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Gonzalo Torné: "la mayoría de los columnistas españoles son propaganda"

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Una entrevista con el escritor Gonzalo Torné, que nos habla de masas enfurecidas, de adjetivos, de redes sociales y de su nueva novela 'Años felices'

Xaime Martínez

10 Febrero 2017 12:30

El de Gonzalo Torné es un caso infrecuente dentro de la escena literaria española.

Tal vez por su divertida manipulación de la tradición novelística (que usa como le viene en gana), por lo hondo de su propuesta y por la experimentación que subyace a sus textos, Gonzalo Torné se ha ganado un heterodoxo club de fans entre los lectores españoles y su narrativa se ha traducido con éxito a varios idiomas.

Los seguidores de la obra de Torné se verán satisfechos con su nueva entrega, Años felices (Anagrama), donde su juego con las expectativas de los lectores se lleva un nivel más allá.

El detonante de la novela es la irrupción de Alfred Montsalvatges, un joven y misterioso poeta catalán, en un grupo de amigos neoyorquinos.

Ambientada en un Nueva York casi fantasmagórico, Años felices describe cómo se forja un grupo de amigos —con todos los tópicos que ello conlleva— pero también cómo este implosiona una vez que empiezan a revelarse las pequeñas traiciones, las relaciones de poder y el pasado del encantador Montsalvatges.

La poesía, las redes sociales, la política y la pérdida de la juventud son, de hecho, algunos temas de los que desde PlayGround quisimos charlar con el autor. Esto fue lo que nos dijo:

Años felices está ambientado en Nueva York, pero es un Nueva York irreal, como soñado. ¿Por qué esta vez te has llevado tan lejos a tus personajes?

En primer lugar, porque había hecho ya dos novelas en Barcelona y estaba cansado. Decidí situarla en Nueva York, pero al ir avanzando me di cuenta de que en parte la novela era un experimento social: cogemos a 5 chicos y chicas que lo tienen todo para ser amigos, y ver qué pasa, a ver si hay alguna contraindicación. Y como hay la famosa de Hegel (“los años felices son páginas en blanco en el libro de la Historia”), la idea era sacar de Nueva York todas las referencias históricas, y ya puesto pensé que era como el país de las hadas. Todo tiene un aire abstracto, los barrios están inventados y los ríos corren al revés.

En la novela siempre hay una tensión política o social: Kevin viene de una familia judía de clase baja, las hermanas Rosenbloom de la clase media y Harry Osborn III es un heredero adinerado. ¿Siempre hay política en la literatura (o literatura en la política)?

Yo distinguiría “política” de “sociedad”: la política es la construcción de lo común, es decir, una actividad, mientras que lo social es un condicionante dado. En la novela está fuera la política, es como si no existiera, excepto cuando se explica por qué Alfred está ahí y cuando empiezan a decepcionarse los unos a los otros.

Pero la tensión social sí que está siempre presente porque la gente pertenece a un sitio y eso no me gusta sacarlo. En ese sentido es una novela social. Yo creo que también es una novela política, pero la respuesta es un poco más larga. No sé si te interesa.

 Sí, claro.

A mí no me gusta abordar los problemas políticos directamente. No escribo novelas de denuncia, pero sí intento comprender aspectos políticos (desligados de las trifulcas entre partidos).

La pregunta política que yo me hago es: ¿hay alguna contradicción entre los valores de la amistad — la solidaridad, el trabajar juntos, el amor difuso que hay entre los amigos— y los valores que se nos venden cómo valores de éxito, que requieren un cierto grado de egoísmo?

Esa es la pregunta política del libro.

Pero estas “trifulcas entre partidos” tienen muchas veces un componente literario, ¿no? Y una repercusión directa sobre la literatura que se está escribiendo.

Sí, por ejemplo, yo no entiendo cómo los escritores ingleses todavía no han escrito sobre esto: cuando Boris Johnson le lanza el órdago a Cameron sobre el Brexit, y resultó que los dos eran colegas de Oxford, del mismo equipo de debate, de mismo equipo de rugby. Dos coleguillas que se jugaron la honrilla a la ruleta rusa de sacar a un país de la Unión Europea.

Toda situación política puede tener una lectura literaria. El final de Rita Barberá es muy literario.

De hecho, la batalla entre pablistas y errejonistas en el seno de Podemos —entre los amigos íntimos Pablo Iglesias e íñigo Errejón— presenta muchos paralelismos con la progresiva desintegración del grupo de amigos que narras en Años felices.

Yo intento escribir sobre personajes concretos, no sobre situaciones universales. Pero las reglas del deterioro de la amistad que están expuestas en la novela se pueden aplicar al caso de Podemos, y al de cualquiera.

Los partidos políticos son los peores sitios de mundo para hacer amistad, porque los elementos de ambición están tan presentes que hasta tienen nombres: se llaman cargos. Entre amigos se puede esconder más eso, pero cuando estás en un partido, no.

