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Emmanuel Macron y Albert Rivera, aspirantes a filósofos...¿de barra de bar?

El político francés ha escrito 'Revolución' para legitimar su liberalismo; el catalán, con su prólogo, ha querido imitarlo

(Arte PG)

Hay libros que tienen que leerse con espíritu detectivesco, recorriendo las páginas como si estuvieras inspeccionando la escena de un crimen: reparar en todos los detalles, detectar aquello que está fuera de lugar, referenciar lo que escapa de lo habitual.

Aunque implica comportarse como el repelente de la clase, esperando a que los demás se equivoquen para poder afeárselo, se trata de una actitud que en algunos casos está justificada: concretamente, cuando la propuesta del libro es más publicitaria e ideológica que literaria.

Es el caso de Revolución, la autobiografía intelectual que Emmanuel Macron publicó en 2016, y que ahora edita Libros del Lince, en la que el recién elegido presidente de la República francesa realiza un importante trabajo genealógico para resituar su figura en el marco ideológico, intelectual e histórico francés.

¿A quién cita Macron? ¿Con qué grandes nombres aspira a emparejarse? ¿Por qué usa los conceptos que usa y no otros?

Además, podemos aplicar todas estas preguntas al prólogo de la edición española, que viene firmado por Albert Rivera.

En su caso, la voluntad de mimetizarse con todo lo que representa Macron es evidente, pues ambos aspiran a convertirse en los legítimos representantes de un liberalismo político que rompa con los viejos esquemas maniqueos entre izquierda y derecha, para conquistar así el codiciado "centro del tablero".

Karl Popper, Martha Nussbaum, Paul Ricoeur, Ayn Rand o John Rawls. Todos aparecen citados implícita o explícitamente, de modo que para saber en qué tipo de políticas liberales están pensando Macron y Rivera, podemos empezar a leer a contrapelo todas estas referencias.

Algo así como si jugáramos a "dime que filósofo citas y te diré qué clase de político eres".

El coach liberal

El prólogo de Albert Rivera es como una biografía de Tinder: simple, tautológica e inofensiva. Es algo que escribes para quedar bien, tratando de no ofender a nadie: "muy amigo de mis amigos, apasionado de la montaña, el campo, la ciudad y el mar, me encanta viajar pero también estar en casa".

No es una exageración: el concepto de revolución, dice, "encaja a la perfección con el momento histórico que vivimos, especialmente en lo que a política se refiere."

Pero si Rivera utiliza formulas vacías para hablar de esta "revolución" —así, entre comillas— es porque simplemente le sirve como excusa para alinearse con Macron como representante del nuevo liberalismo que, dice, estaría tomando forma en Europa como respuesta al populismo.

El problema es, ¿de qué liberalismo habla Rivera?

Por un lado, para caracterizarlo, utiliza el concepto de "sociedad abierta", que nos remite directamente al libro de Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos.

Se trata de una obra escrita durante el auge de los totalitarismos, en la que el filósofo vienés, frente a visiones de la política esencialistas, abstractas y cerradas, propone una defensa de las democracias liberales. Es decir, de sociedades pragmáticas, abiertas al cambio y fundamentadas en la libertad.

Por otro lado, Rivera se sirve de una cita de la filósofa y escritora Ayn Rand. Conocida como la "virgen atea de la derecha", Rand es una de las principales teóricas del egoísmo moral. Su defensa del individualismo es tan radical que sobrepasa de mucho lo que hoy conocemos como neoliberalismo. 

Sus novelas  —El manantial o La rebelión de Atlas— repiten siempre una misma estructura: un individuo solitario, un emprendedor valiente, se enfrenta a todo el mundo para imponer su visión y triunfar sin la ayuda de los demás. Para Rand, el altruismo y la solidaridad son una lacra: sus ficciones son las fantasías éticas del capitalismo, la sociedad de individuos con la que soñaba Margaret Thatcher.

(Ayn Rand)

Rivera, es cierto, utiliza una cita de la estadounidense para criticar la corrupción, pero para Rand ésta no es más que una excrecencia necesaria del Estado. Dicho más llanamente: para Rand el Estado es una forma de corrupción, una limitación absurda y perversa de nuestra libertad. 

Y aunque es posible que la cita de Rand conecte con el espíritu de los sectores más radicales del electorado, se trata de un patinazo bastante importante , ya que el tipo de liberalismo político del que trata de hacer bandera Albert Rivera no aspira a prescindir del Estado.

A diferencia de las teorías neoliberales, que creen que el mercado es capaz de autorregularse, él defiende "un mercado flexible". Tan flexible como pueda mientras no genere desigualdades injustificadas: exactamente lo que John Rawls llamó "el principio de la diferencia".

