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Miguel Brieva: “Nos importa una mierda el futuro de nuestros hijos”

No es solo una recopilación de viñetas: 'La Gran Aventura Humana' es un arma cargada de futuro, sí, pero también de pasado y de presente. El nuestro.

Sostienes La Gran Aventura Humana y, más que un libro, más que un cómic, más que un lo-que-sea, sientes que tienes entre tus manos medio quilo de amonal. Es una sensación familiar para los fans de Miguel Brieva: desde que éste autoeditase el seminal Dinero, cada propuesta del sevillano proporciona a sus lectores la misma sensación de fascinación y peligro que suscita leer El libro de cocina del anarquista. O Roba este libro. O Helter Skelter.

O, casi mejor y más bien dicho, todo eso junto, a la vez, estallándote en las manos.

Si, en ocasiones anteriores, Brieva había publicado otras recopilaciones de su trabajo bajo la forma de un panfleto publicitario con aire 50's —todo sonrisas desencajadas e hipocresía de cartón piedra—, en La Gran Aventura Humana, un chute en el que el que se condensan diez años de trabajo, el humorista gráfico apuesta por un formato más cercano a la enciclopedia.

Si se prefiere, un volumen con descartes pesadillescos de Érase una vez... El hombre.

La Gran Aventura Humana son viñetas. Aforismos. Relatos. Ideas, enebradas y dispuestas con precisión. Pero, por encima de todo, La Gran Aventura Humana es un retrato, nunca suficientemente deformado, de nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. De nosotros. De los lectores de Brieva. De él mismo.

“Deberíamos juntarnos, en plan Alcohólicos Anónimos”, me dice Miguel, “porque nuestro problema, el de toda la humanidad, también responde a una adicción: adicción a unos hábitos malsanos”.

Más allá de recopilar los trabajos que has ido publicando aquí y allá, ¿que es para ti 'La Gran Aventura Humana'?

Es como cuando los geólogos hacen una cata del terreno, midiendo diferentes estratos de la superficie, para ver todo aquello que se ha ido acumulando en un lapso de tiempo específico. En La Gran Aventura Humana recopilo mis colaboraciones en diversos medios, pero también textos que hice para mí, sin la idea de publicarlos en un futuro. Cuando empecé, también fue con ilustraciones que se habían acumulado en cuadernos y que nunca había pensado publicar; Dinero surgió así. Si Dinero era hijo de la burbuja inmobiliaria en pleno subidón, La Gran Aventura Humana surge de su opuesto: la crisis; nuestro estado mental actual, en el que solo contemplamos que las cosas vayan a peor.

Aunque fueran dos escenarios distintos, la furia anticapitalista de 'Dinero' no se ha movido un ápice hasta llegar a tu nuevo cómic. ¿Por qué empiezas a convertir esa rabia en viñetas?

Yo hice Bellas Artes y, en algún punto, me di cuenta de que mis inquietudes se daban una y otra vez de bruces contra el sistema de reconocimiento artístico. Hacer un fanzine como Dinero, simplemente, me parecía más coherente que intentar hacer carrera en galerías y museos.

Como decías, el libro combina viñetas tuyas ya publicadas con aforismos, relatos y otro material en prosa. Me recuerda mucho a artefactos como 'Autopista' de Perich. ¿De qué cosas crees tú que bebe 'La Gran Aventura Humana'?

De Último Round de Cortázar. De la revista La Codorniz. De las enciclopedias de toda la vida, sin ir más lejos, pues son publicaciones en las que comparten espacio contenidos muy distintos.

¿De la publicidad, también? Creo que tu obra juega mucho con eso: con el lenguaje publicitario.

Pero es que ése es, de por sí, el lenguaje de nuestro sistema. Los publicistas son el equivalente a los curas en la edad media. El poder del púlpito, de la palabra convertida en carne, la proyección del mundo, todo lo que antes tenía la Iglesia, ahora lo tienen los medios de comunicación y los publicistas. Utilizan el contenido creativo para transmitir un mensaje único: consume y asume que este mundo es el único que hay. Yo, esa retórica, la utilizo para hacer una parodia; para decodificar ese lenguaje. Es como subir a un púlpito y hacer un anti-sermón; poner en evidencia las falacias del lenguaje publicitario.

