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Dragones sí, LGTBI no: los límites de lo natural en la literatura fantástica

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Las polémicas palabras de Laura Gallego parecen más un síntoma que una expresión de LGTBfobia. ¿Son más naturales hechiceros y elfos que un personaje homosexual?

eudald espluga

22 Mayo 2017 12:45

Si tus libros están habitados por hadas, dragones y personajes que transitan el espacio-tiempo a través de portales mágicos pintados por las paredes, quizá la mejor idea no sea afirmar que si no incluyes personajes LGTBI es porque no te parece natural.

Por desgracia, esto es lo que ha soltado Laura Gallego, exitosa escritora de literatura fantástica y juvenil, al ser interrogada acerca de la posibilidad de que alguno de los protagonistas de sus futuras novelas fuera LGTBI.

La respuesta, que no fue una negativa taxativa, estuvo acompañada de una justificación vacilante que confundía razones literarias y políticas:

Yo no lo descarto. Para nada. Pero, vamos, tampoco voy a ir a hacerlas a propósito. No voy a escribir una historia solamente para hablar de un tema en concreto. Lo principal es la historia. Si a raíz de esa historia ya aparecen otros temas, estupendo. Pero cuando tú escribes una historia solamente para denunciar una cosa, para hablar de un tema en concreto, no estás escribiendo una historia realmente, estás escribiendo un panfleto, no sé si me explico. Y esto no es bueno tampoco. Porque entonces pierde naturalidad.”

Los personajes pueden entrar de manera natural en la historia e integrarse o puede, no sé, parecer una cosa forzada. Y eso es peor incluso.”

Que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo es algo que nos enseñó Frederic Jameson en sus análisis del apocalipsis como motivo literario. Sin embargo, la respuesta de Laura Gallego parece confirmar la idea expresada por Terry Eagleton quien, retomando a Jameson, afirmaba que también es mucho más fácil mover montañas que desplazar el patriarcado como esquema de pensamiento.

Por supuesto, y a pesar del cabreo de sus fans, las palabras de Gallego son más desafortunadas que ofensivas. Lo que nos enseñan sus declaraciones es, en primer lugar, hasta qué punto es escasa la representación de cualquier imaginería literaria que no se ajuste al inexpugnable modelo heteronormativo especialmente entre los héroes de la literatura adolescente y, en segundo lugar, nos sirven como síntoma del sesgo ideológico de nuestras posibilidades imaginativas.

Por el hecho de tratarse de literatura fantástica, el problema de la naturalización de los personajes LGTBI se torna mucho más evidente y sangrante: ni tan solo puede gozar de la pobre excusa del realismo. Que parezcan más naturales los elfos o los krakens que un personaje homosexual no es un problema de LGTBfobia sino de la construcción discursiva de la oposición “natural”/”sobrenatural”. No, el problema no de verosimilitud: Gallego no está tratando a los personajes LGTBI como inconcebibles monstruos mitológicos que no tengan cabida ni en sus narraciones.

La cuestión, por el contrario, tiene que ver con la reducción política de la petición: con que solo pueda figurarse la presencia de tales personajes como una suerte de reivindicación ligada al activismo y a la promoción y defensa de ciertas ideas. Gallego no parece ser consciente de que toda representación es ya política: que la exclusión de tales personajes es tan panfletaria –e incluso más, por el hecho de limitarse a repetir esquemas consabidos y hegemónicos– que su inclusión.


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