Para el filósofo de Baltimore, las desigualdades sociales y económicas no deben erradicarse si su existencia redunda —mediante sistemas estatales de redistribución de los recursos— en beneficio de los menos afortunados. La idea es simple: el mercado debe ser flexible, y las desigualdades perpetuarse, para que los empresarios se sientan estimulados a seguir generando riqueza.

(John Rawls)

El problema es que, lejos de asumir completamente el peso de las ideas de Rawls, considerado el padre del liberalismo político, Rivera prefiere rebajar su contenido ideológico con toneladas de aire y, sí, también, de pensamiento positivo. Pero no solo en este prólogo, lo cual sería excusable.

"¿Qué tiene que hacer el liberalismo y los progresistas?" —se preguntaba él mismo la conferencia que impartió en la Escuela de verano de Ciudadanos—. "¿Qué tenemos que hacer en pleno siglo XXI?"

Su respuesta podría estamparse en una taza Mr.Wonderful: "si por algo nos caracterizamos los liberales es por ser optimistas, por no creer en que nadie nos impone lo que tenemos que hacer sino por trabajar por nuestro sueños."

Lo trágico no es solo que Albert Rivera convierta el liberalismo en un ejercicio de coaching, sino que parece fallar en el único objetivo que se propone: demostrar que él es el Emmanuel Macron español.

 

El intelectual incomprendido

En una de sus ya habituales salidas de tono, que quizá pueda llegar a ser sintomática, Emmanuel Macron dijo que sus pensamientos eran demasiado complejos para los periodistas. Un arranque chulesco que nos devolvía a la polémica que ha rodeado su figura y, por consiguiente, a la pregunta nos hemos estado haciendo: Macron, ¿presidente filósofo o intelectual de barra de bar?

Desde el primer día, el francés ha interpretado el papel del filósofo rey. Ha jugado a ser el sabio que, una vez iluminado por la deslumbrante luz de la verdad, ha decidido volver entre los hombres para dirigirlos desde el conocimiento adecuado de las cosas.

De hecho, la parábola que dibuja en el libro cuando describe su propia biografía coincide bastante con el esquema con el que Platón plantea el famoso mito de la caverna: nació en el seno de una familia humilde, su abuela le inculcó la pasión por aprender y, tras estudiar distintos campos de conocimiento junto a grandes intelectuales en escuelas de élite, decidió dar el salto a la política para , a través de su liderazgo, devolver a la sociedad todo aquello que había recibido.

A pesar de esta coincidencia con la visión platónica, Macron no quiere incurrir en el error típico del filósofo rey: hablar en nombre de los ciudadanos sin tener en cuenta lo que quieren los mismos ciudadanos.

Quizá por ello, afirma que el fin de la política no es la felicidad. Macron no quiere inmiscurise en los modos de vida de los ciudadanos, salvo para asegurar que tengan acceso a los bienes básicos para cubrir sus necesidades , y nos explica que su compromiso institucional nace de la convicción que los dirigentes han de contribuir al "desarrollo personal" de la población.

La pregunta es evidente: ¿al desarrollo personal?

  Aunque pueda parecerlo, con esta expresión Macron no se está tirando el rollo motivacional, al modo en que lo hace Rivera. O por lo menos no del todo, dado que con esta reivindicación está reptidiendo las ideas de la filósofa Martha Nussabum: que la política proporcione las bases para que cada ciudadano desarrollo sus capacidad y persiga la felicidad del modo que más le convenga.

Sin embargo, quizá la figura más importante que reseña Macron es la del filósofo Paul Ricoeur, su maestro.

(Paul Ricoeur)

De hecho, el mismo proyecto de escribir un libro como Revolución es un intento de trasladar al campo de la política la Autobiografía intelectual de Ricoeur. Para el filósofo francés, nuestra identidad es un constructo narrativo. El yo es una ficción: somos lo que explicamos a los demás -y a nosotros mismos- que somos.

El libro de Macron es un ejercicio de autocomprensión, un mirarse al espejo de su propia escritura; pero es también un intento de hacerse comprensible para los demás. Al reescribir su pasado para el público, reescribe su imagen.

No hay nada inocente en ello: las compañías filosóficas y literarias que va escogiendo, tanto en Revolución como en sus discursos parlamentarios, ayudan a perfilar un liberalismo muy amable, con el que gana terreno a la izquierda, mostrando un compromiso con la libertad que no rehuye la existencia de injusticias estructurales que causan la desigualdad.

En la prensa francesa ya lo han comparado con Maquiavelo. Y es que quizá el problema, al final y al cabo, no sea que los periodistas no lleguen a entender sus ideas, sino que, pese a sus esfuerzos por delimitar lo noble de su pensamiento, lo comprenden demasiado bien.

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