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Guía inutilísima pero curiosa para aprobar filosofía en selectividad

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Quizá si hasta hoy no has estudiado esto no te servirá para aprobar la selectividad... pero podrás procrastinar leyendo sobre Platón y Nietzsche

eudald espluga

07 Junio 2017 06:00

Decía Terry Pratchett que un filósofo es alguien lo bastante listo como para buscarse un trabajo en el que no haya que levantar objetos pesados. Y es cierto: a la filosofía la caracteriza su inutilidad aprendida, su impenetrabilidad a cualquier finalidad utilitarista —lo cual, reconozcámoslo, la acerca bastante a la procrastinación—.

Por ello, nada podría ser menos filosófico que escribir un manual de autoayuda para aprobar la selectividad. Una guía filosófica no puede ser una herramienta efectiva, sino que ha de seguir a Odo Marquard, quien veía en la historia del pensamiento occidental una venerable fábrica de metafísicas contradictorias que permitía mantener todas las preguntas abiertas.

Aquí no hablaremos de la teoría de las ideas de Platón, sino que explicaremos por qué esa teoría debería importarte y mucho. Discutiremos si Kant tenía razón en preferir la muerte de un amigo que a decir una mentira. Comentaremos las significativa parafília sexual de Descartes. Y también las bellas reflexiones de Aristóteles sobre la amistad.

Nada de todo esto te servirá para aprobar el examen, pero tampoco para suspenderlo. ¿O sí?

 1. Platón: la teoría de las ideas innatas es mucho más inteligente que tus bromas sobre ella


Lo primero que debes saber sobre Platón –y quizá lo más importante–  es que ya se han hecho todas las bromas posibles sobre el mito de la caverna. Todas. No cabe un meme más en internet. Que sí, que Platón fumaba porros y ha-ha el amor platónico y he-he-he el juego de palabras Platón/Cucharón. Basta.

Lo peor es que con tanta tontería lo más seguro es que todavía no entiendas la importancia de sus reflexiones. Conoces y eres capaz de articular todo el relato: las sombras, las llamas, la escapada, el sol, etc. Además, entiendes el correlato de la alegoría: las apariencias, el intelecto, el conocimiento de las formas puras. Pero todo el constructo te sigue pareciendo eso mismo: un castillo de naipes que, si bien puede tener algún valor metafórico sobre la persecución de la verdad, termina siendo una teoría estrambótica y algo innecesaria.

Pero para entender el sentido de postular todavía hoy algo tan curioso como la existencia de ideas innatas, piénsalo desde esta otra perspectiva: ¿cómo es posible que hayamos aprendido a hablar? ¿Cómo es posible que nadie nunca aprendiera el lenguaje?

Parece una pregunta tonta, pero situémonos en una situación de traducción radical. Eres un antropólogo que acaba de llegar a una isla recién descubierta, cuyos habitantes hablan un idioma absolutamente desconocido. Podrían ser perfectamente extraterrestres, por lo que no hay ningún intérprete que pueda hacer de puente. ¿Cómo aprender su lenguaje? ¿Cómo empezar a establecer traducciones?

Lo más fácil parece limitarse a empezar atribuyendo un significado a las palabras partiendo de la evidencia empírica, del entorno físico que nos envuelve. Es lo que podemos llamar la estrategia E.T: mi casa-teléfono, que consistiría en señalar un objeto e ir repitiendo una palabra para que nuestro interlocutor la asocie al objeto en cuestión. Tosco, sí, pero en nuestro imaginario parece que funciona.


Volvamos a la isla, entonces. Estamos frente al aborigen y aprovechamos que ante nosotros pasa un conejo para empezar con la traducción. Señalamos al conejo y gritamos: “conejo”. Él, con un gesto parecido, suelta: “Gavagai”. Nosotros señalamos otra vez el conejo y repetimos: “gavagai”. Y nos lo confirma: “Gavagai”.

