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Honor, censura y robots gigantes: así sería el mundo si Japón hubiera ganado la 2GM

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Hablamos con el escritor de 'Estados Unidos de Japón' (Nova), la secuela espiritual de 'El hombre en el castillo'

Juan Carlos Saloz

22 Febrero 2017 06:05

Años 40. En unos barracones destartalados, dentro de una alambrada de espino de varios metros de altura, doce mujeres comparten una pequeñísima habitación. Una de ellas llora desconsolada mientras las otras le tranquilizan.

Tras una intensa jornada de trabajos forzados, la joven, de apenas 20 años, ha visto cómo los militares se han llevado a su marido. Es la primera vez que tardan tanto en devolverlo al campo de reubicación, así que se espera lo peor.

Desvencijada y tan llena de rabia como de tristeza, Kimiko, como otros tantos millones de personas, se pregunta cuánto más tiene que perder antes de que acabe la guerra. Pero, aunque pueda parecerlo, no está en Auschwitz, Varsovia o Jasenovac.

Está reclusa en California, y su único delito ha sido ser una americana de padres orientales.

En Estados Unidos de Japón (Nova), Peter Tieryas tiene claro que no solo los aliados sufrieron durante la Segunda Guerra Mundial. Como estadounidense nacido en Corea del Sur, lleva toda la vida escuchando historias, de ambos bandos, de personas que sufrieron en la Segunda Guerra Mundial.

Ahora, con la mochila cargada de un conflicto cuyas heridas parece que no terminan de cerrarse, se ha lanzado con una hipótesis que se repite una y otra vez en la literatura: ¿Qué habría ocurrido si las Potencias del Eje hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial?

Bajo un pretexto poco original, el imaginario de Tieryas muestra elementos revolucionarios para el género. En Estados Unidos de Japón no hay lugar para un sucesor de Hitler con su mismo carisma y simbolismo, pero sí para un Imperio Japonés con una tecnología muy superior a la actual.

En lugar de tanques, son “mechas”, robots gigantescos al estilo Mazinger Z, los que libran las batallas contra los rebeldes. Y, en lugar de smartphones, hay “porticales” con sistemas similares pero censurados hasta el más mínimo detalle.

Para saber más sobre esos Estados Unidos de Japón, en PlayGround hemos hablado con su autor. Estos son los secretos que nos ha desvelado:

Es imposible no ver similitudes entre El hombre en el castillo y Estados Unidos de Japón. ¿Hasta qué punto la novela de Phillip K. Dick fue una referencia para ti?

Durante mucho tiempo, estuve jugando con varias ideas sobre cómo podía explorar esa época. Fue entonces cuando me enteré de que uno de mis autores favoritos, Philip K. Dick, quería escribir la secuela de El hombre en el castillo. Desafortunadamente, entre lo que encontró durante su búsqueda, halló un material demasiado inquietante como para animarse a escribirla. De este modo, cuando escuché que no lo escribiría, tuve la idea de hacer una "secuela espiritual" centrada únicamente en el lado asiático de la guerra.

Como asiático criado en Estados Unidos, ¿qué visión crees que tiene la sociedad americana sobre Japón?

No puedo hablar en nombre de todos los estadounidenses, pero creo que la cultura japonesa ha conseguido sustituir cualquier rencilla que EEUU tuviera con Japón. Los videojuegos, los libros, las películas y el manga se han convertido en la representación de Japón en occidente. Esto ocurrió conmigo mismo. Las primeras historias que me motivaron fueron las narrativas de videojuegos como Final Fantasy o Phantasy Star de Sega.

Eso sí, existe muy poca información sobre lo que ocurrió en la guerra con el bando asiático. Para la mayoría de estadounidenses, no fue más que MacArthur contra el Emperador, pero hubo mucho más en marcha, incluyendo las fuerzas de la resistencia lideradas por países asiáticos.

Estados Unidos de Japón es ciencia ficción pura, pero su primera parte se centra en el sufrimiento de los orientales capturados por Estados Unidos.  ¿Quisiste reivindicar un bando que ha sido vapuleado hasta la saciedad?

Absolutamente. En la guerra, todo el mundo sufre. Leí relatos de quienes estaban en los campos de concentración japoneses, de lo que les ocurrió a los civiles y a los prisioneros de guerra encarcelados por el Imperio, de las horrendas bombas incendiarias lanzadas sobre las ciudades japonesas… Millones de personas fueron asesinadas en terribles circunstancias, así que no es justo decir que solo sufrió un bando.

Tuve pesadillas escribiendo este libro, ya que encontré documentos realmente inquietantes. Me despertaba lleno de sudor, perturbado por una historia que había leído o una fotografía que había visto. Comprendí por qué Philip K. Dick lo pasó tan mal escribiendo su secuela.

Aun así, en la novela analizas la sociedad japonesa desde puntos de vista tanto positivos como negativos.

He intentado plantear esta sociedad desde todos sus puntos de vista. La parte negativa nace más como crítica hacia el sistema autoritario, no a la cultura japonesa en sí misma, a la que tengo mucho respeto. Uno de los puntos que más me interesaban era retratar que la guerra solía ir en contra de los ideales tradicionales del honor del samurai.

