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Emmanuel Macron no es inocente y, como culpable, tenía que acabar por confesarlo

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En su discurso ante el parlamento, el presidente francés apeló a nuestra "parte maldita", citando al filósofo de la transgresión Georges Bataille

eudald espluga

07 Julio 2017 06:00

En su último discurso ante el parlamento, Emmanuel Macron, pareció empeñado en demostrar al dramaturgo Eric-Emmanuel Schmitt que él sería el presidente literario que tanto había reclamado públicamente.

Lo pareció porque, para adornar sus palabras, el presidente francés recurrió al pensamiento de Simone Weil, invocó a Fernand Braudel y, finalmente, se sirvió de las ideas de Georges Bataille.

Sí, citó al filósofo George Bataille ante parlamento. 

Es decir, citó al teórico del erotismo y la transgresión; al escritor surrealista que escandalizó al grupo de André Breton hasta el punto que tuvieron que echarlo del movimiento; al creador de la efímera revista Acéphale, que para unir definitivamente al grupo de colaboradores propuso inmolarse a sí mismo en sacrificio ritual; al joven que quiso ser seminarista pero cuya sexualidad torturada lo llevó a masturbarse ante el cadaver de su madre; al autor de libros violentamente pornográficos como El azul del cielo o Historia del ojo; a alguien, en fin, cuya propia muerte lo obsesionaba "como una porquería obscena, y por consiguiente horriblemente deseable".

¿De entre todos los grandes escritores franceses comodísimos para citar, por qué escogería Macron a esta figura turbia y polémica?

Concretamente, el presidente se refirió a "la parte maldita", y usó el concepto en analogía al pasado colonial de Francia, expresando simplemente la necesidad de aceptar y negociar con esa parte oscura de nosotros mismos.

Sin embargo, este concepto en Bataille tiene un sentido completamente diferente. "La parte maldita" es el título del libro con el que Bataille presentó en 1949 su provocativa teoría económica del gasto. Se trataba de pensar una sistema económico disfuncional que se mueva al margen de la lógica productivista tanto como de la lógica del intercambio. Lo que debería regir en él sería el gasto suntuario, el derroche, el desperdicio improductivo.

Bataille piensa en el tipo de relación social que se da en los sacrificios, en las fiestas, en el erotismo: un dar que no espera recibir, un dispendio radical, una política del exceso.

"Heterogeneidad" es el concepto que mejor resume todas sus ideas. Bataille es por excelencia el pensador de lo heterogéneo, es decir, de la radicalidad de lo otro, de lo distinto, de lo inconmensurable. La filosofía del autor de La parte maldita está en el origen de las teorías posmodernas de la diferencia que de Deleuze a Lacan marcarían lo que conocemos como "french theory".

Pero Macron quería reivindicar justo lo contrario: hablaba en un tono conciliador, aspiraba a una homogeneización. Su voluntad -como no puede ser de otro modo- es mantener el cuerpo social unido. Por el contrario, lo que Bataille persigue con sus ideas no es solo la supresión del estado, sino de cualquier forma de socialidad basada en conceptos racionales y conmensurables. No le interesa ni la justicia ni la restitución: lo que quiere es acabar con la misma idea de individuo.

La parte maldita no es esa parte más o menos oscura de nuestra sociedad, que debemos asimilar como si de un simpático yin-yang se tratara. Por el contrario, para Bataille es una piscina sin fondo en la que debemos sumergirnos para diluirnos del todo. La parte maldita es nuestra pulsión de muerte, nuestra gozosa tendencia a la autodestrucción.

También la literatura forma parte de la parte improductiva de la humanidad, dice Bataille, porque es inorgánica, irresponsable: nada pesa sobre ella y puede decirlo todo. Y, por ello, como afirma en La literatura y el mal, también es contraria a todo proyecto político:

"la literatura no puede asumir la tarea de ordenar la necesidad colectiva [...] representa incluso, lo mismo que la transgresión de la ley moral, un peligro."

Emmanuel Macron quiso utilizar la literatura en su discurso. Y quizá no la quiso utilizar simplemente para trufar de citas célebres su discurso, sino también para ayudar a disipar las dudas sobre su polémico pasado de intelectual académico.

Sin embargo, la lógica instrumental es ajena a la parte maldita de la humanidad que quiso reivindicar para reivindicarse, al mismo tiempo, como presidente literario.

"La literatura es lo esencial o no es nada", dice Bataille, y añade: "la literatura no es inocente y, como culpable, tenía que acabar por confesarlo".

Parece que Macron tampoco es inocente y, como culpable, citando a Bataille, ha terminado por confesarlo.

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