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Corea del Norte tenía un plan secretísimo para crear el peor parque temático

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Pero algo, o mejor dicho, alguien, les hizo fracasar #FICCIONES

Diego Álvarez Miguel

27 Junio 2017 19:31

Me lo habían dicho: “Ten cuidado”, “no hagas preguntas”, “limítate a hacer tu trabajo”, “si te preguntan, di que no les entiendes”, “deja que el embajador responda por ti”, “no hagas ningún gesto irrespetuoso”, “no se te ocurra señalar a nadie ni a nada”…

He leído que dentro del coche diplomático la ley es diferente, que una vez que me monte en el coche de la comitiva, la ley es suya y pueden hacer conmigo lo que quieran. He leído que me podrían matar alegando cualquier estupidez.

La dirección de la comitiva está formada por tres hombres grandes y un embajador más bien pequeño. Los cuatro con la cara plana y redonda, como un pan blanco. Tipos importantes. O al menos eso parecen.

Los cuatro me miran, pero parece que no me ven.

Las instrucciones son claras: conduce. Conduce hasta el sur. Conduce hasta Benidorm. Llévalos a Terra Mítica. Después hasta Marina d’Or. Sigue las instrucciones y acepta cualquier petición.

Se suben al coche callados, sin cruzarse una sola palabra. Pienso en cómo me van a matar. Me dirán sal por ese camino, para en un lugar escondido, apéate del coche, ponte de rodillas, y sonará un disparo que no llegaré a escuchar.

Lo pienso mientras recuerdo la voz de mi mujer, la de mi jefe, no hagas preguntas, limítate a hacer tu trabajo, no se te ocurra…

—¿Qué tal el viaje? —les pregunto.

El embajador me mira y me sonríe. Me dice que bien. Después vuelve la vista hacia adelante y hace un gesto como para que nos pongamos en marcha.

Le hago caso. No ha sido para tanto.

Arranco y busco en el GPS cómo ir hacia Valencia.

—¿Ustedes no sabrán por dónde se coge la A3, verdad? Je, je.

No se inmutan, les veo por el retrovisor cómo miran cada uno por una ventanilla diferente. Hay cierta melancolía en sus rostros. Cierta sorpresa, tal vez, ante el mundo.

—Era.. era broma.

El embajador, sentado a mi lado, tampoco dice nada.

Por fin me hace caso el GPS y me grita que llegaremos a Marina d’Or en cosa de cuatro horas.

—¡Marina d’Or, ciudad de vacaciones! ¡Dígame!

Silencio.

—¿No han visto ustedes el anuncio?

Silencio.

—Vaya.

Me mira el embajador.

—Los señores vienen cansados del viaje, será mejor no molestarles.

—No, si no es por molestarles, yo…

—Ponga música.

—Está bien.

Pongo el nuevo disco de la Niña Pastori.

—La Niña Pastori —les digo buscando su gesto por el retrovisor—, más española que las tapas.

Me chupo los dedos y tarareo. Al principio consigo contenerme. Recuerdo las palabras de mi mujer de nuevo, las de mi jefe, ten cuidado con lo que hagas, mucho cuidado, es peligroso.

Pero el duende en mi interior tiene más fuerza que sus voces.

—Ay, los que tenemos duende… —susurro.

Sigo sin encontrar sus miradas en el retrovisor. Uno de ellos tiene los ojos cerrados, pero no porque vaya dormido, parece más bien ir pensando en algo muy profundo.

No me puedo contener.

—¡La quiero a moooooorriiirr! ¡Patapam!

Silencio.

—¿Prefieren que cambie?

El embajador mete la mano dentro de la chaqueta. Agarra su pistola. Me la va a poner en la sien. Me va a dar diez segundos para que pida un último deseo y va a apretar el gatillo.

Finalmente saca un móvil, uno enorme, del cual sale una antena que estira.

—Menudo trasto —digo, apartando la mirada de la carretera.

Tengo que pegar un volantazo.

El embajador dice algo que no entiendo y después cuelga.

—Por favor, deténgase en la próxima área de servicio —me dice.

Pienso en los pájaros, después del disparo, saliendo en bandada de todos los árboles.

He leído que si te disparan correctamente en la cabeza, uno ni se entera, no oye siquiera el chasquido del gatillo. Nada. Todo negro, de repente.

Nos paramos en el área de servicio. Cuando llegamos allí todos se apean y hablan entre sí.

Me van a matar, pienso.

Me meo un poco, pero lo corto a tiempo.

Salgo del coche y corro hacia el bosque.

—¡¿Pero dónde va?! —me grita el embajador.

No le hago caso, corro tirando de los pantalones hacia arriba y me pierdo entre la fronda. Cruzo el bosque y me alejo, cada vez más. El recuerdo de la voz de la Niña Pastori, ahora como nunca, me pone los pelos como escarpias.

Al cabo de un rato me doy cuenta de que no sé dónde estoy.

Es por eso que escribo esta carta.

Este pequeño mensaje que ato a las patas de una paloma.

Esperando que me encuentres antes que los coreanos.

Esperando que me encuentres vivo.


(Ficción basada en esta noticia)

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