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Detrás de las masculinas historias de vaqueros había una escritora feminista

Dorothy M. Johnson, la escritora que se inventó las leyendas del Oeste

El western ha sido, como lo fue la Ilíada homérica para los griegos, el responsable de la creación de los mitos fundacionales de la cultura estadounidense.

A través de relatos ambientados en el Lejano Oeste —que por algo tuvieron su expresión más famosa en el cine, el formato yanqui por excelencia— los Estados Unidos apuntalaron su "derecho" a conquistar el territorio y establecieron en el imaginario colectivo sus leyes morales y su sistema social.

Para ver los valores carcas del western, basta con echar una ojo a su director más emblemático, John Ford, que en sus películas construyó machos muy machos, mujeres desvalidas e indios inhumanos.

¿O no es tan sencillo?

Y es que si nos detenemos a examinar la filmografía de Ford —por no decir la de otros como Mann, Peckinpah o Altman—, vemos que además de películas que sí cuadran con esta idea preestablecida también dirigió clásicos como Las uvas de la ira, basada en una novela de John Steinbeck y con una clara defensa de la clase trabajadora. Por otra parte, es conocido su papel a la hora de salvar al gran director Joseph L. Mankiewicz de la caza de brujas anticomunista que tuvo lugar en el Hollywood en los 50.

Y por supuesto, también está El hombre que mató a Liberty Valance, una de las películas de vaqueros más célebres y responsable de cuestionar de forma muy inteligente las ideas de masculinidad —el héroe político es un inepto disparando— y la creación de relatos legitimadores del poder ("cuando la leyenda se convierte en hecho, imprime la leyenda").

Pero quizá está visión del western como algo arcaico se desmonte del todo cuando sepas que la película más célebre de Ford la escribió en realidad una mujer.

Su nombre era Dorothy M. Johnson, fue la mejor escritora de relatos de vaqueros del siglo XX y su caso es insólito y verdaderamente conmovedor.

Para hacerse una idea de la importancia de Johnson basta decir que escribió los cuentos en que se basaron películas como Un hombre llamado caballo, El árbol del ahorcado o la ya mencionada El hombre que mató a Liberty Valance.

O que, como señala Alfredo Lara en el prólogo a Indian Country —una antología de sus relatos publicada en 2011 por Valdemar—, cuando la Western Writers Association votó en 1995 cuáles eran los 5 mejores cuentos del género western, 4 de ellos fueron de Dorothy M. Johnson.

Dorothy Marie Johnson nació en Iowa en 1905, pero muy pronto su familia se mudó a Montana. Estudió Filología inglesa y tuvo una experiencia que la marcaría de por vida: se casó con un marido alcohólico y ludópata que la hizo muy infeliz y del cual se divorció rápidamente.

Desde ese momento, decidió que nunca más dependería de nadie: a pesar de que entonces no era fácil trabajar para una mujer, se esforzó por pagar todas las deudas de juego que su exmarido había contraído cuando aún estaban casados y se marchó.

Llegó a ser editora de una importante revista neoyorquina, pero pasado cierto tiempo regresó a Montana y empezó a publicar relatos, novelas y artículos periodísticos. Su prosa estilizada, sobria y afilada; sus personajes tiernos y duros al mismo tiempo; la carga feminista de algunas de sus historias, y su cuidadoso retrato de los muchos pueblos nativos americanos le merecieron el respeto de sus colegas, que con el paso de los años supieron ver en ella lo que era: una muy buena escritora.

Cuando murió, en su epitafio solo constaba una palabra: "PAID" ('pagado'), porque nunca dejó que nadie pagara sus deudas.

En los relatos de Dorothy M. Johnson aparece con frecuencia el tema de los indios, que no son vistos como inmorales bestias asesinas ni como "buenos salvajes", sino sencillamente como humanos.

Su acierto al describir las costumbres de las diferentes tribus de sioux, crows o apaches, de hecho, le valió el premio Levi Strauss Golden Saddleman Award "por su contribución al conocimiento y dignificación de la historia y tradiciones conformadoras del Western" y, lo que es más curioso, la membresía honorífica a la tribu de los piesnegros.

En su obra Johnson reniega de los estereotipos: los vaqueros no son siempre hábiles pistoleros, las mujeres no son inútiles y los indios no son monstruos: quizá lo único que comparten sus personajes es que son duros, muy duros.

Porque, como ella misma decía, "los cobardes ni siquiera empiezan la ruta del Oeste y los débiles caen por el camino".

Un relato notable, como "La frontera en llamas", puede dar cuenta de todos estos aspectos. En él se narra cómo dos niñas son raptadas por un grupo de sioux y cómo su madre trata de rehacer su vida con los dos hijos pequeños que le quedan.

Con un par de trazos, Johnson es capaz de dibujar personajes profundos, y en este cuento en concreto la escritora plantea una serie de problemas muy interesantes relativos a la identidad —¿es posible nacer gringa y morir india? ¿o seré para siempre La Forastera?—, al papel de las mujeres en las distintas sociedades, a la distancia brutal que separa a nativos americanos y a colonizadores, etc.

Porque claro, como pronto aprendieron muchos escritores de literatura western —ese gran género olvidado por la crítica y recuperado por la colección Fronteras de Valdemar—, así como guionistas y directores, ¿qué mejor género para subvertir la identidad estadounidense que precisamente aquel que colaboró a fijarla?

Como si se tratase de un caballo de Troya, durante su carrera literaria Dorothy M. Johnson escogió una y otra vez el western para crear obras de altísima calidad, enternecedoras y con un valioso subtexto político, y muchas de sus historias son el precedente para las sucesivas renovaciones del género (como las heroínas femeninas de muchos spaguetti western de los 60 o la niña vengadora que protagoniza True Grit, la novela que luego los Coen llevarían al cine).

Por eso, este 8 de marzo es importante reivindicar la figura de una escritora como Dorothy M. Johnson.

Porque ella, como sus valientes protagonistas, fue dura, muy dura, y consiguió superarlo todo para dejarnos un puñado de cuentos que ya nos acomparán por siempre.

Y porque, al final, no dependió de nadie.

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