¿Has trabajado en publicidad alguna vez?

Nunca. Alguna vez me lo han pedido, pero, por principios, siempre les he dicho que no. Se me ha acercado gente de ese campo, y siempre me ha dado la sensación de que en realidad no les gusta su trabajo. Ellos mismos son conscientes de que hacer publi tiene algo que no mola nada de nada.

Al principio de tu carrera, se te asociaba con eso que se llamó 'cultura del apocalipsis'. Recuerdo descubrir tu obra justamente leyendo un artículo en el que tu nombre aparecía junto a otros como Adam Parfrey, Grant Morrison o Chuck Palahniuk. ¿Te consideras 'apocalíptico'?

Para mí, el discurso apocalíptico no es guay. No mola nada; no me gusta. No me siento cercano a gente que de regodea en lo apocalíptico. A mí me gustaría que las cosas se arreglasen, y sentir que estoy haciendo todo lo posible para ello, así como motivar a los otros para que lo hagan. Teniendo una posición en la que contemplar el colapso del capitalismo como algo inminente, la sensación que tienes no puede ser que otra que la esperanza; la de ver ese colapso como una oportunidad de cambio. Hablar en esos términos no tiene por qué convertirte en un apocalíptico, un amargado o un agorero. La gente que, leyéndome, pueda pensar que soy un amargado, sí me parece que tiene una actitud apocalíptica, porque, con cada uno de sus actos, están participando de ese mismo apocalipsis; un apocalipsis del que luego no quieren hacerse cargo. Eso, para mí, es el más terrible de los nihilismos.

Y, en esa parodia de paisajes desolados, ¿dirías que tienes una actitud punk?

No, porque el punk vive en un estado mental de rechazo. Quizás tenía sentido en la época que apareció, en los setenta; pero, como casi todo, se acabó banalizando. Me siento más identificado con las subculturas de los años sesenta, en el sentido de que eran más propositivas. Puede que Dinero fuese más punk, pero, a estas alturas de la película, ni punk, ni ponk, ni pink: se nos está cayendo la casa encima. Hay que espabilar. Construir. Apuntalar. Las pataletas ya no aportan nada.

En cualquier caso, tu mensaje no deja de ser muy subversivo. ¿No es paradójico que hayas conseguido colarte en medios generalistas, como El País?

Aunque a veces sea más lo que se pierde que lo que se gana, creo que es importante contar las cosas a través de medios masivos. Es genial que discursos fuera de lo común lleguen a cuanta más gente mejor; lo importante es saber dónde estás y hacerte cargo de ello. El País es capaz de tener una línea editorial terrible y, a la vez, publicar día tras días viñetas de El Roto, que para mí es una inspiración permanente. Cosas así le otorgan prestigio a un medio. Y un lavado de cara, para que no los acusen de apostar por el pensamiento único.

'La Gran Aventura Humana' se divide en presente, pasado y futuro. El pesimismo sobrevuela todo el libro, incluida la última parte; es decir, la correspondiente al futuro. ¿Crees que estamos destinados a la catástrofe que pronosticas?

En el apartado del futuro, lo que hago en realidad es hablar desde el presente, y siempre fugando hacia algo positivo. Para mí, los límites no son negativos; lo contrario aboca a la infelicidad. Precisamente ahora que no tenemos límites es cuando nos encontramos al borde de la extinción. En la recta final del libro, me detengo a hablar de la sencillez, la lentitud, la educación, la sabiduría, la imaginación... Si comparas lo que yo propongo con el mundo actual, puedes ver claramente cuál de los dos es más siniestro. ¿Tú recuerdas a algún político en los últimos diez años que apele a esa frase hecha que siempre usaban antes? ¿Lo de “nuestra mayor preocupación es dejarle un futuro mejor a nuestros hijos”?

No me viene ninguno a la cabeza, no.