Sin embargo, ¿qué nos hace pensar que cuando el aborigen dice “gavagai” y señala el conejo quiere significar “conejo”? Con su gesto también podría estarse refiriendo a un “estadio temporal de conejo”. O a la “conejidad”. O una “fusión mereológica de partes de conejo”. O a cualquier idea diferente de lo que nosotros entendemos habitualmente por “conejo” que no pueda distinguirse meramente señalando al conejo. Sin saber si compartimos los mismos conceptos (es decir, si aislamos los elementos de nuestra percepción siguiendo unos mismos esquemas), nunca podremos estar seguros de compartir unos mismos significados.

Este ejemplo, propuesto por el filósofo W.V. Quine, es interesante porque podría trasladarse al aprendizaje de nuestra lengua materna. ¿Cómo es posible que aprendamos a usar las palabras si no conocemos ya los conceptos a los que se refieren? Su punto está claro: si los conceptos deben ajustarse al mundo, no podríamos aprender nunca el lenguaje.

Pero eso es precisamente el problema al que las teorías de Platón pretender dar respuesta: no podemos aprender las ideas, estas deberían estar ya en nosotros. El innatismo no es una teoría extrañísima de alguien que vivió hace demasiados siglos. Es, de hecho, una hipótesis que algunos lingüistas importantes como Noam Chomsky siguen manteniendo todavía hoy.


2. Aristóteles: el mejor amigo


Aceptémoslo: Aristóteles parece el amigo aburrido de Platón. Por culpa del cuadro de Rafael, 'La escuela de Atenas', has terminado por imaginarlos juntos, paseando y señalando cosas en general: Platón teniendo ideas loquísimas, estimulantes, rompedoras, un genio de la creatividad, y a Aristóteles como el típico aguafiestas, el tipo sensato que piensa en las consecuencias de esas ideas y de lo inverosímil de su planteamiento.

Sin embargo, en este relato se acostumbra a olvidar que Aristóteles ha sido, junto con Montaigne, uno de los mejores teóricos de la idea de amistad. No es solo su distinción entre tipos de amistad (amistad por interés, amistad por placer y amistad por virtud), ya de por si enormemente interesante. El caso es que Aristóteles hace de la relación entre amigos el fundamento de la felicidad, hasta el punto de considerar que en importancia precede a la justicia:

la amistad es lo más necesario para la vida. Sin amigos nadie querría vivir, aun cuando poseyera todos los demás bienes; hasta los ricos y los que tienen cargos y poder parecen tener necesidad sobre todo de amigos; porque ¿de qué sirve esa clase de prosperidad si se la priva de la facultad de hacer bien, que se ejerce preferentemente y del modo más laudable respecto de los amigos?

En la pobreza y en los demás infortunios se considera a los amigos como el único refugio.

Los amigos se necesitan en la prosperidad y en el infortunio, puesto que el desgraciado necesita bienhechores, y el afortunado personas a quien hacer el bien. Es absurdo hacer al hombre dichoso solitario, porque nadie querría poseer todas las cosas a condición de estar solo. Por tanto, el hombre feliz necesita amigos.


3. Descartes: parafília de una racionalidad renqueante


Con el filósofo francés nos lanzaremos directamente a la piscina del chismorreo: se ve que a Descartes le gustaban las mujeres cojas.

Por supuesto, se trata simplemente de una habladuría, aunque lo suficientemente atractiva como para llegar hasta nuestros días. Sin embargo, debemos reconocer que hay algo de poético en el hecho que Descartes, que dedicó su vida y su pensamiento a una fundamentación racional del edificio del conocimiento, tuviera una parafília relacionada con la asimetría, con lo desigual, con lo irregularidad.

Estaríamos tentados de pensar en Descartes como alguien que gustara de todo lo contrario. Sabemos por sus textos de su pasión por la lógica, por el álgebra, por el análisis geométrico. Y es que hablamos del autor del Discurso del método, de alguien que ha pasado a la historia como el filósofo prototípico: un pensador sentado en la oscuridad de su sillón, alumbrando sus lecturas con la simple luz de una vela, trataba de desvelar los grandes misterios de la razón humana.

