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¿Es posible ser de izquierdas y vestir bien, Mr. Bernard Shaw?

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Una conversación fantasmagórica con el polémico autor de 'Pigmalión', ganador del Nobel de Literatura y Óscar al mejor guión adaptado

Xaime Martínez

12 Diciembre 2016 06:02

Vegetariano, barbudo, feminista, socialista fabiano, escritor de obras de teatro que incomodaban y fascinaban a la burguesía de todo el mundo, admirador de Benito Mussolini y (sobre todo) de Josef Stalin, crítico de música, solterón casado, especialista en fonética, seguidor acérrimo de Henrik Ibsen, convencido defensor de la función didáctica de la literatura, enemigo íntimo de G.K. Chesterton... Ah, y hasta 2016 la única persona en tener un Óscar y un Nobel a la vez (acaba de ser alcanzado por Bob Dylan).

Así fue George Bernard Shaw, el polémico dramaturgo irlandés. De él se dijo que era el autor teatral en lengua inglesa más importante después de Shakespeare y, sin embargo, apenas ha sido traducido en España.

I

Hace unos días, me encontraba vigilando Barcelona desde lo alto del parque del Putxet cuando empezó a llover. Un par de adolescentes estaban subidos en la azotea de un edificio abandonado y tocaban la guitarra. Las gotas no los rozaban, hacían un curva rara cuando descendían sobre ellos, así que pensé en la lluvia como una variación de la enfermedad mental. 

En cualquier caso, bajé rápido de la colina y me senté en la terraza cubierta de un bar castizo —que a pesar de todo tenía la carta en inglés. Entonces saqué la reciente edición del Pigmalión (Ediciones Cátedra) de Bernard Shaw de mi mochila y esperé a que me trajeran un café.

Esta obra, escrita en 1912, es posiblemente la más conocida de su autor, no solo por el éxito que tuvo cuando se llevó a escena, sino por sus posteriores versiones cinematográficas: en 1938 se estrenó la película homónima, que le mereció a Shaw el Óscar al mejor guión adaptado, y en 1964 se estrenó el musical My Fair Lady, protagonizado por Audrey Hepburn y también basado en la obra del escritor irlandés.

Era extraño que nadie hubiera salido a atenderme todavía. Llevaba un tiempo sentado en la silla de metal. La mesa era un ojo de araña que reflejaba 77 veces el ejemplar de Pigmalión que tenía entre las manos y del bar llegaba una luz cambiante y el ruido de la televisión. En algunas ocasiones creía ver una sombra tras la curva en L que hacía la barra al fondo del local.

Finalmente oí una voz que decía: “se pide dentro”, y a continuación alguien depositó frente a mí un café con leche. No dije nada, a pesar de que quería un cortado.

La obra —subtitulada irónicamente A romance y basada en el mito clásico de Pigmalión y Galateatiene como protagonistas a la pobre vendedora de flores Eliza Doolittle y al profesor de fonética Henry Higgins, quien intentará enseñar a la primera a hablar inglés como si fuera una duquesa para ganar una apuesta a su amigo, el coronel Pickering.

Bajo esta estructura de melodrama burgués, el socialista Bernard Shaw dispone una serie de críticas muy inteligentes al sistema patriarcal, al elitismo de la sociedad británica, al alfabeto inglés...

Llevado por sus ideas gradualistas —que no buscan el camino revolucionario, sino el de la reforma democrática— Shaw trató con Pigmalión de desmontar desde el interior el género romántico. Como si su obra de teatro fuera un caballo de Troya con el que introducir algunos de los problemas que Ibsen planteaba en Una casa de muñecas, Bernard Shaw escribió una pieza en la que la heroína no se subyuga al héroe, sino que se empodera totalmente.

Al final, Eliza habla como una duquesa, pero se niega a mantener una relación amorosa o profesional que la subordine a Higgins. Decide casarse con un personaje menor que aparece en la obra, Freddy Eynsford Hill, un noble arruinado a quien Doolittle puede mantener (lo que la sitúa en una posición de fuerza improbable para una mujer de la época).

Sin embargo, la mayoría de las representaciones teatrales de Pigmalión y adaptaciones cinematográficas evitaron el final más o menos abierto de la obra original y decidieron que Eliza tenía que casarse con su “salvador”, es decir, con Higgins. Y así revertían la deconstrucción del cuento de Cenicienta que había tratado de hacer Shaw.

Esto fue lo que llevó al dramaturgo irlandés a escribir un epílogo en el que aclaraba cuál era el futuro de Eliza Doolitte (casarse con Freddy), pero cuyo efecto fue nulo. Las adaptaciones siguieron haciéndose de acuerdo con la moral burguesa, y las ideas de Bernard Shaw nos llegan filtradas por el glamuroso musical de los años 60.

En cierta medida, la historia editorial de Pigmalión me preocupó.

Sentado en aquella terraza, en lo que parecía el portal de un edificio de viviendas en mitad de la ronda del General Mitre, refugiado entre cascadas de agua que caían en la calle, me puse a pensar, preocupadamente, en el pop.

