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Espionaje, fraude y drogas: el malditismo elegido de Françoise Sagan

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La autora de 'Buenos días, tristeza' llevó una vida de excesos que finalmente acabarían pasándole factura. Sus problemas con el fisco son el símbolo de su decadencia. Sin embargo, una pregunta sigue pesando: ¿tuvo elección?

eudald espluga

31 Julio 2017 18:00

Si alguien me preguntara quien fue Françoise Sagan, y quisiera comprender la trayectoria de esta escritora, le respondería con este silogismo retrospectivo.

Françoise Sagan era alguien que a los 22 años estaba enganchada a la morfina; lo estaba por culpa del proceso hospitalario por el que pasó tras sufrir un accidente con su Aston Martin; un Aston Martin que -junto con un Jaguar XK140, un Gordini y un Buick- se había comprado con menos de 20 años, gracias a la enorme cantidad de dinero que había ganada con los derechos de autor de Buenos días, tristeza; publicó el libro con 19 años, y era una novela que había empezado a escribir con 16; lo hizo siendo aún estudiante de bachillerato, cuando le pidieron que redactara un ensayo filosófico que respondiera a la siguiente pregunta:

"¿En qué se parece la tragedia a la vida?"

La respuesta fue Buenos días, tristeza y supuso la conversión de la privilegiada Françoise Quoirez en la escritora de éxito Françoise Sagan, seudónimo que tomó de sus lecturas de Proust.

"A ese sentimiento desconocido cuyo tedio, cuya dulzura me obsesionan, dudo en darle el nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza. Es un sentimiento tan total, tan egoísta, que casi me produce vergüenza, cuando la tristeza siempre me ha parecido honrosa. No la conocía, tan sólo el tedio, el pesar, más raramente el remordimiento. Hoy, algo me envuelve como una seda, inquietante y dulce, separándome de los demás."

Así empezaba la primera novela de Françoise Sagan. Así empezaba su fama. Pero también lo hacía su tragedia, la que le enseñaría en que se parece esta a la vida. 

En el perfil que ha publicado recientemente Le Nouvel Observateur, la biógrafa Sophie Delassein afirma que si a François Sagan la privación siempre le fue extraña, su éxtasis literario la hizo, además, "deliciosamente libre, infinitamente libre". Convirtió su vida en una inconsciencia prolongada y su adolescencia literaria fue todo dispendio: gastaba todo lo que ganaba.

"Se preocupó poco de su salud, tanto física como financieramente", sigue Dalessein.

Largas noches de juegos millonarios en casinos, deudas por cocaína y dudosos negocios inmobiliarios. Todo ello mientras su carrera profesional seguía en ascenso, y todo lo que publicaba arrasaba en las librerías: novelas, ensayos, libros de memorias, piezas teatrales.

Su larga juventud se proyectaba como un asteroide acercándose a la tierra, que cada vez iba tomando más velocidad, cogía más fuerza y su vuelo era más espectacular, pero de cuya estructura se sabía que era imposible que soportara el choque con la atmósfera.

Pero volvamos un momento atrás.

Volvamos al instituto.

Si los profesores de Sagan esperaban una respuesta a la pregunta "¿en qué se parece la tragedia a la vida?", era probablemente otra: que aunque creamos ser amos de nuestro destino, como también creían serlo los grandes héroes trágicos, en realidad, no hacemos sino repetir aquellas acciones a las que estábamos predestinados. 

Con la perspectiva y la seguridad que nos da el tiempo, podemos tratar de imaginar lo que hubiera contestado a esa misma pregunta François Sagan el 30 de enero de 2002, cuando la juzgaron por fraude fiscal. La escritora tenía entonces 66 años y no pudo acudir al juicio por problemas de salud.

¿Había sido deliciosamente libre, infinitamente libre?

El juicio al que se enfrentaba ese enero, dos años antes de su muerte, era resultado del último de sus errores. Ya fuera por ambición, por necesidad o por imprudencia, se vio implicada en el escándalo que protagonizó la petrolera Elf.

Arrastrada por André Guelfi, un turbio hombre de negocios, y la promesa de ganar mucho dinero sin esfuerzo, ella también asumió un rol oscuro: debía hacer de intermediaria entre la empresa petrolera y el presidente François Mitterrand, amigo íntimo de la escritora, para que desde el Elíseo se asumieran funciones diplomáticas para facilitar unas prospecciones en Uzbekistán. 

"Querida Françoise, confío en que no pensase que contaba con usted para aprovisionar a Francia de petróleo."

Esta fue la respuesta de Mitterrand cuando, avergonzada, Sagan le confesaba que no habían encontrado el famoso oro negro que buscaban en Uzbekistán. "Te prefiero en el papel de traviesa Lilí que en el de Mata-Hari", le dijo también el entonces presidente de la República. Y no por casualidad: Sagan, conscientemente o no, había cometido tráfico de influencias, había ejercido de espía y, por sus servicios, había recibido una suma de cuatro millones de francos.

Por todo ello, Sagan fue condenada a un año de prisión con libertad condicional y a pagar una importante multa económica

Aunque ya la habían condenado en 1995 por impagos a Hacienda, el fisco francés la empezó a perseguir otra vez a partir de 1999. Su declive había empezado en 1980: sus novelas no se vendían bien y había dilapidado toda su fortuna. Vivió entre hospitales y tribunales, sufriendo la hasta entonces nula gestión de su patrimonio. Estaba en números rojos y los pingües beneficios que le generaban los derechos de autor le fueron embargados.

"Lo pagué todo al fisco.", declaró la escritora. "Ellos no me han dejado ni un euro para vivir. Estoy viviendo de la caridad de un amigo y estoy por ir a parar a un hospicio."

Desde la publicación de Buenos días, tristeza, Sagan había vivido "a toda máquina", una expresión que su biógrafa, Sophie Delassein, aplica a todos los ámbitos de su vida: a su faceta de escritora (publicó más de 40 libros); a su vida sentimental, repleta de divorcios; a sus problemas con las drogas; a las tortuosas relaciones con sus amistades íntimas.

"A toda máquina" es una expresión acertada porque resume el sentido de inevitabilidad que transmite la trayectoria de Sagan. A diferencia de otros autores y, especialmente, de otras autoras —que nunca pudieron escoger su penosa condición—, parece que el de Françoise Sagan fue un malditismo escogido: parece que con sus acciones, con su irresponsabilidad, con su hedonismo desaforado, se hubiera ganado su propio infortunio.

Sin embargo, ¿fue realmente así? ¿O la vida se parece demasiado a la tragedia?




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