Y no, seguramente esta información no os va a servir para aprobar el examen de selectividad. De hecho, si os proponéis hacer una pequeña introducción biográfica del autor antes de pasar a discutir su escepticismo metódico, mejor obviad este dato. Pero lo cierto es que ahora ya no podréis pensar en el francés sin imaginarlo paseando ocioso por París, mirando de reojo y con deseo a la mujer renqueante que acaba de cruzarse.


4. Kant: perferir ser cómplice de asesinato, pero honesto, que un mentiroso


Si Descartes encarna el fuste torcido de la racionalidad, en nuestro imaginario Kant es la viva imagen de la rectitud moral. Todo el mundo conoce la anécdota: se dice de Kant que era tan puntual y riguroso con los horarios de sus paseos que los habitantes de Königsberg ponían los relojes en hora cuando lo veían pasar. 

En su actitud hacia la mentira, este rigorismo moral es llevado al extremo. Para el filósofo prusiano, la mentira no estaba nunca justificada. Nunca es nunca: bajo ningún concepto, ni para salvar la vida de alguien.

Pensemos en la siguiente situación. Estamos saliendo de casa y nos encontramos con nuestro mejor amigo, que viene corriendo y asustado. Nos cuenta que ha sido asaltado por un hombre que intentaba matarlo, pero que en el último momento ha podido zafarse. Nos explica que este hombre está persiguiéndolo y que ha venido corriendo a nuestra casa para esconderse. Pero, justo después que lo dejemos pasar, se presenta el presunto agresor y nos pregunta si hemos visto a nuestro amigo.

Bien, ¿deberíamos mentir? Según Kant, no.

Por un lado, para Kant no podemos mentir, tampoco en este caso, porque hacerlo implicaría violar el imperativo categórico: no podemos estar de acuerdo en hacer de la mentira una máxima universalizable. De hecho, hacer de la mentira algo universal es por sí mismo un contrasentido que violenta nuestra racionalidad: el engaño solo tiene sentido bajo el supuesto que todo el mundo, habitualmente, dice la verdad.


Por el otro, dice Kant, al mentir nos hacemos innecesariamente responsables de las consecuencias que se deriven de nuestra acción. Es decir: imaginemos que nuestro amigo, viendo que el asesino ya llegaba, y sin que nosotros lo supiéramos, finalmente se ha escondido en el callejón que hay junto a nuestra casa. Nosotros, por supuesto, mentimos para salvar a nuestro amigo, diciéndole al asesino que lo hemos visto marcharse por el callejón. El asesino nos cree, va hacia el callejón, donde, de hecho, lo encuentra y lo mata.

El rigorismo de Kant tiene muchos detractores, pero quizá la mejor respuesta al caso del asesino interrogante se pueda ofrecer incluso en términos kantianos. Elizabeth Anscombe señaló muy acertadamente que basta con cambiar el tipo de máxima que se esté universalizando, pues parece que todos estaríamos de acuerdo en que todo el mundo pudiera mentir si tal engaño persigue salvar la vida de alguien: se puede mentir y respetar el imperativo categórico.

5. Nietzsche: ¿por qué soy tan rencoroso?


Es difícil contar una anécdota de Nietzsche que no haya sido repetida mil veces: sus problemas con la institución universitaria, la relación con Schopenhauer, sus dolores de cabeza y, sobre todo, el final tormentoso de su vida con él abrazado a un caballo en Turín.

También han corrido ríos de tinta sobre su relación con Lou Andreas Salomé. Sin embargo, no es tan conocida la carta inflamada de odio que un despechado Nietzsche terminó enviándole:  

Que yo sufra mucho carece de importancia comparado con el problema de que no seas capaz, mi querida Lou, de reencontrarte a ti misma.

Nunca he conocido a una persona más pobre que tú.

Ignorante pero con mucho ingenio.

Capaz de aprovechar al máximo lo que conoce.

Sin gusto pero ingenua respecto a esta carencia.

[Si sigues sin ganas de estudiar, en este artículo puedes puedes leer el resto de la carta]

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