No lo dicen porque el telón de fondo es: “cambio cli-má-ti-co; nos-va-mos-a-to-mar-por-cu-lo”. El subtexto de no decir esa frase es: “nos importa una mierda el futuro de nuestros hijos y el de los que vengan detrás”. Si los políticos, que son unos mentirosos fundacionales, que está en su esencia mentir, no son capaces de pronunciar esa frase, ¿de verdad no hay motivos para el pesimismo? Enciende la tele y fúmate un canuto. Yo fumo canutos y los canutos me desdoblan, tío: si me pongo a ver el telediario fumao, al cabo de un rato es como: “¿Pero qué estoy viendo? ¿Qué es todo esto?”. Aunque sea de manera inconsciente, te das cuenta de que estamos empleando el 99% de nuestra energía en que todo vaya a peor.

¿Hubo algo que redujese ese pesimismo? El 15-M, por ejemplo.

El 15-M fue un hito, porque puso en cuestión al capitalismo como lógica. El capitalismo es lo más nocivo que hemos sido capaces de parir, y el 15-M vino para preguntarse qué fuerzas lo regían. Fue guay, porque hizo que la gente tomase conciencia. Y cogió sorprendidos a los militantes de toda la vida, porque todo ocurrió de repente. Fue como enamorarse: no sabes por qué, pero un día pasa. Sin estar planeado. Es un: “¿Pero qué cojones acaba de pasar aquí?”. Sirvió también para curar la ironía y el postmodernismo de mucha gente de mi generación. A mí, particularmente, no me cambió, pero si supuso un shock emocional y un subidón.

Entonces, ¿qué plataformas son aquellas que sí te proporcionan esperanza?

Hay miles de iniciativas a día de hoy. A nivel institucional, obviamente soy simpatizante de Podemos, porque es del único con el que podemos simpatizar los que apostamos por una ruptura de paradigma. Aun así, Podemos no va a solucionar nuestros problemas por arte de magia. Gran parte de la solución, si existe, está en cada uno de nosotros. Y en compartir nuestra experiencia con los demás. Así que, ¿una iniciativa? Cualquier grupo de personas que empiece a hacer cosas al margen de la macroeconomía; a generar comunidad; a fortalecer vínculos y a hacer cosas creativas sin gastar dinero... Son gente que está siendo parte de la solución.

Tú militas en una plataforma ecologista, ¿no?

En Ecologistas en Acción, sí. No soy miembro, pero estoy asociado y trabajo en su editorial. Tampoco me llamaría a mí mismo militante. No estoy manifestándome día sí, día también. Hay gente que sí lo hace, y esa gente es fundamental. En mi caso, yo lo que trato es divulgar ideas y hacerlas accesibles. Con creatividad e imaginación, tenemos que hacer una contraofensiva, para hacer deseable algo diferente a lo que nos hace desear la publicidad: en lugar de querer tener el coche más grande, querer tener, no sé, ¿amigos? Amigos de verdad. Y estar con ellos. Y reírte. Y compartir. Y enamorarte. Y hacer música. Eso es lo que nos hace felices de verdad.

Hablabas de “divulgar ideas y hacerlas accesibles”. ¿Crees que el humor es la mejor forma para ello?

En mi caso, hacer humor no es vocacional: lo hice, y lo sigo haciendo, como respuesta a un estado de emergencia y para explicarme cosas a mí mismo. A veces, sin embargo, creo que el humor tiene una función un poco sedante. Aunque es una herramienta brutal para poner en tela de juicio cosas que damos por ciertas, cuando excede lo personal, cuando se escala a nivel global, se convierte en una forma de espectáculo más. El humor, depende cómo, puede ser contraproducente y hacer que la gente se relaje; que esté todo el rato mirando estupideces en el móvil. Nosotros hacemos chistes como si estos fueran un ajuste de cuentas con la realidad, pero últimamente le doy muchas vueltas a si el humor puede ser realmente constructivo. Posiblemente, la naturaleza misma del humor sea la de devastar antes que la de construir. Quizás sea un arma de doble filo.

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