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La pesadilla de los niños que cruzan la frontera

Valeria Luiselli acaba de publicar 'Los niños perdidos', una investigación muy personal sobre los cientos de miles de niños que cruzan solos la frontera con los Estados Unidos y pueden acabar siendo violados, deportados y asesinados

1. Los números

Todas las narraciones, si se leen en profundidad, tratan de números. Por eso, quizás merezca la pena comenzar esta con algunos datos:

  • "Entre octubre de 2013 y junio de 2014, la cifra total de menores detenidos en la frontera México-Estados Unidos alcanzó de pronto los 80.000". Los números siguieron haciendo su labor. Entre abril de 2014 y agosto de 2015 fueron 102.000 los menores de edad que trataron de entrar en EEUU.
  • La mayoría de ellos provenía del Triángulo Norte de Centroamérica (El Salvador, Guatemala y Honduras) y huía de la violencia brutal de las gangas o bandas de criminales asociadas al narcotráfico.
  • " El 80% de las mujeres y niñas que cruzan el territorio mexicano para llegar a la frontera con Estados Unidos son violadas en el camino. Las violaciones son tan comunes que se dan por hecho, y la mayoría de las adolescentes y adultas toman precauciones anticonceptivas antes de empezar el viaje al norte".
  • Tan solo en seis meses de 2010 fueron secuestrados casi 12.000 migrantes (¿deberíamos decir refugiados?) en territorio de México.
  • Se estima que han desaparecido más de 120.000 personas que trataban de alcanzar el sueño americano desde 2006.

Las cifras construyen las historias, o tal vez sea al revés, o tal vez cifras e historias sean indistinguibles y formen parte de ese mismo lenguaje que nos permite hablar del horror.

Imagen: Red Política

En todo caso, de historias, de lenguajes y de números trata el nuevo ensayo de Valeria Luiselli, Los niños perdidos (Sexto Piso), una investigación muy personal que se adentra en un fenómeno de pesadilla: el de los niños que cruzan solos la frontera de los Estados Unidos.

Números como los que mencionábamos arriba son el sustrato sobre el que Luiselli ha armado un libro que avanza en dos direcciones opuestas e intercaladas: en primer lugar, la del viaje que Luiselli y su familia emprendieron al sur de los EEUU en 2014 mientras esperaban a que les dieran la Green Card (el permiso permanente de residencia) y durante el cual descubrieron las noticias de esos niños que tratan de dejar atrás una realidad marcada por la violencia extrema.

En segundo lugar, la de cómo la propia Luiselli, junto a su sobrina de 19 años, empezó a colaborar en 2015 como intérprete de castellano con diversas ONGs de Nueva York que ofrecían apoyo legal a los niños que llegaban del sur para evitar su deportación.  

2. El lenguaje

Valeria Luiselli es escritora y por ello Los niños perdidos no podía dejar de tener una densa carga de oficio literario.

No solo a un nivel más superficial —lo “cuidado” del estilo— sino también en lo tocante a estructuras y procedimientos: como quedó claro en la presentación del libro que tuvo lugar en La Central de Barcelona, dos de las principales preocupaciones de la escritora mexicana a la hora de componer el libro fueron típicamente literarias: el lenguaje y las historias.

El lenguaje da forma a nuestra realidad de una manera más violenta y definitiva de lo que pensamos, y por lo tanto una de las críticas fundamentales que Luiselli realiza en su libro es a los términos que se emplean en Estados Unidos a la hora de acercarse a las cuestiones de la migración y de los niños perdidos.

Imagen: Prensa Libre

Para comenzar, vale la pena reseñar que el estatus legal que recibe cualquier persona no estadounidense que reside en el país es alien, término que, si bien procede de una palabra latina que significa “ajeno”, tiene connotaciones que oscilan entre la ciencia ficción y la tragedia poscolonial.

Además, otras dos son las palabras que emplean los medios de comunicación y que Valeria Luiselli considera especialmente peligrosas: inmigrantes e ilegales.

La razón por la cual el adjetivo ilegal no debería aplicarse a una persona es evidente: nadie puede ser ilegal. Las acciones o los objetos pueden ser ilegales, pero no así la existencia de ningún ser humano: considerar ilegal a alguien implica despojarlo de su humanidad.

En cuanto al término inmigrantes, es quizá el que conlleva un uso más perverso. En primer lugar, porque inmigrante es aquel que va a otro país para ganar dinero. Y los niños que son llevados por un “coyote” a bordo de ese tren de la muerte que ellos llaman La Bestia no van a ganar dinero.

Van a reunirse con sus padres, con sus tías o con sus abuelos, que huyeron hace años de la pobreza, de las drogas o de los golpes de su país natal y que ahora, desde Nueva York, Los Ángeles o Boston, se endeudan y se gastan todo el dinero que han ahorrado en pagar a sus niños la posibilidad —improbable— de que acaben reuniéndose con ellos.