¿Es posible hacer pop y crear algo significativo ideológicamente? ¿Es posible reventar el sistema desde dentro?  ¿Es posible escribir un melodrama comercial que guste e incomode a los burgueses al mismo tiempo? ¿Es posible el anti-pop? ¿Es una contradictio in termini? ¿Quiero de verdad reventar el sistema?

En resumen, ¿es posible ser de izquierdas y vestir bien, Mr. Bernard Shaw?


II

No sé si hice alguna de estas preguntas en voz alta, pero en ese momento alguien contestó desde el interior del bar. Supe que era el mismísimo George Bernard Shaw.

No sé a qué señor Bernard Shaw te refieres. ¿Al post-mortem, al viejo de 94 años que murió en un  2 de noviembre o al hombre de 56 que escribió esa maldita obra que tienes entre las manos?

Disculpe, Mr. Shaw, trataré de ser más concreto...

No te preocupes. En realidad, sospecho que no te importará demasiado quién hable mientras consiga entretenerte hablando de la manera que me ha hecho famoso.

Hombre, si usted lo dice. Pues en primer lugar, me gustaría preguntarle sobre su trayectoria política. Tuvo cierta cercanía al primer marxismo, pero pronto se acercó a los socialistas fabianos. De hecho, escribió su manifiesto y fue uno de los máximos responsables de la Sociedad Fabiana (que acabaría creando el Partido Laborista, que usted no obstante rechazó).

En esta época, defendía la idea de “permeación” de Webb: la mejor manera de alcanzar un estado socialista es infiltrando personas e ideas en partidos políticos preexistentes.

Sin embargo, al final de su vida se desencantó con movimiento el fabiano, y empezó a simpatizar con las maneras dictatoriales de Mussolini y Stalin, de quien llegó a decir que era “un caballero georgiano”.

¿Significa esto que un estado mejor solo puede alcanzarse con la violencia? ¿Debería dejar el folk y dedicarme al death metal?

Te contestaré con alguna de las frases que me atribuyen en Internet: la humanidad se cansa pronto de todo, sobre todo de lo que más disfruta. La moda de los dictadores ya ha pasado, se han hecho miles de películas y la humanidad está muy cansada. Así que cambiemos de tema.

Pero entonces, ¿ha dejado usted de ser el político optimista que retrataba Chesterton? ¿Se ha convertido en un apocalíptico?

Las ideas son como las pulgas, saltan de unos a otros pero no pican a todos. La política es el paraíso de los charlatanes, así que ya te imaginarás que las pulgas se mutiplican con facilidad.

Yo no diría que dejé de ser optimista, pero sí que me picó alguno de los bichos que pululaban en la época de entreguerras. Ya estoy curado, no te preocupes.

¿Qué le parece la situación de la mujer en estos tiempos? Usted, como protofeminista, luchó en numerosas ocasiones a favor de la igualdad de derechos, pero ¿hemos mejorado algo en ese sentido?

No sé muy bien qué quiere decir el proto  de protofeminista, pero sí. La obediencia simula subordinación, lo mismo que el miedo a la policía simula honradez.

Ahora, con todo este debate sobre la corrección política lo que hay es un montón de gente que ha visto deslegitimado su pensamiento cafre. Obviamente, la propia existencia de la corrección política implica que el estado feminista ideal no ha sido alcanzado, y que hay un cierto nivel de hipocresía por parte del poder.

A pesar de ello, creo que la situación ha mejorado mucho.

También fue usted famoso por su vegetarianismo, que en la época era mucho más infrecuente de lo que es hoy. ¿Le parece que la popularización del vegetarianismo —y su mercantilización— le han restado capacidad subversiva? ¿O, por el contrario, es un proceso incluso deseable?

Mira, Xaime, te diré sencillamente que los animales son mis amigos... y yo no me como a mis amigos. Los domingos vamos a la Iglesia y oramos para tener más amor y paz y a la salida nos atiborramos de los cadáveres de nuestros hermanos.

Mientras seamos tumbas vivientes de animales asesinados, ¿cómo podemos esperar una existencia ideal sobre nuestro planeta?

Por supuesto, el capitalismo está en proceso de absorber el vegetarianismo, como también ha absorbido (en parte) las críticas del marxismo sin que eso haya supuesto la desaparición de la oposición política.

Si volviera a la vida, Mr. Shaw, ¿se haría Twitter para discutir con sus trolls? ¿O se haría un usuario en Forocoches?

Nunca te pelees con un cerdo. Los dos os ensuciaréis y además al cerdo le gusta.

Y una última pregunta: ¿libro en papel o libro digital?

Siempre hay peligro para aquellos que lo temen. Plantear el debate es ya tomar una posición, así que te diré que la cuestión me resulta bastante indiferente: los soportes de lectura han cambiado constantemente a lo largo de los siglos.

Al final, el rechazo al ebook no es por motivos literarios, sino económico-editoriales.

¿Qué hombre inteligente, si le dieran a elegir escoger entre vivir sin rosas o vivir sin berzas, no correría a asegurar las berzas?


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