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“¡Pobre estúpida!”, dijo él, refiriéndose a la mejor escritora de México

Nuevas biografías y antologías reivindican la figura de Elena Garro, la escritora más importante de México pero también la peor tratada

Perdóname, Elena Garro, porque todavía no voy a hablar de tu obra. Sé que es lo que debería hacer precisamente ahora que ha salido en España una antología completa de tus relatos en tapa rosa, pero lo cierto es que antes de poder definir cualquier aspecto de tu impresionante narrativa me gustaría centrarme en algunos detalles de tu vida que me han impresionado.

Fue hace una semana, leyendo una entrevista de El Universal al periodista Rafael Cabrera, cuando aprendí lo que significaba tu nombre. Conocerás a Cabrera porque acaba de publicar un ensayo completísimo sobre tu vida y obra titulado Debo olvidar que existí (Debate). Se supone que es un retrato inédito, porque por fin aborda tu historia desde tu propia voz y no desde las de quienes en vida te utilizaron o te ningunearon.

A través de tus cartas y diarios, el periodista ha querido darte la dignidad de la que muchos antólogos y críticos te privaron el año pasado durante la celebración del centenario de tu nacimiento. Me refiero, claro, a esos artículos en los que se debatía más sobre tu situación económica, tu locura o los catorce gatos con los que conviviste hacia el final de tu existencia. Y me refiero también a la denigrante faja con la que una editorial española pretendió presentarte a los lectores como amante de tal, esposa de cual o musa de este y otro escritor. ¿Qué se siente, Elena, cuando el machismo y el odio que sufriste en vida te persigue incluso tantos años después de muerta?

¿Cómo se soporta eso? ¿Qué consejo nos podrías dar tú ahora?

En los últimos días te he leído mucho, Elena, y he leído mucho sobre ti. Me sobrecogió especialmente un artículo de 2016 en el que María Luisa Mendoza te llamaba “la reina más pobre” haciendo referencia a esa desdicha tuya de ser la mejor escritora de México y sin embargo haber pasado tanto tiempo a la sombra de otros escritores (hombres, por supuesto) o escribiendo relatos fabulosos en la pobreza y en el olvido.

Durante el año en el que tú hubieras cumplido cien años, de hecho, se dijeron muchas cosas bonitas de ti en grandes medios, y también se dijeron muchas cosas feas (loca, aprovechada, malamujer) porque —y perdóname de nuevo por juzgar desde las afueras— da la impresión de que el país en que naciste muchas veces te detesta.

Elena, aquí, en casa de los vivos, pasó de largo 2016, y la fecha que sirvió para conmemorarte está más que terminada. Este año, sin embargo, las letras del país que muchas veces te detesta celebran insistentemente otro centenario, el de tu compañero Juan Rulfo. Lo que me recuerda, por cierto, a un párrafo del prólogo de tus cuentos completos que tengo subrayado con rotulador fosforito y que aunque ya lo conocerás yo quiero leerte en voz alta: “la literatura de Garro debería ser considerada, en calidad y trascendencia, a la par de las dos obras maestras de Juan Rulfo”. Lo escribe Geney Beltrán Félix en la introducción que te digo, citando a su vez las palabras de la crítica Gabriela Mora. Pero su reclamo no acaba ahí, continúa: “Sin embargo, tanto por los lados de su exilio como por su condición de mujer en una sociedad literaria machista y su perfil incómodo para las instituciones del Estado, Garro, quien falleció en agosto de 1998, no fue reconocida a plenitud”.

¿Y qué hay que hacer para que se te reconozca en plenitud, Elena? ¿Cómo puedo ayudarte? ¿Y mi ayuda? ¿Llegaría a tiempo mi ayuda? ¿O llegaría 100 años tarde, después ya de tanto dolor?

Te lo prometo. Hablaré de tu vida, Elena, y de cómo el amor se te convirtió tantas veces en infierno. Hablaré de cómo durante años fuiste la esposita , la que llevaba el dinero a casa hasta que él ganó lo suficiente como para poder decidir sobre ti. Hablaré de cómo criaste a tu hija —otra Helena, pero con H, porque tú sabes bien que los hijos vienen aquí para ser mejores versiones de nosotros, y el nombre de Helena es infinitamente mejor que el nombre de Elena, pero esa es otra historia—. Hablaré de cómo la criaste e incluso de cómo tu marido, el gran y laureado poeta Octavio Paz, te chantajeaba con arrebatártela. Hablaré de tu aborto, de tus amantes crueles, de tu malafelicidad en París y hasta de tus múltiples intentos de suicidio. Pero sobre todo hablaré de cómo de todo lo peor sacaste literatura. De cómo fuiste con la cabeza bien alta cuando él te llamaba “pobre estúpida”. De cómo a una edad ya muy madura escribiste algunas de las líneas más memorables de la literatura de ese país que muchas veces te detesta. De cómo mantuviste la esperanza hasta el último instante. En tu pecho y en tus letras. En tu cabecita maravillosa e imágenes como esta que tú nos regalaste:  «¿Te da miedo morir? No, el otro mundo es tan bonito como este».

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