Parece que ahora en el mundo anglosajón está de moda la literatura hispana: pienso en escritores como Patricio Pron o Alejandro Zambra. ¿Hay novelistas subiéndose al carro de lo hispano para vender libros? ¿Hay una necesidad del escritor español por “emigrar”?

La categoría es buena para los escritores españoles porque nos permite un espacio de aterrizaje en EEUU y también es espantosa porque es un disparate absoluto. No tiene ningún sentido pensar que todos los escritores de todos los países latinoamericanos tienen algo que ver en sus propuestas.

Lo que circula, en general, es una literatura de estilo internacional: fácil de traducir, con unos referentes americanizados o muy folclórica. Es decir, si es un escritor colombiano, hay narcos; si es mexicano hay mariachis y si es español, no diré que hay toros, pero sí cosas de tono español.

Yo me siento súper incómodo en todo esto, pero por una simple rebeldía de escritor: a mí me gustaría ser lo más idiosincrático posible.

En cuanto a los narradores que has dicho, Zambra es muy bueno, no encaja en la categoría y lo traducirían aunque fuera chino. Hay otros que quizás circulen más por eso, porque son fáciles de traducir. Tampoco me parece que sea muy importante que te traduzcan o te dejen de traducir. No creo que sea una garantía de éxito o de calidad.

Pero sí es cierto que es donde está el sustento. Muchos escritores necesitan ser publicados fuera de España porque aquí el mercado es muy pequeño, ¿no?

Es verdad que hay editoriales americanas que suponen una entrada de dinero, pero hay otras  que tampoco te creas que... A mí me hace mucha ilusión estar traducido a otro idioma y ayuda a que tenga lectores en otros sitios, pero no creo que uno pueda escribir pensando en eso.

Como empresa económica, es como tirar un escupitajo al mar. Las posibilidades de que te traduzcan son muy azarosas, uno no puede ponerse a escribir pensando en que lo traduzcan. Aunque estoy seguro de que lo hace mucha gente [risas], pero me parece un plan de vida muy suicida.

Volviendo a Años felices, ¿por qué te decidiste a dejar un gran grupo editorial como Random House para irte a Anagrama (en la que por cierto, ya no está Herralde)?

Para los de mi generación no hay que dar muchas explicaciones para que a uno le pueda hacer ilusión estar en Anagrama. Yo estuve en Random súper contento hasta el último día (y si no lo diría). Pero creí que podría estar un poco mejor en Anagrama por motivos variados, y estoy contento con el cambio.

En tu novela hay una gran presencia de temas literarios: Harry y Alfred intercambian constantemente opiniones sobre poesía, Claire se ríe de su padre por estar obsesionado con las novelas rusas... ¿La literatura está siempre presente en la vida? ¿La literatura nos dice algo de ella?

Este libro es deliberadamente literario. Me hacía gracia tener una novela con dos poetas y hay bastantes chistes literarios. La relación entre literatura y vida es constante y diaria. No veo absolutamente ninguna diferencia. Esta oposición entre leer y vivir para mí es vivir y ver la tele. Los libros que me interesan son los que están muy pegados a los problemas vitales, la lectura es una compañía de la actividad mental y física que supone vivir.

Es verdad que en Años felices hay bastante mención literaria decorativa, sobre todo en dos escenas muy artificiosas, pero luego hay mucha literatura metida dentro de la narración, pero para mí no hay ninguna distancia.

En general, las personas que leen están más vivas que las que no leen.

Claro, porque en la novela caben dos posibilidades de interpretación: que la literatura es algo inmanente, distinto a la vida; o bien que toda la literatura que se menciona tiene una influencia en la vida o le da forma...

Cuando dicen que la literatura no cambia el mundo es mentira. Cualquier persona que haya leído ha cambiado su mundo. Lo que no cambia son las estructuras o superestructuras. No por leer van a volar los coches o va a cambiar el sistema de producción neoliberal, pero la vida de cada uno por supuesto que cambia. De hecho es la máquina de transformación más sofisticada creada jamás por el hombre. Nadie que lee un libro  importante sale igual, y ese es el objetivo de los escritores: agarrar un ratito al lector por la camisa. Más no, porque sería vampirismo.

Uno de los referentes que siempre se mencionan hablando de tu narrativa es Javier Marías, y quería preguntarte qué te parece esta deriva enloquecida que está tomando últimamente en sus columnas, que casi lo hace indistinguible de Pérez Reverte.

Desde hace unos años no lo sigo mucho como articulista. No por nada sino porque me lo reservo. Cuando tiene cuatro  años acumulados me los leo, así que de los últimos 4 no sé.

Sí que leo los ecos del telele post artículo. Yo no lo voy a defender como novelista sino como articulista. Por ejemplo, fue uno de los primeros en denunciar la corrupción sistemática del PP y la ineptitud del PSOE mientras compañeros suyos de generación, como Antonio Muñoz Molina, descubrían que en Nueva York había teatros con fondos públicos.

Marías ha tenido una valentía y un arrojo combinados con cosas... Él es muy bernhardtiano, por lo que le gusta mucho la hipérbole. Luego tiene una cosa un poco ridícula, que es que se hace el macarra, cuando es un señor de Chamberí y eso queda raro.