Imagen: La Prensa

Solo esto ya convertiría a los niños en refugiados, que es el término apropiado para ellos, pero si además tenemos en cuenta que el motivo por el que estos pequeños valientes acaban subidos a bordo de La Bestia (las maras que viven en guerra perpetua con el tejido social del Triángulo Norte) son en buena medida responsabilidad de los gobiernos estadounidenses, el componente de ironía trágica se acentúa.

Pero aun más importante que el lenguaje, como se ocupa de recordarnos Luiselli, son las historias de los niños, siempre iguales y siempre distintas. 

3. L as historias

 Los niños perdidos, según cuenta J.M. Barrie en su novela Peter Pan, son una tribu de chicos que está compuesta por bebés que se cayeron del carrito mientras la niñera no miraba.

Pero precisamente los niños perdidos con los que Luiselli habla a lo largo del libro son aquellos pocos que no se cayeron del tren, aquellos que consiguieron cabalgar a La Bestia el tiempo suficiente como para cruzar al otro lado de la frontera y entregarse a las patrullas anti-inmigración, las “migras”.

Estos niños pasan un (supuesto) máximo de 48 horas en las “hieleras” —centros fronterizos de detención para niños— y, si son reclamados por algún “guardián” familiar en alguna ciudad de los Estados Unidos, resultan enviados para allá.

Imagen: La Prensa

Si todo este viaje, que aparece jalonado por violaciones, deportaciones exprés, desapariciones y asesinatos, llega a buen puerto, la historia no ha acabado para ellos: entonces tienen que enfrentarse al complejo monstruo de la legalidad estadounidense.

En ese momento es cuando Luiselli, en su papel de traductora, entra en contacto con los niños y les hace un cuestionario para tratar de ver si poseen un “relato” que los pueda hacer merecedores de la condicion legal de “refugiados”: desgraciadamente, tras pasar por el tormento que supone el viaje al corazón de los Estados Unidos, muchos niños se encuentran con que su historia no es suficiente para justificar un “asilo político” o cualquier otro tipo de admisión legal, por lo que el sistema los acaba deportando a un lugar en el que nada ni nadie los espera.

De las vidas que cuenta la escritora mexicana, tal vez la más representativa (y sobrecogedora) sea la de Manu, un adolescente hondureño que se vio obligado a huir de Tegucigalpa después de que la mara salvatrucha (MS-13) trate de captarlo y la mara rival Barrio 18 lo persiguiera y acabese asesinando a su mejor amigo.

Metiendo en su bolsillo una inútil denuncia que había puesto meses atrás ante la policía de Honduras, Manu abandonó su país gracias a que su tía pudo pagar 4.000 dólares a un “Coyote” para que ayudase a su sobrino a cruzar la frontera a bordo del tren que cruza México y se adentra en el sur de EEUU.

Precisamente debido a la denuncia que Manu había puesto en Honduras y que guardó durante todo el viaje como un papel maltrecho y arrugado, el abogado pudo hacer un buen caso y conseguirle a Manu una Green Card.

Imagen: Exodus

No obstante, el drama no había acabado para el pequeño, y es aquí precisamente cuando la frase hecha “de Guatemala a Guatepeor” entra en juego: al ser admitido en un instituto de Hempstead, Long Island —donde vivía su tía—, Manu comprobó que había miembros de las maras MS-13 y 18 por todas partes, y fueron estos últimos los que acabaron por darle una paliza y arrancarle dos dientes.

En las palabras del propio Manu, “Hempstead es un hoyo de mierda lleno de pandilleros, igual que Tegucigalpa”.

Los problemas no acaban nunca para los niños perdidos. Porque su problema no es huir de San Salvador, de Ciudad de Guatemala o de Tegucigalpa. Su problema es un entorno increíblemente violento que los destroza una y otra vez, y ese entorno no es local sino que depende de complejas relaciones internacionales.

Las vidas como la de Manu, los golpes de Estado apoyados por Reagan, las deportaciones masivas de pandilleros y la guerra contra las drogas son únicamente pequeñas piezas de un puzzle mucho más grande cuyo dibujo completo pocos pueden imaginar.

Quizás por eso son especialmente importantes narraciones como la que entrega Luiselli en Los niños perdidos.

Quizá por eso el lenguaje, los números y las historias no sean inútiles del todo: nos ayudan a representar la realidad de otra manera, y a darnos cuenta de que el problema es mucho más amplio de lo que parecía en un principio.

Quizás gracias a ellas nos demos cuenta de que, en cierta medida, todos vamos subidos a bordo de la bestia.

Pero algunos se caen cuando la niñera no mira.

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