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'Huckleberry Finn' es racista y por ello deberías leerlo

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¿Ha de prohibirse la lectura del clásico de Mark Twain por su contenido racista?

eudald espluga

15 Mayo 2017 17:54

Las aventuras de Huckleberry Finn es un libro racista. O al menos es lo que piensan quienes han pedido que su lectura esté prohibida en los institutos.

También lo cree Paul Moses, profesor de la Universidad de Chicago, cuyo testimonio es recogido por Wayne Booth en Las compañías que elegimos:

«Sencillamente, no puedo enseñar de nuevo Huckleberry Finn. La forma en que Mark Twain describe a Jim me resulta tan ofensiva que me enojo en clase, y no logro hacer entender a todos esos chicos blancos progresistas por qué estoy enojado. […] No, lo que objeto no es la palabra ‘nigger’, es toda una gama de prejuicios sobre la esclavitud y sus consecuencias, y sobre la forma en que los blancos deberán tratar a los esclavos liberados, y los esclavos liberados deberían comportarse o irían a comportarse con los blancos, buenos y malos.»

Incluso suponiendo que Paul Moses se equivoque y, de hecho, Huckleberry Finn simplemente escenifique el racismo latente de la sociedad decimonónica americana, ¿debemos censurar su lectura? ¿El mero uso de un lenguaje ofensivo es suficiente para bandear de las escuelas una de las grandes obras de la literatura universal? El problema es siempre el mismo: ¿dónde ponemos los límites?

¿En una construcción de personajes que se sirva de estereotipos, caricaturas y prejuicios?

¿En el hecho que el libro refuerce unas ideas éticas y políticas cuestionables desde una perspectiva racial?

Que la censura de libros es un tema delicado, ya lo sabemos. De hecho, la American Library Association (APA) acaba de publicar un top ten con los libros que más peticiones de censura acumularon en 2016. Y, oh, sorpresa: el motivo más repetido para exigir tal censura es la presencia de personajes LGTB.

Con todo, el caso de Huckleberry Finn no puede resumirse a un mero ejemplo de puritanismo moral. Lo que está en juego es la erradicación de un imaginario racista que sigue enquistado en nuestra educación liberal —y que se llega a perpetuar como racismo institucional—.

Sin embargo, como destaca Jonathan Church en un acertado artículo, no parece probable que la mejor manera de hacerlo sea a través de la prohibición de su lectura. Los libros no deberían ser censurados porque incomoden, sino que precisamente por ello deberían ser leídos.

Ya no se trata de la discusión entre una aproximación formalista a la literatura y una aproximación ética: se trata del hecho que la exhibición impúdica de estos estereotipos, caricaturas y prejuicios, mucho más que su ocultación, pueda dar origen a una discusión prolífica sobre racismo.

Desde una perspectiva educativa, tanto como desde una perspectiva política, parece mucho más interesante incomodar a los alumnos que mantenerlos aislados en la cómoda asepsia del reino de lo políticamente correcto. Que Huckleberry Finn nos ofenda y nos indigne y nos cabree es la razón por la que su lectura, lejos de ser prohibida, debería ser reivindicada.

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