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Hablamos con Leonora Carrington seis años después de su muerte

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Leonora Carrington, artista, escritora, surrealista, alienada, inglesa y mexicana por elección, una mezcla rara, exótica, poderosa. Aquí una entrevista que se nutre de la imaginación para alcanzar el trote rápido de esta especie de mujer equina, como ella hubiese querido que la llamen

Patricia de Souza

06 Mayo 2017 21:49

—¿Quién es Leonora Carrignton?

[Tocándose la nariz, es delgadísima, los cabellos son oscuros, la piel casi transparente, los ojos son claros, húmedos y densos.]

—Pues soy una mujer que se escapó del manicomio cuando era joven. Mi padre me internó a la fuerza luego de la separación con Max Ernst, con quien vivía en una casa en el sur de Francia. Estaba loca por él, aunque solo tenía veinte años y él estaba casado. Huimos del gobierno de Vichy, formamos parte de la juventud anti-fascista, ahí sí que quemé etapas. Y me encerraron en Santander. Ahí he escrito muchas cosas, mi diario sobre todo, ahí escribí de todo, ordenando lo que vivía, era una máquina de imágenes, estaba realmente loca. Fue duro, sí, el encierro y la experiencia con los medicamentos, pude haberla escrito y no lo hice, preferí olvidarla. Mi familia me encontró siempre “rara”, yo solo quería huir de ese mundo lleno de reglas e imposiciones, ese mundo de hombres. Quería huir y me fui a Francia. Incluso cuando André Breton me decía que por qué no aprovechaba mi espacio en la banda de Peggy Guggenheim, cuando me insistía que debía escribir sobre mi paso “del otro lado”, el lado oscuro de la vida, me fui. Me vine a México, que es el país que se me parece.


—¿Fue duro separarse de su idioma, de sus padres, de toda su familia?

—Al principio sí, estaba muy sola, aunque rodeada de gente que apoyaba, Breton, Pereq, Max Enrst, hasta dar con “mi mexicano”, un mexicano bien mexicanote, el escritor Renato Leduc, hombre de bares de tequila, amigo de la Khalo y de Ribera. Yo nunca fui parte de ese banda, en realidad el arte realista comprometido, me da pereza. Prefiero recorrer mis sueños, el mundo de mi infancia, ese mundo lleno de animales y plantas, la casa en el norte de Inglaterra, el jardín. La humedad de ese jardín, que en invierno me hace falta... [Se pone pensativa] A veces sueño que regreso, ¿sabe?


—¿Pero usted pasaba mucho tiempo con ellos, le decían “la inglesa”, por su acento, no?

—Sí, es cierto, se hacían muchas fiestas en la Casa azul, donde Frida se paseaba siempre con sus trenzas brillantes, sus collares y sus faldas, envuelta en una nube de modales refinados, hablando fuerte y celebrada por un séquito de mujeres. Pero, yo me mantuve siempre aparte, a veces no entendía todo lo que se decía. Me ha costado dominar el castellano, pero me entretenía con otras amigas,  la Cathy Horna, que se había venido de España y hacía fotos extraordinarias, con Tina Modotti, no me le pegaba a la Frida.


—¿Es cierto que usted le pintó los muros del apartamento de Luis Buñuel con sangre de su menstruación cuando la invitó a salir?

—Como todos los hombres, Buñuel era muy enamoradizo, y cierto, me invitó un día a su apartamento. Cuando llegué, era tan feo, tan desnudo, que decidí ponerle algo de vida, algo de color rojo. Y marqué con mis manos las paredes. Luego, nunca más me dirigió la palabra, aunque me daba igual. [Risas.]


—Jodorowsky también cuenta que le dio a beber la sangre de una herida en una taza de té….

—Ah, sí, Alejandro, en parte es cierto, pero no raspé la herida con una cucharita, como él cuenta en su famoso libro, sino con una navaja. Recuerdo su rostro lívido, casi transparente. Me inspiraba ternura, de madre, la verdad. Había mucha diferencia de edad. Quería ver cómo iba a reaccionar, porque a las mujeres, como nos consideran histéricas, nos hacen caer inmediatamente en el juego y, a veces, hay que aprovechar de esta tontería. Algunos hombres entienden que se trata solo teatro, no nos queda más que actuar ese rol secundario y bastardo de la mala película de la que somos parte.


—Y, cuando pinta, ¿se siente más dueña de sí misma, más de verdad?

—La única verdad es el arte, ahí se recorre todo, pasado y presente, la vida y la muerte. ¿Sabe?, si algo me impresiona de los mexicanos es que tienen eso muy presente, la muerte. No la han evadido como en la vieja Europa donde le tememos a ese espacio oscuro de la vida, la llevan en el pecho, y juegan con ella. Eso  fue lo primero que me sorprendió cuando llegué, su falta de desesperación frente a la muerte.


—La artista española, Remedios Varo, fue amiga suya, ¿cómo se conocieron?

—Nos conocimos en París, antes de la Segunda Guerra, íbamos mucho al café de Flore. Siempre me sorprendió su cabeza en forma de coliflor, cuando la veía inclinada en el café, junto a Benjamin Péret, que era su amante. Después vino el exilio en México, y aquí pudimos ser más amigas. Coordinábamos las tardes para tomar el té, bajo esta atmósfera de cuadro de Henri Rousseau, al principio este paisaje me parecía un cuadro y no sabía cómo entrar en él.


—Ustedes se influyeron mutuamente, digo, ambas surrealistas, extranjeras, europeas…

Digamos que hemos compartido la soledad del exilio. Yo más que ella, pues perdí mi idioma…


—¿Por qué las mujeres han estado siempre en segunda línea en el Surrealismo? Pienso en Única Zurn…

—Ah, el patriarca Breton! Le gustaban las mujeres como escolta. Pobre Única, tan sometida a Hans Bellmer con sus muñecas atroces… era muy torturada… su libro, “El hombre jasmín” es inquietante, ¿no cree?


—Y la literatura ¿no se impuso a la pintura?

—Yo necesito poner color en mis cosas, formas, necesito verlas, tocarlas. Soy muy animal, siempre lo digo. Me gustaba que me comparasen a una yegua, a muchas mujeres les molesta, a mí no. Yo me siento animal, nunca me he separado de esa parte animal que hay en mí. Por eso, la naturaleza es tan importante. No puedo imaginarme viviendo en una ciudad tan mineral como París o Nueva York.


—¿México es para toda la vida?

—Para siempre.


[Leonora murió en Ciudad de México en mayo de 2011. Sus esculturas se han expuesto en varios museos, y en el largo paseo de la Avenida Reforma, actualmente, una exposición dedicada a ella se encuentra en los patios de la Biblioteca Central.]



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