Pero la historia está escrita por los vencedores, así que me parecía fascinante inclinar las perspectivas y escribir desde un ángulo diferente al que acostumbran las historias sobre la Segunda Guerra Mundial. Jugué con los prejuicios y las suposiciones, y después los retorcí. Y no solo para evocar emociones, sino para desafiar la forma en la que funcionan este tipo de historias.

De hecho, todos los personajes (y sobre todo el protagonista) tienen un lado oscuro que choca con sus propios ideales.

He intentado hacerlo tanto con los personajes como con los bandos a los que representan. Generalmente, hay un lado claramente malvado y otro que lucha por el bien, pero la realidad tiene muchas más ambigüedades. Los que luchan por el Imperio, por más que torturen y maten a gente por su ideología, creen que están haciendo el bien. Al mismo tiempo, los George Washingtons, los rebeldes que tradicionalmente serían los protagonistas, han sido ensombrecidos por el Imperio y empujados a extremismos radicales. Intentar incorporar todas esas perspectivas fue un gran desafío.

Beniko, el protagonista, es un personaje muy importante para Estados Unidos de Japón. Sin embargo, nadie reconoce sus méritos. ¿Representa, de algún modo, la humildad y el espíritu de trabajo duro de la sociedad japonesa?

En gran parte sí, ya que supieron reponerse de las heridas de la guerra sin llamar demasiado la atención. Pero, en general, me gusta incluir personajes marginados, personas que no están muy aceptadas por la sociedad. No siguen los mismos patrones reconocibles que los héroes que protagonizan estas historias, pero son los que empujan la sociedad hacia adelante. Si se piensa en todos los revolucionarios, sobre todo en un plano intelectual, son personas que nunca fueron reconocidas desde el principio. Einstein, Edison y hasta el presidente Lincoln son buenos ejemplos.

Un elemento que me ha llamado la atención son los mechas: robots gigantes que custodian las ciudades japonesas y simbolizan a la perfección la cultura pop nipona. ¿Por qué decidiste utilizar un elemento tan fantástico en una novela tan sobria?

Los mechas se presentan principalmente como un símbolo de la potencia y el poder definitivo del Imperio. Siempre aparecen de fondo. Hay un par de batallas de mechas, pero es un recurso orwelliano para representar que el régimen está siempre observando lo que sucede. Por eso los construí como una mezcla entre los súper tanques japoneses que querían desarrollar hacia el final de la 2GM y la estructura de un samurái que identifica al Imperio.

En realidad, son solo uno más de los tantos inventos revolucionarios que aparecen en los cuarenta años que das de margen después de ganar la guerra. ¿Por qué describiste a los japoneses como unos gurús de la tecnología?

No pensaba necesariamente que fuera una sociedad más avanzada tecnológicamente, solo diferente. Pero en El hombre en el castillo, por alguna razón, los asiáticos son muy inferiores a los alemanes, y es algo que no entendí nunca. Los japoneses siempre han tenido un ideal de honor y trabajo muy marcado, así que creí que sería lo más lógico. Además, así surgen los contrastes. Para que la biotecnología sea más avanzada, se necesita experimentar con humanos, algo que no está socialmente aceptado en nuestra sociedad pero quizás sí en la que planteo.

En la novela, este desarrollo también nace a costa de la censura. ¿Crees que, indirectamente, esto también ocurre en Estados Unidos?

Todo depende de cómo definamos la censura. Definitivamente, tenemos un sentido de la responsabilidad sobre lo que decimos y escribimos. Pero no es una censura directa por parte del Gobierno, y esto es lo que hace a EEUU tan grande, que tiene una gran permisibilidad con la creatividad. Eso sí, que no exista la censura directa no significa que podamos decir lo que queramos sin medir sus consecuencias.

Estoy contento de que se haya dado un paso más hacia la sensibilidad y la consciencia en el lenguaje. La gente lo calificará de ser demasiado “políticamente correcto”, pero las palabras pueden herir. Pueden ser racistas, machistas… y, por más que el que lo diga lo considere inofensivo, es profundamente hiriente. Creo que tratar de tener un diálogo más respetuoso es clave para convivir en una sociedad sana.

En la actualidad, después de varias décadas de tranquilidad absoluta, ha vuelto a surgir el miedo ante una posible nueva gran guerra. La llegada de Donald Trump a la presidencia ha acercado 30 segundos el Reloj del Apocalipsis a la medianoche. Y el ascenso de la ultraderecha en Europa también colisiona con una crisis de los refugiados contra la que pocos quieren hacer algo. ¿Piensas que ahora la literatura distópica es más importante que nunca?

Desde luego. Es importante reconocer el vínculo humano que compartimos todos y asegurarnos de que hacemos todo lo posible para que eventos como la Segunda Guerra Mundial no vuelvan a suceder. Vivimos en un momento complejo, pero ahora tenemos más armas que nunca para prevenir que no ocurran nuevas catástrofes.

La historia alternativa es un arma poderosa que te permite hacer una alegoría de la sociedad desde una perspectiva didáctica. Recuerdo que, cuando se publicó EUJ por primera vez, sentí un inmenso alivio, ya que dejé de sentir la carga de escribir una novela con la que pudiéramos mirar atrás y comprender de dónde venimos.

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