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“Mi trabajo es el más peligroso del mundo: soy el que censura cadáveres en tus redes sociales”

Una historia de terror sobre la cantidad de cosas inhumanas que ven a diario los moderadores de contenidos de las redes sociales que más usamos

Estoy desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde.

Cinco días a la semana viendo el mismo tipo de imágenes en el ordenador. Los otros dos días viéndolas repetidas en la memoria. Detrás de los ojos. Como una interminable película que cambiase de pantalla pero no de guion.

Pensaba que los primeros días serían los más duros. Y en cierto modo así lo fue. Desde que me he acostumbrado al terror, lejos del rechazo que al principio sentía, aparece en mí una especie de inquietud por sumergirme en la depravación de esas escenas casi fílmicas.

De pronto, me convierto en uno de esos hombres decapitados, en la suicida a quien no le basta la muerte (sino que busca el espectáculo perfecto de la muerte), en el degenerado que sodomiza animales, en la madre de uno de esos niños a los que fotografían perfiles falsos.

Nos llaman moderadores, pero eso no deja de ser un eufemismo. Cada vez que la denuncia de un usuario de la red social llega a mi buzón, el corazón se me apaga. Entro en trance, pincho en el enlace y trato de desenfocar la vista para no ver los detalles de la publicación y evitar que se me grabe la escena a fuego en la retina.

Pero la mayoría de las veces es imposible.

Ya he perdido la cuenta de los compañeros que han tenido que cambiar la oficina por la consulta del psiquiatra. Y sé que pronto será mi turno.

Siempre se oyen voces extranjeras, rasgos muy lejanos, lugares inhóspitos en los que me resulta imposible imaginar mi vida.

Sin embargo, lo de esta mañana ha sido diferente.

La foto de ese cuerpo mutilado sobre la cama la había subido mi padre.

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