De los últimos artículos, algunos he leído y son un poco... Pero no sé, me parece una figura siempre interesante.

Sobre Pérez Reverte, cada uno tiene los amigos que tiene. Sí me parece que esta generación no entiende que en las redes hay gente muy valiosa y muy inteligente con derecho a replicar. Ellos todo lo entienden como un insulto y eso crea un choque.

Pero es importante que los intelectuales distingamos: no es lo mismo Marías que Pérez Reverte, no es lo mismo Marías que los de la prosa cipotuda. Marías puede ser un novelista patinando y los demás son patinadores estrellándose por hacer una metáfora deplorable.

¿No estás de acuerdo con la prosa cipotuda, con periodistas como Antonio Lucas o Manuel Jabois?

No los he leído. No tengo ni idea. Me hizo mucha gracia el artículo. Yo usaba ya el término “extremo centro”, pero en otro sentido. El de estas posiciones de consenso, supuestamente de centro, a favor de la Transición, que en el fondo son muy de derechas y expresadas en términos muy conservadores y muy agresivos.

Antonio Lucas es ininteligible. No lo puedo defender más allá de que no entiendo nada de lo que dice. Es la opacidad pura.

El problema es que los columnistas se toman totalmente en serio las cosas que decía Pla sobre el adjetivo. Hay un vídeo en el que empieza a decir tonterías, riéndose del presentador: “cuando no sé qué hacer, fumo un cigarrillo y pienso el adjetivo”. ¡Un tío que ha escrito 36.000 libros cómo va a estar liando un cigarrillo y pensando el adjetivo! El columnismo español es una cosa muy pedestre, con el adjetivo y otras preocupaciones castellanoleonesas.

Es verdad que la mayoría de columnistas españoles tienen una función dentro del ecosistema literario, son propaganda. El otro día yo preguntaba en broma por qué no ponen un anuncio, un anuncio en el que digan lo que quieren decir.

Pero claro, el discurso, aunque sea expresado por un memo, cala más que una imagen. Si anuncias “Venezuela, Podemos” no tiene el mismo efecto que si tienes a 36 replicantes haciendo malabares. El discurso es atractivo, y sale más barato.

La reiteración machacona es para lo que sirven los columnistas mientras buscan el adjetivo y lían el cigarrillo.

Antes comentabas que muchos columnistas no saben aceptar las críticas que vienen de las redes, pero ¿qué piensas de las críticas que se han hecho en las últimas semanas precisamente a esos poetas que nacieron en las redes?

Son dos fenómenos distintos: uno es la réplica (el escritor tiende a despreciar todo lo que no viene de una columna de la misma envergadura de la que viene él) y lo otro es el fenómeno de lo que surge en la red, que es un fenómeno de incomprensión de los internautas.

¿Como la otra cara?

Claro. Los internautas —sé que no se dice internautas, pero lo hago para hacerme el antiguo— tienen que aceptar que su trabajo puede ser juzgado. Todo es muy extraño. De la misma manera que los escritores tienen derecho a juzgar lo que hace cualquier escritor consagrado, cualquier crítico tiene derecho a valorar lo que sale de las redes.

Lo que sí que es completamente absurdo es hablar de las redes e internet como si fuera la programación de un canal de televisión. Hay que empezar a verlo como un país, como un mapa de Alemania donde hay muchas tribus y mucha gente. No se puede decir “Twitter arde” o “En Twitter están haciendo...”. Es una tontería: no existen Twitter ni Facebook.

¿Y cómo interpretas el apoyo de los poetas de la experiencia clásicos (García Montero, Benjamín Prado, Joan Margarit) a estos poetas?

El fenómeno no me parece ni bien ni mal. Habrá que ver lo que apadrinan. Pero si los poetas de la experiencia leen a los jóvenes poetas tan mal como leyeron a Gil de Biedma, no hay duda de que los poetas que estén apadrinando serán espantosos.

Yo leí Años felices —no sé si tú también la pensaste así— como una bildungroman, una novela de aprendizaje en la que los jóvenes se descubren a sí mismos. ¿Acaba esta juventud siempre en tragedia, en desencanto?

Yo no diría tragedia. Hay una cierta separación con las ideas que uno tenía de joven de lo que iba a ser la vida. No es trágico y casi no es ni negativo. Uno empieza a imaginar la vida adulta con una mente que no tiene ni puñetera idea de la vida adulta. Hay personajes desencantados jóvenes, pero también hay una señora de 80 muy contenta que dice que “el corazón siempre está empezando”.

La idea del crecimiento constante, del trauma, es totalmente falsa. Esta idea del fracaso porque uno “se desvía” me parece una tontería. En la novela hay una rebeldía contra eso: los personajes cambian de objetivos y no se decepcionan, sino que decepcionan a sus yoes pasados.

Estoy totalmente en contra de la autoayuda, pero estoy a favor de la rehabilitación y del cambio (aunque “cambio” es una palabra que no se puede usar porque está pervertida).


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