulmones y esos hígados y refregártelos por el rostro, dejarte la cara sucia al reencontrarte con tus monstruos frente al espejo, que es lo que hacen tus amigos, tus exnovias y tus historiales médicos cuando te has dedicado a meterte mierda por la nariz y en vena, a tener broncas con todos cuando vas puesto, a dar de hostias a un taxista o a tu exmujer y a robarle la custodia porque eres "lo menos malo, nada más" en la comparación que te muestra en un gráfico el yonquímetro de tu vida.

Ese historial de yonqui vividor, rebelde sin causa y talentoso periodista de sucesos da como resultado unas memorias que van mucho más allá de un recopilatorio de desastres contado por varias voces. Carr lanza también en el libro puñales y puñetazos cargados de verdad ácida.

Verdades como un ladrillo de cocaína "del tamaño de un libro" en casa de Anna, su exmujer traficante, que conseguía la farlopa "con el sello de la serpiente, directo del cártel de Medellín".

Verdades como: "Los yonquis normalmente no guardan las cosas en cajas, llevan las cajas sobre sus cabezas, de forma que no ven nada de lo que les rodea: el cielo, el futuro, la casa que está un poco más allá".

Verdades de centro de rehabilitación que desmienten tu autopercepción de tipo irresistible: "Tendría que trabajar en su personalidad pasivo-agresiva y su egocentrismo, así como sus problemas de sinceridad y compromiso. Pronóstico: Malo".

Verdades de un padre soltero en un mundo machista: " Cuando una mujer, cualquier mujer, tiene problemas con las drogas o hijos sin estar casada, y termina pasándolo mal como madre soltera, se dicen de ella muchas cosas: que es una zorra, una fracasada, una madre de beneficiencia. Una carga para la sociedad. Si es el hombre el que se encuentra en esas mismas circunstancias, se convierte en un príncipe: ¡Ved al hombre blanco que ejerce a solas de padre y, con un golpe de muñeca, hace también de madre!".

Verdades religiosas: "En mi propia historia de rehabilitación fue difícil evitar una dimensión espiritual. Cada día que me despertaba sin drogas estaba ante un milagro, y cada noche me acostaba agradecido".

E incluso alguna verdad reconfortante de un antiguo jefe que altera la versión que tenía de que le hicieron un favor readmitiéndote como periodista cuando intentaba rehabilitarse: "Asaltaste a tu profesión (...). Fue un ataque en toda regla. No hay otra forma de calificarlo. Tu ambición, tu energía y todos tus pasos estaban calibrados con sumo cuidado. No lo pareces pero eres muy ambicioso".

Verdades o medias verdades, al fin y al cabo, de un drogadicto que superó su adicción y su cáncer redimiéndose como padre más o menos ejemplar y brillante periodista que murió inesperadamente en la redacción de The New York Times el 12 de febrero de 2015 con 58 años.

Pero no es difícil que en sus memorias se vea reflejado cualquier mortal que haya tocado fondo, jodido a gente y levantado cabeza. Sobre todo, si ha tenido el valor de mirar a los ojos a sus enemigos más íntimos para que se lo cuenten sin los edulcorantes con que aliñamos nuestras autoficciones mentales.

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